El Diablo en la Boca (conformado por Maia Mónaco y Mariana Pereiro en voces y Alejandro Oliva en percusión y dirección) inició, el 7 de marzo, un ciclo durante los viernes del mes en NoAvestruz (Humboldt 1857, Ciudad Autónoma de Buenos Aires).
El conjunto, establecido en el año 2006, se basa casi íntegramente en la improvisación musical, por lo tanto, el espectador tiene la posibilidad de ver la irreversibilidad de cada concierto. Los artistas invitados son siempre de un nivel notable. Éstos, van variando e imprimen un clima propio cada vez que el ángel abre la boca.
La primera función del ciclo -la cual se inició a espaldas del público y no sobre el escenario-, tuvo como invitados a Bárbara Togander (voz), Fernando Kabusacki (guitarra eléctrica) y Gabriel Spiller (percusión); este último hizo que el espectáculo fuera visualmente cautivante, ya que utilizó instrumentos no convencionales, como caños de plástico y resortes. Las diferentes inclinaciones artísticas de estos músicos, trasladaron los sonidos hacia un terreno experimental, psicodélico y pusieron un acento fuerte sobre la música africana.
Paralelamente, Oliva, como director musical se mostró tan lucido como en el personaje de percusionista, inspirado en cada golpe o silencio. Las voces que coordinó resultaron ser una perfecta amalgama surrealista. Ruidos, graznidos y distintos sonidos vocales desprendían una absurda coherencia. Conjuntamente, fue sublime la interpretación de Togander (cantante de Los Amados), que llegó a utilizar un vaso de vidrio y a estirarse las mejillas con el sólo objetivo de distorsionar la voz. Sus gestos desfigurados y su voz bruta y gutural, rompieron con toda la postura tradicional y el timbre sensual de una cantante. Fue la invitada más destacada de la primera noche: se expresó con desprejuicio, teatralizó cada nota y sus cuerdas vocales incluso llegaron a tejer una base rítmica de hip-hop. No obstante, Togander, encontró una conexión natural con las doradas improvisaciones vocales de Mónaco y Pereiro. Por otro lado, Kabusacki, expuso su gran dominio sobre los pedales de efectos, desnudó briznas de rock y arrulló con elegancia las melodías sobre las cuerdas de acero.
Si bien aquí nada es ensayado, el concierto resuena sobre un automatismo musical, en el que la esencia fluye a partir del espontáneo y del impredecible hálito de creatividad.
Sobre El Diablo en la Boca, habita un experimento artístico único e irrepetible; una inspiración efímera y transparente, en la que los intérpretes se divierten y los espectadores disfrutan con ellos: algo no muy fácil de conseguir. El Diablo, en la boca escribe una palabra dulce para todo aquel que esté agotado del concierto memorizado y predecible. Luego, el ángel más bello, dibuja una sonrisa que se ofrece como un fruto fresco, exótico, que simboliza una música encriptada con delicia.
Matías Rodríguez
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