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“La
piel de Elisa”
es una obra de
Carole Frechette
y dirigida por
Darío Luchetta.
Al parecer existe
un método
para que la piel
se mantenga tersa
y sin arrugas,
y es el siguiente:
contar historias
de amor. Las historias
deben ser contadas
de manera apasionada
y sin omitir ningún
detalle. En esta
tarea se encuentra
Elisa contando
sus historias
a desprevenidos
clientes en la
confitería
del Museo de Arte
Eduardo Sívori.
Se pone de pie
y tímidamente,
desde su mesa,
pide disculpas
y atención,
y sin esperar
respuesta alguna
comienza a desgranar
bellas y alocadas
historias de amor:
la del excéntrico
Sigfrido, la del
actor Joan, la
de la militante
Ana y hasta la
del muchacho que
le reveló
el secreto del
método,
poco convencional,
para evitar arrugas.
La actuación
de Dana Basso,
como Elisa, es
muy buena. En
pocos momentos
crea un clima
de complicidad
con los sorprendidos
espectadores.
Hace suyo todo
el ámbito
de la confitería,
y es tal la fuerza
con que transmite
las imágenes,
que se puede a
llegar a ver una
bohardilla en
Europa, un auto
descapotado y
hasta una habitación
pintada con peces.
Basso logra una
actuación
llena de pasión
y ternura. La
actuación
de Lisandro Penelas
como “el
muchacho”
es medida y calida.
Es acertada la
decisión
de realizar esta
obra en el ámbito
real de una confitería.
Montar esta obra
en un espacio
teatral convencional
la haría
artificial y sin
encanto. Una contadora
de historias que,
al fin y al cabo,
es lo que es Elisa,
no necesita ni
de escenarios,
ni escenografías,
ni luces, solo
necesita de oídos
y corazones atentos.
Luego su magia
y sus relatos
harán el
resto.
Una cosa más:
Elisa espera en
el Rosedal, en
el banco que está
frente al busto
de Shakespeare,
a la cinco de
la tarde, quien
quiera acercársele
y contarle su
historia de amor.
Para seguir sumando
historias a su
ya vasto repertorio.
Aparte recuerde
que contar historias
de amor previene
arrugas.
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