|
“...Para
nosotros es tan importante la obra como
la gente con la que trabajamos...”
Cuando programamos este reportaje lo
pensamos –más o menos-
de media hora. Eso sólo quedó
en el pensamiento, porque lo cierto
es que juntarnos a charlar sobre teatro
con Ana Cinkö y Raúl Zolezzi
no se puede pautar. La charla se hace
de lo más interesante y el tiempo
corre y siempre quedan cosas por conversar.
En esta nota nos interesamos más
por la historia del T.I.T. (Taller de
investigación teatral) que es
un poco repasar la historia del teatro
de los últimos treinta años,
sus producciones y sus últimas
obras “El King” y la que
está actualmente en funciones
en el Artefacto “El martillo sin
amo”.
CT. ¿De qué se trata el
T.I.T? ¿Cuál es su filosofía?
¿Cómo trabajan?
RZ. El T.I.T. lo funda mi maestro que
es Juan Carlos Uviedo, un tipo muy querido,
ahora vive en Brasil. El grupo tuvo
mucho peso desde 1977 a 1981, plena
época de la dictadura. Fundamos
un movimiento que se llamó “Zangandongo”,
sacábamos una revista y también
una serie de manifiestos. En general
era un teatro que se oponía al
teatro stanislavskiano, fuimos de los
primeros que empezamos a trabajar con
Meyerhold. El primer montaje que hicimos
con Juan fue “El balcón”.
Teníamos una forma muy particular
de trabajar por que estábamos
en plena dictadura, entonces ensayábamos
siempre en distintos lugares, por una
cuestión de clandestinidad. Todos
los que iban ensayaban y también
participaban del espectáculo.
Pero era muy particular porque se podía
dar que un actor hubiese ido a todos
los ensayos pero que no hubiese podido
ir a la función y la obra se
hacía igual, no estaría
ese personaje, pero se hacía
lo mismo: Juan te decía “viste
el laburo que hacía él,
bueno, hoy lo haces vos”. Luego
Juan cae preso, logra zafar y se va
a Brasil y no vuelve más. Quedamos
los alumnos de él y cada uno
forma un grupo que presenta sus propios
espectáculos, pero no estábamos
desconectados, nos intercambiábamos.
En ese entonces hicimos el “Festival
de Zangandunga”. Fue un hito.
Por ejemplo, ahí hizo una de
sus primeras exposiciones Guillermo
Kuitka, que tendría catorce o
quince años. Hicimos cosas con
Florindo Testa, con Jacques Bedel. En
el ’80 lo conocimos a Mujica que
estaba en un grupo de poesía
y hacíamos bloques teatrales
con poesías de ellos.
CT. ¿Hugo Mujica?
RZ. Sí, el cura.
CT. Te preguntaba porque tengo un poema
enmarcado que le hizo a Roberto Elía,
que es un plástico que me encanta.
RZ. Mirá, Roberto Elía
iba a hacer la escenografía de
una obra nuestra. En el ’83 u
’84 estábamos haciendo
“El adefesio” de Rafael
Alberti y le pedí a (Jorge) Di
Rocco, que era un pintor amigo que hiciera
la escenografía, pero que asistiera
a los ensayos para que viera lo que
pasaba y pudiera ir generando: me dice
que sí y me pregunta si puede
traer a un amigo, y ese amigo era Roberto
Elía. Venían los dos,
se traían una botella de grapa
y se la bajaban en los ensayos, al finalizar
nos íbamos a tomar algo y seguían
tomando. Lo cierto es que surgían
unas ideas fantásticas pero nunca
se pudieron llevar a cabo. Terminó
haciendo la escenografía que
eran como íconos de santos, cada
personaje tenía un cuadro, eran
pinturas de cuatro metros de alto en
papel escenografía, quedaron
muy bien.
En el ’80 se disuelve el grupo.
Yo estaba haciendo “El balcón”
en El Picadero y para marzo de ese año
estaba programado otro trabajo con texto
de Genet –basado en “Pompas
fúnebres”- un espectáculo
que había hecho todo el taller
y que se llamó “Lágrimas
fúnebres, pompas de sangre”.
Para el estreno tuvimos la brillante
idea de montar en toda la cortada Rauch
(la actual Discépolo) obleas
pegadas que decían “aquí
cayó un joven” y llenamos
con coronas toda la cortada hasta Corrientes.
Ahí los del Picadero se asustaron,
dijeron que la obra no se hacía
y no se estrenó y ahí,
también, murió el T.I.T.
En el ’84, varios del antiguo
T.I.T., creamos otro grupo que se llamó
“Detritus”. Con este grupo
hicimos “Esperpentos” (una
versión de Drácula) –ahí
la conozco a Ana- y empezamos a trabajar
“El monje”. Luego vino “Basura”,
un espectáculo callejero, que
hicimos en varios lugares: lo estrenamos
en el playón del San Martín
y luego, varias veces, en Lavalle y
Carlos Pellegrini. Esta obra se trataba
de cinco personajes que estaban distribuidos
en la cuadra y luego aparecían
cuatro tipos que bajaban de una camioneta
y se los llevaban, uno por uno, embolsados
en gigantes bolsas y nadie decía
nada. Era un teatro de urbanidad, nos
interesaba ver que pasaba con la gente,
que en realidad, no hacía ni
decía nada; salvo una vez que
la gente del hotel que está en
esa cuadra, llamó a la policía
alegando que había una prostituta
haciendo lío.

CT. Ustedes trabajan en grupo ¿por
qué esa decisión, esa
apuesta?
AC. Es importante. Se trata de encontrarte
con la gente, con esa gente que te vas
encontrando en la vida y vas generando
contextos, ideas, ideologías;
desde muchos lugares. Pero que sabés
que pensás igual y apostás
a lo mismo y eso para nosotros es esencial,
porque para poder hacer arte es lo más
básico. Porque para nosotros
es tan importante la obra como la gente
con la que trabajamos. Tan es así,
que cuando intentamos, no ya romper
esta estructura sino de convocar a un
elenco que no conocemos, fueron obras
que no llegamos a hacer. Evidentemente,
tenemos una estructura muy fuerte que
tiene que ver con una forma de pensar,
de ver el mundo.
CT. Todas las obras que nos mencionaste
tienen un profundo basamento humano,
conceptualmente muy claras; lo mismo
podemos decir de obras como “El
King” o “El martillo sin
amo”...
RZ. Para nosotros es casi fundacional
la puesta de las “Morfinas”
en el Centro Cultural Rojas. Se trataba
de una trilogía de Beckett (esto
fue en el ’89): “Primer
amor”, “La última
cinta” y “Compañía”.
Cada sábado se daba una obra
distinta, el ciclo se llamaba “Morfinas”
y el público no sabía
cual de las obras iba a ver. Se trataba
de tres tipos de teatro, tres estéticas
distintas y tres momentos diferentes
en la obra de Beckett. Y ese es como
el momento en que se funda el grupo.
Para darte una idea, Graciela (Grace
Clulow) lo único que hacía
era la asistencia de las obras y en
“La última cinta”
se pasaba toda la obra debajo de una
piedra, como si se le hubiera caído
un escombro.
AC. A ninguno nos importaba el rol que
debíamos desempeñar. Por
ejemplo, una actriz como Graciela estaba
toda la obra tirada en el piso con una
piedra encima.
RZ. Otro tipo te diría que no
lo hace.
AC. Pero uno toma la obra como la más
importante y no importa que rol deba
desempeñar. Aún hoy, estamos
todos en todas las funciones. Volviendo
al Rojas, la época en que estábamos
haciendo “Morfinas” fue
la más hermosa del Rojas, iba
gente a morir, quedaba gente afuera
en todas las funciones y eso que empezaban
a las dos de la mañana. Hacer
Beckett en el Rojas y en ese horario
fue el desafío más grande,
el público era heavy, heavy y
sin embargo salía hipnotizado.
Este ciclo impresionó mucho al
Rojas y nos ofrecieron que siguiéramos.
CT. ¿Con qué obra?
AC. “Evita”. En realidad
la obra se llama “45-73 los campos
magnéticos”. Esta obra
fue seleccionada por la Fundación
Antorchas como finalista y estaba (Ernesto)
Schoo como jurado y quedó impactadísimo.
Pero creo que les dio pánico
porque políticamente era complicada.
RZ. Había un juego entre el peronismo
del ’45 y el del ’73. Juntábamos
imágenes de los dos períodos,
por un lado Evita aparecía dando
un discurso y atrás poníamos
las fotos de Ezeiza, esto a modo de
ejemplo, pero lo cierto es que se trataba
de un juego que contrastaba las dos
etapas del peronismo. Era como muy denso.
Nos fue muy mal con ese espectáculo.
Y luego, en paralelo con “45-73
campos magnéticos”, hicimos
un trabajo sobre la vida de Charlie
Parker.
AC. Lo del paralelismo tiene que ver
con que nosotros siempre hacemos dos
obras. En ese momento se dio con “45-73...”,
que era una obra blanca y la de Charlie
Parker que era la obra negra. De la
obra de Charlie Parker hicimos dos puestas
–cosa que también solemos
hacer- una en Babilonia y otra en el
Rojas.
 |
 |
|
 |
CT.
¿Y después de eso?
AC. Después vino un período
oscuro
RZ. No hicimos nada hasta el año
2000.
AC. En ese ínterin hicimos un
largometraje, que todavía no
editamos, que se llamó “Hambre”
y yo empecé a hacer obras infantiles
con Carlos Canosa. En el 2000, yo estaba
con mucho trabajo actoral y a Raúl
lo convocaron de IMPA para dar clases.
La idea era armar seminarios para hacer
obras, directamente para hacer obras.
La convocatoria no era exclusivamente
para actores, sino para gente que quisiera
ir, no a formarse como actor sino a
ver que pasaba. Luego yo me incorporo
al grupo de IMPA.
RZ. El primer día me sorprendí,
vinieron 25 personas. El grupo lo abrimos
el 22 de agosto y como yo no tenía
problemas de horarios, abrí tres
posibilidades y la gente podía
ir a cualquiera de las tres, o las tres
o a dos, y el precio era el mismo.
AC. Había gente de 17 años
a 60. Con ese grupo hicimos “La
almohada”-que es una obra del
repertorio tradicional del teatro Nô,
adaptada por Mishima- hicimos tres funciones
a fin de año y se repitió
al año siguiente porque continuaba
el seminario y el grupo que se había
formado.
RZ. Y además porque nos fue muy
bien, estuvo bárbaro.
AC. Esta etapa del IMPA duró
como tres años. Incluso nos involucramos
en la gestión del IMPA. Llegaron
a circular como mil personas por la
fábrica. La gente que entraba
al seminario se involucraba con el IMPA
en otras cosas, tenía interés
por colaborar. Sabíamos que era
una fábrica, que había
mugre, que la gente estaba trabajando
y que nosotros también estábamos
trabajando. IMPA, finalmente, se termina,
pero nosotros nos quedamos con mucha
gente e hicimos el montaje de “El
montón” durante dos años.

RZ. Fue una experiencia muy interesante.
“El montón” era una
obra que se daba en tres momentos diferentes
y con situaciones diferentes entrelazadas.
Una se daba en un bodegón de
Buenos Aires en los años ’70,
otra era durante la guerra civil españolas
y la tercera se daba en el futuro en
un país utópico inexistente.
De todo eso quedo un continente, que
fue el que más primó,
el del bolichito y donde empezamos a
meter otros textos (de “La revolución
es un sueño eterno” de
Andrés Rivera, textos teóricos
de Badiu, los cínicos, los griegos,
etc.)
AC. En el primer Montón éramos
21 personas.
RZ. Con una característica muy
T.I.T.: era una obra que siempre se
sostenía, pasara lo que pasara;
faltaba una actriz y la obra se hacía
igual.
AC. La obra se hizo en el IMPA, abajo,
en el taller. Armamos ese espacio para
las funciones, lo pintamos, armamos
las luces, la escenografía.
CT. ¿Y después de “El
montón”?
AC. Y después de “El montón”
que fueron tres años de funciones,
vino “El King”. Ya con bastante
menos gente porque habíamos dejado
de dar clases en el IMPA, pero la gente
de los seminarios, aún hoy, nos
sigue acompañando, vienen a ver
nuestras obras.
CT. “El King” ya lo hace
el T.I.T.
AC. Sí, es presentado por el
T.I.T.
RZ. Sí, porque nosotros al seminario
le habíamos puesto S.I.T. (Seminario
de investigación teatral), pero
en el medio le volvimos a poner T.I.T.
AC. Por reivindicar la historia y porque,
además, tiene características
muy parecidas.
CT. Y ahí se hace “El King”
que es una obra maravillosa, que la
reponen el año que viene.
AC. Sí, la tenemos que reponer.
Cuando me preguntan por qué “El
King”, mi respuesta es: por urgencia,
porque es urgente hacerla. Y fue lo
que me pasó cuando me llegó
“El King”. En ese momento
yo estaba pasando por un período
muy malo, en lo personal. Estábamos
pensando hacer otra obra: “Cabaret
negro”, pero yo les paso la obra
a Raúl y a Graciela y los tres
dijimos: es “El King” porque
es urgente que se haga esa obra. Ahí
nos conectamos con (John) Berger, hablamos
telefónicamente con él
y nos dijo que hiciéramos lo
que quisiéramos con “El
King” porque consideraba que el
teatro es una cosa diferente a la literatura.
Entonces, yo le pregunte que le parecía
que al personaje del King (que es masculino)
lo hiciera una mujer y se rió,
le encantó y nos contó
que en las lecturas que él hace
de “El King”, a ese personaje
lo lee la hija.
RZ. Ahí, nos tiró, también,
un texto de (Andrei) Platonov, que es
muy interesante, vendría a ser
un ruso postmoderno en la década
del ’50. Berguer toma de ese autor
algo que incorpora a “El King”
que es lo que le faltaba al sueño
socialista y era el tema de la espiritualidad.
AC. Cuando le mandamos a Berguer el
DVD de nuestra puesta, le gustó.
Ya se había hecho otra en Portugal
pero no tenía nada que ver. Utilizaron
cámara negra, eran sólo
tres personajes y estaban vestidos con
gabardinas.
CT. Es otra realidad, porque viendo
la puesta de “El King” de
ustedes podemos observar nuestra realidad:
la gente viviendo bajo la autopista...
RZ. Una noche, fue a ver la obra una
persona conocida, le preguntamos que
le había parecido nos dijo que
no le había gustado y que además,
al salir de la Cooperación empezó
a ver gente tirada en la calle y se
tuvo que tomar un taxi. Bueno, no le
habrá gustado pero le pegó
la obra.
AC. Por lo menos empezó a darse
cuenta –o a ver- que había
gente durmiendo en las calles.
CT. Y ahora “El martillo sin amo”.
No son complacientes con el público.
RZ. Cuando empezamos con “El martillo”
dijimos: esto es humor.
AC. Pensamos que iba a ser más
sencillo...
CT. Está muy bueno el trabajo
de Grace y es tremendo el final cuando
encierran al público ¿esa
idea estaba en el libro?
AC. No es de puesta, es como potenciar
eso de la condición humana.
CT. Se trata de involucrar al público.
AC. Exacto, bueno, él es el hombre
martillo, pero nosotros ¿qué?


|