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“El
baile del pollito”
es una obra escrita
y dirigida por
Pablo Iglesias.
Trata sobre dos
delincuentes que
tienen secuestrado
al Principe Harry
de Inglaterra
en un aguantadero
de la localidad
de Moreno. Lo
cierto es que
son el último
enclave de una
superorganización
internacional
y, cuando les
convino, son abandonan
a su suerte (los
tres) porque nada
les importa. La
obra cuenta la
convivencia de
estos dos personajes,
absolutamente
opuestos, que
–a simple
vista- lo único
que tienen en
común es
la pasión
que sienten por
los Rolling Stone.
Pero no es así,
son dos hombres
que deben compartir
su suerte hasta
donde ésta
le depare (que
no contaremos
el desenlace)
y en esa convivencia
aparece lo humano
en toda su dimensión:
tanto lo más
bajo como lo más
noble de un ser
humano.
“El baile
del pollito”
está protagonizada
por Mauricio Minetti
y por Martín
Paladino. Minetti
–en el personaje
Moreno- hace una
creación
impecable. Es
un hombre que
a todo le pone
voluntad y optimismo,
que adora la playa
y sueño
con un encuentro
con Keith Richards
y conversar con
él mano
a mano; pero también
estuvo en la Guerra
por la Malvinas
y también
se vio forzado
a seguir el camino
delictivo como
designio de familia;
es alegre y con
una gran generosidad
y reserva de humanidad.
Martín
Paladino interpreta
al otro delincuente,
al Colo, y logra
realizar un trabajo
de creación
realmente extraordinario.
A lo mismo que
Moreno, es un
hombre complejo.
Frio y desalmado,
también
siente piedad
y puede condolerse
de su suerte y
de la de los demás.
Un expolicía
con todos sus
vicios profesionales
a la orden del
día y hasta
la exacerbación.
Mucho más
joven que su compañero,
tiene actitudes
que lo pueden
llevar tanto a
disparar un tiro
como asustarse
como un niño
ante la perspectiva
de una noche gélida.
Se trata de una
obra de personajes
muy marcados,
muy trabajados
desde la creación
autoral como actoral
que pasan constantemente
de la tragedia
a la comedia.
Como en la vida.
Un párrafo
especial merece
el trabajo escenográfico
diseñado
por Gabriela A.
Fernández.
Tenía como
desafío
convertir a la
sala en una pocilga
y lo logra. En
principio recortó
el espacio de
la sala grande
del teatro con
una pared detrás
de la cual se
deja ver parte
de lo que sería
un baño
destartalado.
Utiliza una puerta
que da a un patio
exterior, cerrándolo
con maderas, plásticos
y chapas. Todo
el lugar está
lleno de objetos
deteriorados en
desuso. Con estos
simples –o
no tanto- recursos
logra crear la
sensación
de agobio, encierro
y precariedad
tan necesarios
a la obra.
Esta obra es una
pieza muy inteligente
y sumamente interesante
porque juega con
lo político,
con una mirada
social-existencialista,
pero siempre atravesada
por el humor y
la ironía
y por la marivollasa
música
stone..
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