Ud.Se encuentra en reportaje.
   
   
Reportaje


GUSTAVO MONJE
“…un lugar de placer en la vida…”

Gustavo Monje es un actor muy joven, pero que ya hace mucho que lo vemos en los escenarios de los teatros de la Ciudad de Buenos Aires. Ha hecho trabajos inolvidables como “Stan y Oliver”, “Drácula”, “La bella y la bestia”, entre otros.
Es actor, cantante y bailarín, destacándose en cualquiera de estas disciplinas, como en los géneros que frecuenta. Lo podemos ver haciendo un infantil, una comedia musical o una obra de teatro independiente.
Y también es necesario destacar que además de excelente artista es una persona entrañable por eso decidimos conversar con él y tuvo la generosidad de sentarse con nosotros a tomar café y a conversar sobre teatro. Resultó una charla de lo más interesante.
Ahí va.
CT. Gustavo, te hemos visto en muchas obras. Sos actor, cantante, bailarín. ¿Cómo se despertó tu vocación?
GM. En realidad, ya a los siete años, ya sabía,

sentía una atracción muy grande por el teatro. A los once años fui por primera vez al teatro a ver una comedia musical y algo se despertó en mí. Yo era muy tímido, muy retraído y ese hecho despertó algo muy profundo en mí. Ahí empecé a ver a leer sobre comedias musicales, a comprarme discos y casetes.
Y a los doce años empecé a estudiar teatro en Ituzaingó.
CT. ¿Con quién estudiaste?
GM. Estudié con Ricardo Paisano y a los quince, entre a la escuela de teatro de Morón, en el teatro Gregorio de Laferrere. Ahí estuve hasta que terminé el secundario y luego pasé al Conservatorio.
Pero la atracción por la comedia musical me viene desde chico, me llamó muchísimo la atención. Se ve que fijé la atención en algo. Algo me interesó, me importó y le di todo lo que tenía.
Luego, y sobre todo a partir del Conservatorio, quería ser un actor dramático, aunque me seguía interesando las comedias musicales y el cine.
Busqué trabajo casi todo un año y no salió nada, hasta que me llamaron para una comedia musical: “Las invasiones inglesas” para el Teatro San Martín. Fui y quedé. Y volvió el recuerdo de mi infancia y de todo lo que yo había querido las comedias musicales, que lo había perdido por el deseo de ser “un actor serio” –entre comillas-.
CT. ¿Y con respecto al baile y al canto?
GM. Es como te decía antes, todo empezó a los doce años. Pero para un varón estudiar danzas era un problema, siempre hay cierto prejuicio, cierto pudor, yo lo pensaba pero no lo decía. Así que danza empecé a estudiar de grande, aunque es mucho más difícil porque ya la musculatura se formó de una manera y cuesta un poco más. Cuando quedé en “Las invasiones inglesas” tenía compañeros bailarines que me insistían en que estudiara danza. Al estar rodeado de gente que estudia, que está un mundo que es el que yo quería, empecé a relacionarme y a conocer maestros de danza. Y así fue.
Con el canto paso exactamente lo mismo. La voz está conectada con algo emocional muy fuerte. En mi caso no fue que ya desde chico cantaba a los gritos, si estaba solo sí cantaba, pero de grande me daba mucha vergüenza cantar delante de la gente. Entonces, también fue un proceso de crecimiento psicológico el permitirme hacerlo. Empecé a estudiar, pero también es un trabajo permitirte hacerlo delante de la gente. Pero lo bueno es superarlo y permitirte expresarte.
CT. ¿Tu primer trabajo fue “La invasiones inglesas” en el San Martín?
GM. El primer trabajo que me pagaron, sí. De esa obra salieron Ana Acosta, Favio Posca, Claudia Fontán. Y la obra, viéndola a la distancia, era muy buena.
CT. Después de “Las invasiones inglesas” ¿qué vino?
GM. Después de “Las invasiones inglesas” hice “Doña Disparate y Bambuco”, durante dos años, en el Teatro Alvear y en el Lorange, con Georgina Barbarossa. Luego entre en “Drácula”. Fue, como decimos nosotros: “original cast recording”, que en las obras musicales son los que grabamos el disco y fuimos los que estrenamos. “Drácula” fue el éxito más grande que tuvo nuestro país. Yo lo vi y lo viví. Fue impresionante hacer una obra con cinco mil personas por función. Todos éramos muy chicos, rondábamos los veinte años. “Drácula” se estrenó el 29 de agosto, estuvimos dos meses –estaba pensada para cuarenta funciones- y luego nos fuimos de gira. Cuando dimos las pruebas y quedamos los que íbamos a hacerla, nos invitaron a un coctel en el Luna Park y nos mostraron el estadio. Lo vimos tan grande y mucho pensamos que estaría lleno por la mitad el día del estreno y después nada, nadie se imaginó lo que sería después. Tito Lectoure subía al escenario en el momento de los aplausos, junto con Pepe Cibrian y Angel Mahler. Tito subía y nos aplaudía a nosotros y nos decía cuantas personas había con los dedos de la mano: si aplaudía con tres, había tres mil personas; si aplaudía con cuatro dedos no estaba diciendo que había cuatro mil personas y me acuerdo que las últimas semana aplaudía con las palmas abiertas: ¡había cinco mil personas! Hice la obra un año y medio y luego pasé a “El jorobado de Notre Dame”, luego de la experiencia con “Drácula”, resultó una tristeza, apenas duró dos meses.
Después hice una obra de Andrés Bazzalo que se llamaba “Entre trusas e intrusos”. Luego ingresé a los “Botton taps”, me fui a Punta del Este, volví para hacer una obra dirigida por Víctor Laplace “La rebelión en la granja” y haciendo esta obra di la prueba para trabajar con Hugo Midón. Ahí empecé a trabajar con Hugo
Después vinieron “Cassano dancing”-dirigida por Eleonora-, “Stan y Oliver” –de Hugo Midón-, “Boquitas pintadas” –dirigida por Oscar Araiz-, “La bella y la bestia” –en el teatro Ópera-, en esta obra me nominaron para el ACE como mejor actor de comedia musical. En 1999 hice una obra de Claudio Hochman, en Punta del Este. Cuando volví hice “La cenicienta”. Luego “Bent” en el Teatro La Guaridad, después hice “Gris” en el Astral. Después vino “Huecito caracú” de Hugo Midón. “Candombe nacional” con Enrique Pinti. Hice una obra con Amelia Bence que se llamó “Amor invisible” en Andamio’90. Hice “Zorba” en El Nacional, “La ópera de los tres centavos” en el Alvear y ahora terminé de hacer “Aladín” y estoy en funciones con “Fotos de infancias”.
CT. Cantanos cómo es trabajar en infantiles.
GM. Yo tuve el placer de trabajar con uno de los más grandes directores de infantiles que es Hugo Midón. Es un director que exige como cualquier director.
 
CT. En infatiles se ve muchos trabajos improvisados, principalmente en las vacaciones de invierno. Nos hemos llevado algunos chascos.
GM. Que salen para hacer plata, ese es su objetivo. Por eso rescato el trabajo con Hugo Midón, para él no hay diferencia entre dirigir una obra para público infantil o para adulto. Por supuesto, que sabiendo que es un infantil, hay otros códigos: tiene que ser todo mucho más rápido, tiene que estar el juego, lo verbal también se agiliza. Hay ciertos códigos que hay que respetar y que sabes que tenés que manejar.
Cómo actor es un aprendizaje muy grande porque a veces tenés que actuar con gente que está hablando y es un entrenamiento bárbaro, tenés que seguir concentrado y a su vez, atento a lo que sucede en la platea. Hugo Midón nos enseño a respetar totalmente el género.
En ocasión de recibir un premio, Hugo dijo que agradecía que toda la gente que estaba con él respetaba el género tanto como él y no tenían prejuicios para con las obras infantiles. Y es así.
Cuando Hugo Midón hace una obra, el vesturio lo hace Renata Schushein, que no dice que no porque es un infantil; la escenografía la hace Alberto Negrín o Héctor Calmet, o las luces las hace Jorge Pastorino. Todos tipos grossos.
Y la cosa es trabajar en serio, trabajar y trabajar, probar y probar.
Hugo Midón es un tipo muy inteligente y además escribe y tienen mucha poesía sus textos. El mundo de los chicos es muy amplio e interesante y lo importante es poder conectarse con ese mundo para poder crear mucho más y no subestimar a los chicos poniéndote en un lugar de adulto que sabe todo y dice como son las cosas. A mí me encanta el género, aunque está bastante bastardeado. Pero chantas hay en todos lados.
CT. ¿Cómo es para un actor la experiencia de tener una platea infantil?
GM. Es una experiencia. A veces gratas y a veces no. A veces tenés ganas de tirarle un zapatazo al niño, para qué vamos a mentir. Pero es un entrenamiento, un aprendizaje.
CT. Hay un ida y vuelta mucho más directo.
GM. Es más directo, es mucho más real, más sincero y cuando entablás el código con los chicos es volar a donde sea. Eso es lo bueno del género: que podés ir a donde quieras.
Por ejemplo, cuando hicimos “Stan y Oliver” fue algo muy fuerte porque teníamos que hacer de dos personas que habían muerto pero que existieron. Toda la obra transcurría con una pantalla donde se proyectaban imágenes de ellos y nosotros que salíamos y hacíamos de ellos. Vimos muchísimos videos para tratar de apropiarnos de cada cosa de ellos, pero nosotros, además hablábamos, y hay muy pocas películas habladas del Gordo y el Flaco
y nosotros también cantábamos. Fue un trabajo enorme, muchísimo trabajo. Todo el proceso fue tan creativo! Todo ocurría como en un set de filmación. Había una parte que formábamos un tren con una escalera y realmente era un tren. Son esas cosas que se pueden hacer dándote el permiso de hacerlas, jugando con toda la información y las cosas salían.
Además se daba el caso de que tuve que trabajar con Omar Calicchio, y resultó muy facil porque no tuvimos que crear un vínculo porque ya lo teníamos creado, hacía ya nueve años que éramos amigos, y enfrentarnos juntos a ese material fue mucho más fácil.
CT. También te hemos visto en espectáculos de variette.
GM. A mi no me gusta estar solo arriba de un escenario, necesito compartirlo con alguien. Por eso los número de variette que hago trato de hacerlo con otra persona. Con quien más trabajé fue con Laura Silva, que también somos muy amigos, nos conocimos en “Drácula”; con Claudio Pirotta y con Andrea Surdo. El variette es un género que, me parece, está resurgiendo, es un género difícil y está tomando mucha importancia.
CT. Con “Fotos de infancias” retomaste tu vocación de “actor dramático”
GM. A mi me gusta hacer variedad. Soy muy inquieto y me gusta ver todo y probar todo sin tener ningún tipo de prejuicios. Tenía ganas de hacer otro tipo de cosas por eso hice “Fotos de infancias” porque quería probar otra cosa, otro grupo, otros directores.
Está bueno trabajar con directores distintos, ¡son tan distintos! Pero en un punto son tan parecidos.
Con algunos funciona una cosa y con otros no.
Unos te piden una cosa otros, otra. Yo siempre me acuerdo de lo que me dijo un actriz maravillosa que se llamaba Nelly Fontán: “en esta profesión algunos directores te van a hacer de oro, otros de van a hacer de madera, otros de piedra y otros de bronce”. Hay que conocerlo y trabajar con ellos. Yo creo mucho en la importancia del director, yo los respeto muchísimo. Cuando se hace una obra, la mirada sobre ese material la tiene el director y uno es el vehículo con el cual el va a mostrar la obra. Uno tiene que responder ante el pedido del director. Por eso no me gusta limitarme a trabajar con un solo director. El trabajo con los distintos directores también te hacen conocer cosas tuyas, lo bueno y también las limitaciones. Eso te hace crecer.
CT. ¿Qué diferencia notas entre trabajar para cinco mil personas, en un Luna Park lleno, y en una sala de teatro independiente?
GM. Yo creo que está en uno, no en el otro. A nosotros nos pasó que trabajamos para cinco mil personas y cada uno la recibe de manera diferente y uno lo recibe de manera diferente. Es una experiencia maravillosa y la verdad es que no te das cuenta, te enterás cuando termina la obra y prenden las luces y ves esa cantidad de gente. Y es necesario tener un grado de inconsciencia porque si pienso que a los veinte años yo estaba cantando para cinco mil personas, lo más seguro es que no me saliera la voz y cayera muerto.
Es una frase muy trillada, pero lo importante es llegar a alguien ya sea uno, cinco mil o lo que sea, conectar con esa gente, algo le dejaste de algo que te gusta mucho hacer.
Yo creo que el teatro es un misterio, nunca se sabe porque una obra va bien o mal. Hay veces que hay cosas que uno ama con todo su corazón, que sabe que son buenas, pero no funcionan. Pensas que hay cinco mil personas en la platea, pero hay uno y a ese uno algo le dejaste y te dejó algo porque la pasó bien y te lo hizo sentir. Si bien uno trabaja para el otro, también lo hace para uno y en el momento de la función uno tiene que dar lo mismo, ya sean uno o dos mil, por uno no por el otro.
CT. Lo que pudimos observar en vos cuando actuas es que te divertís mucho en el escenario.
GM. Yo necesito divertirme porque me da mucho placer lo que hago. Y pienso que si yo me divierto puedo hacer reir a alguien sino, no. Si estoy haciendo algo “para”, no me divierte, no es orgánico en mi, a mi me da mucho placer actuar, me divierte mucho. Por eso les decía eso de cinco mil o uno, porque mientras me divierta no me importa que sea cinco mil, dos o uno. Porque al final, el objetivo que yo busco con mi trabajo es pasarla bien yo, sentir que tengo un lugar de placer en la vida.
CT. ¿Te gustaría dirigir?
GM. No, nunca se pasó por la cabeza. Lo que sí me gustaría sería producir, no poner dinero, sino estar en todo el hecho creativo. Pero muchas veces dije esto jamás lo haría y luego terminé haciéndolo, no sé. Yo jamás pense en dar clase y –hoy por hoy- estoy dando clase y estoy aprendiendo mucho dando clases, me daba pudor y hoy siento mucho placer.
CT. ¿Dónde estás dando clases?
GM. En el estudio de Julio Bocca. Doy un primero y a niñitos. Tratos de transmitirles lo que yo viví, a algunos los siento muy parecidos a mi cuando tenía la edad de ellos. Puedo entender las preguntas que se hacen porque son las mismas que me hacía yo a esa edad y ahora, con quince años de experiencias les puedo decir que se tranquilicen, es como terapéutico, me veo a mi mismo y pienso qué dramático que era.
CT. ¿Qué estás haciendo ahora?
GM. “Fotos de infancias”, estoy dando clases y ensayando un infantil –“La O de Odisea- dirigido por Cecilia Miserere y en tele, estuve haciendo “Quién es el jefe”.



 

 
©2005 Critica teatral todos los derechos reservados