TARTUFO |
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El
tema central de
esta versión
de Tartufo es
la hipocresía
y la forma de
encaramarse en
el poder.
En su adaptación,
Ignacio Gómez
Bustamante, agregó
un personaje que
no figura en la
versión
original del clásico:
el presentador.
El, nos pone rápidamente
en situación,
presenta a los
personajes e interviene
en todas las situaciones
reclamando airadamente
a los actores
que respeten la
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forma y el decir
de esta obra;
también,
y esto es un
hallazgo, nos
llama reflexionar
a los espectadores
porque se representa
aquí
y ahora este
clásico.
Lo hace con
textos, extraídos
de prólogos
y de otras obras
de Moliere,
de una actualidad
apabullante.
El director
Nelson Valente
optó
para su puesta
un amplio espacio
despojado, con
solo tres sillas
y ocasionalmente
una mesa, en
el cual el elenco
su mueve con
gran soltura.
Las entradas
y salidas de
cada uno de
los personajes
son exactas,
y cuando están
en conjunto
forman cuadros
de una gran
plasticidad.
Cada actor lleva
a su personaje
al limite poniendo,
ostensiblemente,
a la vista sus
virtudes, sus
defectos, su
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sexualidad,
su lucidez o
su corta inteligencia.
Los actores
se divierten
y eso se transmite
a lo largo de
la obra. Puntos
altos en este
rubro son Julián
Paz Figueroa
(Demis), Martín
Samaniego (Tartufo)
y Agustina Sanguinetti
(Dorina).
La puesta de
luces es otro
punto alto de
este espectáculo
creando climas
de gran belleza.
Sencillo y eficaz
el vestuario
viste las características
de cada personaje.
Bonitas y sincronizadas
coreografías,
de las cuales
participan todos
los integrantes
del elenco.
La obra logra
el cometido
enunciado por
el propio Moliere
“Corregir
a las personas
divirtiéndolas”.
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