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MARCELO SUBIOTTO
“... la diversidad es el lugar más
rico ...”
“...lo que cometemos más a menudo:
omitir ciertas cosas...”
Marcelo
Subiotto es actor, director, músico.
Ha trabajado en numerosas obras, tanto
en el ámbito del teatro independiente
como en el oficial. Es integrante del
grupo “El colectivo teatral Puerta
Roja” con el que ha estrenado: “Breve
noche”, “En cuanto a la emoción”,
“Laberinto Camargo”, “Noélicas”,
entre otras. Actualmente está en
funciones en la sala que dirige junto
a Adrián Canale: Puerta Roja, con
la obra “Amores metafísicos”
y en el Teatro San Martín en “La
resistible ascensión de Arturo
Ui” dirigida por Robert Sturua.
Marcelo Subiotto es uno de los más
notables actores que podemos ver en estos
momentos en escena y, además ha
sido un placer conversar con él
de teatro. Transcribimos esa charla para
que ustedes también la disfruten. |
CT.
¿Quiénes
fueron tus maestro?
MS. Yo pasé
casi toda mi adolescencia
en un club yugoslavo
y por ahí
cayeron a dar
talleres de actuación
el profesor Bravo
y luego Martín
Salazar (de “Los
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Macocos).
A partir de ese taller
me decidí a hacer
teatro, ya había
terminado el secundario
y estaba estudiando música.
CT. ¿Con quién
estudiaste música?
MS. Primero en el Conservatorio
Manuel de Falla y luego
con Walter Malosetti que
tenía una academia
de Jazz.
Luego ingresé en
la Escuela Municipal de
Arte Dramático
(EMAD), fui alumno de
(Enrique) Dacal. Cuando
estaba en el tercer año
de la escuela empecé
a estudiar con Guillermo
Agelelli. Estuve como
siete años con
Guillermo. No sólo
estudiábamos, también
teníamos un grupo
que se llamaba “El
primogénito”
e hicimos tres obras que
dirigió Angelelli,
fui su asistente de dirección
durante dos o tres años
y tenía grupos
a cargo, dentro del estudio
de Guillermo.
Ese grupo se desarmó
y cada uno siguió
por su lado.
CT. ¿Cómo
comienza la idea de crea
el Colectivo Teatral Puerta
Roja?
MS. Cuando se disuelve
“El Primogénito”
me encuentro con Adrián
Canale, que nos conocíamos
desde el ’92 porque
habíamos trabajado
juntos. Resultó
que a los dos nos gustaba
mucho la idea de trabajar
la narración, esto
fue en 1997, y en esa
época lo que se
estaba haciendo en dramaturgia
era lo opuesto a lo que
nosotros queríamos,
parecíamos unos
conservadores, pero era
eso lo que nos interesaba:
el despojamiento absoluto
y la narración.
Así fue que ese
año decidimos hacer
una obra que se llamó
“La cruzada de los
niños”. Luego
hicimos “Desvaríos”
sobre textos de Rimbaud
y “La bruma”;
estos espectáculos
fueron presentados por
el grupo “La dudera
teatro” que conformamos
con Adrián Canale.
Nos dimos cuenta que estábamos
medio dispersos y que
teníamos la necesidad
de tener un lugar y así
fue como nació
“Puerta Roja”
y a partir de esto surgió
un proyecto nuevo que
es “El colectivo
teatral Puerta Roja”.
Es un grupo con roles
móviles: los dos
dirigimos, actuamos, hacemos
las luces, hacemos todo.
Somos cuatro o cinco personas
que hacemos lo que haya
que hacer y eso es bueno.
CT. Puerta Roja (Lavalle
3636, Capital Federal)
se creó con la
intención de concretar
los propios proyectos,
porque es sabido que es
muy difícil mantener
una sala.
MS.
La única
pretensión
económica
que tiene “Puerta
Roja” es
la de no tener
que poner plata.
No tenemos subsidios,
la sala |
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no
califica para el Instituto
(Nacional de Teatro –
INT), la bancamos nosotros.
El único subsidio
que recibimos es para
equipamiento de luces
y ya estamos por comprarlo
CT.
Tienen pocos artefactos,
pero lo que hacen en “Amores
Metafísicos”
es muy bello..
MS. Ese trabajo de luces
es de Adrián (Canale).
Yo estoy dirigiendo un
espectáculo para
pibes: “lalá...canciones”
y al diseño de
luces lo llamamos “guión
biológico”
porque no es un guión
fijo, nunca tenemos las
mismas luces y siempre
se va haciendo con la
función. Y en “Amores
Metafísicos”
hay mucho de eso también,
con Adrián nos
conocemos desde hace mucho
y a veces ni yo sé
que está pasando,
pero estoy seguro que
la imagen que aparece
es poderosa.
CT. ¿Con qué
criterio seleccionan los
espectáculos que
se presentan en “Puerta
Roja”?
MS. Nosotros abrimos la
sala en el 2002. No teníamos
mucha idea, así
que nos guiamos por el
azar y la intuición.
Un poco abrimos las orejas
para escuchar que lo que
se requería y por
eso están los talleres
de teatro, acrobacia y
de danza.
Los espectáculo
empezaron a caer a través
de la presentación
de carpetas. En el primer
año nos interesó
más llevarnos bien
con las personas que venían
a trabajar, tal vez, esto
sea pobre en lo artístico
pero rico en lo humano,
no nos interesaba que
convocara a mucha gente
sino nos íbamos
a llevar bien. En el segundo
año ya apretamos
un poco más las
tuercas en los dos aspectos:
llevarnos bien y calidad
de espectáculo.
Y En este tercer año
ajustamos un poco más.
Esto en lo económico,
tal vez, no sea bueno,
pero el espacio tiene
un crecimiento. Las cosas
se van ajustando. Para
el próximo año
tenemos pensado que los
sábados sea un
día de programación
común, que los
viernes se caractericen
por estar programado un
ciclo específico
y los domingos relacionarloscon
lo musical.
CT. Volviendo a vos, te
hemos visto actuando en
muchísimos trabajos
y con distintos directores:
en “Mujeres soñaron
caballos” de Veronese,
en “La hija del
aire” de Laveli,
en “La resistible
ascensión de Arturo
Ui”, dirigida por
Robert Sturua, y en “Amores
Metafísicos”
en tu personaje de Amadeo,
que es una actuación
bellísima, es encantador
ese juglar ¿cómo
te sentís haciendo
trabajos tan disímiles?
MS. Siempre necesite,
como actor, esa diversidad,
desde el principio, desde
mi formación. Laburaba
con Angelelli y trabajábamos
la línea antropológica
–como para ponerle
un nombre. Pero a su vez,
y paralelamente, estaba
haciendo dos o tres obras
completamente diferentes
porque me interesa poner
en duda mis propios conocimientos,
en cuanto a que, para
mí, la diversidad
es el lugar más
rico porque no te enquistás
como actor, te castiga
el ego todo el tiempo
y eso hace bien.
Me interesa que todos
los trabajos sean un salto
al vacío, en esa
diversidad me siento bien
porque siempre fue mi
elección la posibilidad
de saber que estás
saltando al vacío
y que no sabes como termina
el proyecto.
CT. ¿Cómo
trabajaste tu personaje
de “Mujeres soñaron
caballos”?
MS. Me llamó Daniel
(Veronese) para hacer
ese personaje, que era
raro y él no tenía
mucha información
sobre Roger.
Hubo muy pocas improvisaciones,
se trabajó mucho
con el texto. La obra
estaba escrita con la
idea de que se desarrollara
en un loft pero, de pronto,
Daniel nos encerró
a todos en un lugar de
dos por dos y ahí
apareció la obra
como está hoy.
Tanto Iván (Fernando
Llosa) como Roger eran
dos personajes que no
los tenía muy definidos.
Me propuso que sería
atractivo trabajar desde
la quietud y yo pensé
que me iba a aburrir si
me quedaba quieto. En
esa época estaba
trabajando en Morón
y daba talleres en lugares
bastantes marginales y
empecé a pensar
en esa gente y a sacar
material de ahí;
sobre todo la idea de
la peligrosidad constante,
estaba con gente tratando
de rehabilitarse de procesos
muy complejos y siempre
estaba eso latente. No
es que copié de
una persona en particular,
sino de ese mundo y empecé
a construir a Roger desde
ahí.
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Daniel después se copó
y se armó esa tensión,
esa idea de que puede explotar en
cualquier momento.
CT. ¿Y cómo fue trabajar
en el San Martín, con el
peso de esos directores?
MS. Es difícil. Todo es difícil.
Porque, de pronto, te encontrás
trabajando en una institución
enorme, con un sueldo al que no
estás acostumbrado. No es
teatro independiente, es teatro
profesional. Hay cosas que están
buenas y hay cosas que no están
tan buenas.
Esos directores, tanto Lavelli como
Sturua, son dos tipos grossos y
tenés dos posibilidades:
ponerte a la altura del proceso
o apelar a alguna cosa de oficio
para zafar, y lo bueno es ponerte
a la altura del proceso y arriesgar.
Ellos no bajan nunca el pie del
acelerador. Con Lavelli, en la “La
hija del aire”, el proceso
fue muy rico y fue evolucionando
con las funciones y creo que las
últimas semanas de funciones
que hicimos en España, ese
era el momento para estrenar. Porque
no fue fácil hacernos cargo
de un texto en verso. Nosotros no
tenemos, los actores jóvenes,
la tradición de decir texto
en verso. Fue muy importante Blanca
Portillo, la protagonista, porque
era un camión al que te tenías
que seguir. Además es una
persona maravillosa como compañera,
con un talento de puta madre y con
un manejo del verso impresionante.
CT ¿Y ahora, con Sturua?
MS: Sturua es lo opuesto a Lavelli.
Es un director que esta improvisando
todo el tiempo. Te marca una escena
y cuando la terminaste la cambió
toda. Lavelli es lo contrario. Te
dan el texto tres meses antes y
el primer día de ensayo tenés
que tenerlo sabido. El marca una
escena y vos tenés que copiar
todo eso que marcó, apropiártelo,
y después de mucho tiempo
y que lo tenés bien agarrado,
podés empezar a hacer modificaciones,
porque lo tenés que comprar
a él que es el primer espectador
y el más difícil.
Sturua es al revés: no entendés
nada hasta que le encontrás
la vuelta y le tenés que
doblar la apuesta. Es un tipo talentosísimo.
En una cosa se parecen y es en la
concepción de los personajes
en cuanto a que, para ambos, tienen
gran amplitud, muchas dimensiones.
El personajes es un asesino pero
ellos le encuentran el lado por
el cual, además, pueden llega
a tener ternura, cierto encanto;
siempre van para otro lado de lo
que uno piensa linealmente, entonces
los personajes se complementan,
se vuelven más complejos.
El año que viene voy a volver
a trabajar con Lavelli, va a dirigir
el “Rey Lear”. Ya hizo
las audiciones y Lavelli me pidió
que me presentara, las hice y me
dieron un personaje.
CT. “Amores metafísicos”
lo disfrutas muchísimo porque
lo que se siente eso, lo transmitís
y es un placer.
MS. Son materiales propios y es
mi mundo también. Es una
manera de deschavar el mundo de
uno de una manera poética
y metafórica.
CT. También estudiante con
Kartun...
MS. Hice el primer año de
dramaturgia y me sirvió para
darme cuenta de que no iba a ser
dramaturgo, es el sentido de escribir
una obra de teatro, y lo digo en
el buen sentido.
CT. Pero por otro lado creaste “Amores
Matafísicos” en el
que los textos, las canciones, la
música, todo el material
es tuyo.
MS. Por eso mismo. En esa época
yo iba y venía a Mar del
Plata porque estaba dando unos talleres
y se estaba presentando “La
cruzada de los niños”.
Y a la noche, me iba por los bares
presentándome como el personaje
Amadeo, no como un actor. Así
armé el
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espectáculo,
cuando lo tuve completo
lo presenté en el
Teatro Carlos Carella de
Mar del Plata. |
Volviendo a la pregusta de dramaturgia,
ese año yo estaba escribiendo
mucho. Escribí “Laberinto
Camargo” que es un espectáculo
para pibes y “Noélica”
que es para adultos, ambos los estrenamos
en Puerta Roja y tenían la
estructura de una obra, pero a mí
me tiraba Amadeo y también
estaba armando otro espectáculo
que se llamaba “Los oscuros”
que también tenía
canciones y la segunda parte de
Amadeo: “Las coplas del Cartonero
Masón”. Todos esos
espectáculos tenían
música y se me fue instalando
la duda sobre si yo quería
estudiar de esa manera. Y ese año
me di cuenta de que mis espectáculos
iban a tener una forma que todavía
desconocía, que las iba a
descubrir a medida que los fuera
construyendo. Todo ese año
fue buenísimo para reafirmar
eso.
No puedo escribir obras, las imagino
con las personas que conozco y que
podrían entender lo que estoy
haciendo, no podría hacer
un casting. Por ejemplo, “Laberinto
Camargo” está hecho
con un grupo de alumnos que tenía
en Morón y con los que trabajé
durante tres años y ellos
podían entender perfectamente
el código de esa obra que
es un infantil sin conseciones.
El año que hice el curso
con Kartun logré sincerarme
conmigo, en cuanto a que no quería
escribir una obra. A mí me
atraía Amadeo que es un tipo
que es poeta y cuenta cosas que
yo recuerdo de mi infancia, que
son pavadas, pero que son graciosas
y a mi me causa gracia. La línea
de trabajo de Kartun se basa en
que uno encuentre su material, que
por ahí no es el mejor del
mundo pero es el propio.
CT. ¿Cómo surge Amadeo?
MS. De cosas que recuerdo, que me
suenan de la infancia: el Winco,
mis tíos que eran muy militantes
y escuchaban cosas de corte muy
serio, pero nada del espectáculo
es una sátira a eso, todo
lo contrario. Después de
muchos años escuché
discos de Daniel Viglietti y algunas
cosas me parecieron extraordinarias
y otras no, pero porque lo escuchás
veinticinco años después
y esa obra está desfasada
de su época. Entonces empecé
a pensar en como podría reproducir
en el tiempo a un tipo que es cantautor
con un discurso que me sea más
propio, no me refiero a la actualidad,
sino a lo discursivo e incorporo
el humor, que está y que
a mi me gusta; cosas metafísicas
en el sentido de asumir cosas que
son absolutamente absurdas.
La militancia de los ’70 tenía
muchas cosas de inocencia que se
pagaron carísimo, y yo no
quería reconstruir ese material
porque lo respeto muchísimo,
pero sí hacer uno más
propio que tuviera esa seriedad
y que llevara adelante ese mundo
como lo lleva Amadeo. Eso es un
poco la mezcla y la construcción
del personaje. Armar el segundo
espectáculo de Amadeo: “Las
coplas del Cartonero Masón”
ya es más fácil porque
lo escribe el mismo Amadeo. Además
yo soy un cantautor frustrado, así
que también hay algo de eso.
CT. ¿Con qué directores
te gustaría trabajar?
MS. Me gustaría trabajar
con Bartís, eso sería
un desafío. También
me gustaría que me dirigiera
Pompeyo Audivert porque, más
allá de se una muy buena
persona, es muy interesante su concepción
de puesta. También estaría
bueno volver a trabajar con Daniel
(Veronese). Se repone “Mujeres
soñaron caballos” y
no voy a poder hacerlo; volver a
trabajar con Lavelli, que de hecho,
lo hago el año que viene.
CT. ¿Cúal es la programación
actual de “Puerta Roja”?
MS. Los viernes están “Luisa”
y “La otra”, los sábados
“Dos personas se aproximan”
y “Amores Metafísicos”
y los domingos el infantil “lalá...canciones”.
En octubre estrenamos una obra que
dirige Adrián, en la que
actúo, junto con (Alejandro)
Vizotti y Carolina Tisera sobre
un cuento de Raymond Carver. También
en octubre estrena Pablo Iglesias
su obra “El baile del pollito”.
Los domingo, a partir de septiembre,
va a haber un ciclo de música
y para el año que viene queremos
desarrollar un ciclo de obras cortas,
llamar a dos o tres directores más
y proponerles dos o tres títulos
para el año, que las obras
se ensayen dos meses y que se estrenen.
Queremos que los viernes sean reconocidos
como el día de los ciclos
de obras cortas.
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