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““Jacobo
o la sumisión”
es una obra de
Eugène
Ionesco, con dirección
de Elvira Onetto.
Jacobo no quiere
someterse a un
orden ya establecido
por su familia.
Trata a través
de sus silencios
y gestos hoscos,
de hacer frente
a toda la artillería
de palabras, insultos,
sobornos y chantajes
que caen sobre
él. Resiste
a los embates
de una madre que
se hace la víctima
y de un padre
que lo denigra
y que amenaza
abandonar el hogar
si él no
cambia. Su hermana,
mediante la utilización
de “veintisiete
palabras”,
hace torcer su
actitud o al menos
eso parece. A
partir de ahí
a Jacobo se le
presentará
una muchacha para
que se case. Al
principio la rechazará
porque no es demasiado
fea, pero luego
irá descubriendo
que ella está
en el mismo estado
de sumisión
que él.
Ellos dos terminarán
enamorándose
y amándose
– a su manera,
por supuesto-
con la desaprobación
de ambas familias.
La obra muestra
como la sociedad
–en este
caso representada
por el núcleo
familiar- censura,
juzga y oprime
a quienes quieren
romper órdenes
y mandatos ya
establecidos.
También
se observa: como
a los ancianos
se los deja de
lado y no se los
escucha, que los
adultos se aferran
a cánones
que no pueden
o no quieren romper
y a la juventud
como única
esperanza para
cambiar el mundo,
con su lirismo
y rebeldía.
Al ilógico
y absurdo mundo
de Ionesco, la
directora Elvira
Onetto le da una
vuelta más
de tuerca: todos
los roles son
representados
por jóvenes
mujeres y el personaje
de la muchacha
es interpretado
por tres actrices
a un mismo tiempo.
Esta elección
de la directora
permite crear
juegos, contrapuntos
y situaciones
ambiguas que amplían
las lecturas del
texto original.
Ubicó a
los personajes
en un ámbito
oscuro y sórdido
y condujo en forma
brillante a sus
jóvenes
actrices a un
registro de actuación
de una intensidad
poco frecuente.
Se destacan en
este buen elenco:
Belén Amada
(Jacobo), Sol
Nava (Jacobo madre),
María Carolina
García
(Jacobo padre)
y Verónica
Altieri (Abuelo
Jacobo) esta última
es una actriz
de una graciosa
gestualidad.
La planta escenografica
se compone de:
cinco sillas de
color gris, dos
enormes marcos
dorados colgados
del techo, una
araña con
lámparas
con filamentos
rojizos, un lienzo
blanco colgado
en diagonal a
la izquierda del
espacio que oculta
otro pequeño
marco dorado y
una salamandra.
El vestuario es
muy bueno. A las
familias se eligió
vestirlas con
ropas de colores
marrón
y negro que contrastan
con el ceñido
ambo de color
azul eléctrico
que usa Jacobo
y el vaporoso
vestido ocre de
la muchacha.
Las luces crean
climas opresivos
cuando Jacobo
se enfrenta a
su familia y oníricos
cuando Jacobo
y su novia se
entregan al amor.
Esta puesta en
escena de “Jacobo
o la sumisión”
es una muy buena
oportunidad para
acercarse al mundo
del genial dramaturgo
rumano.
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