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“Es
una obra paradojal:
de tan compleja,
resulta sencilla.
Lo cierto es que,
en lo conceptual,
muestra el universo
fragmentado en
el que está
inmerso el ser
humano. Lo escindido
que está
el hombre en un
mundo que divide
y no une, que
resta para jamás
sumar.
La obra comienza
con dos mujeres
en movimiento
(de piso) a las
que se les ve
partes de su cuerpo
–lo que
permite el recorte
de luz, y nunca
el rostro. Están
en el extremo
derecho del escenario,
en el izquierdo
hay sobre el piso
distribuidas geométricamente
las ropas con
las que se vestirán
en escena. Luego
todo el desarrollo
serán los
movimientos que
van acompañados
de imágenes
proyectadas sobre
sus propios cuerpos,
convirtiendo todo
en números,
en códigos
de barras; o en
recortes de iluminación
que les irá
seccionando el
cuerpo. Completa
estos cuadros
algunas apariciones
de un violinista
que se ve imposibilitado
de tocar o sólo
logra algunos
acordes.
La bailarinas
son Inés
Armas y Lía
Mazza, el violinista
es Pablo Grinjot.
Los tres logran
una perfecta compenetración
en el espacio
y en el despliegue
tecnológico
con el que interactúan
y es parte esencial
de esta obra.
Tanto el diseño
de luces como
el tecnológico
es impecable e
impactante. Todo
en blanco y negro,
luces y sombras
para llegar al
complejo universo
que pretenden
–y logran-
transmitir, con
una belleza de
imágenes
que conmueve.
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