Una
pareja al parecer
feliz y con un
posición
económica
acomodada, percibe
que e la puerta
trasera de su
jardín
hay un hombre
que vende fósforos.
La ubicación
del hombre, puerta
trasera y no la
principal, y su
aspecto les llama
la atención.
Realizan conjeturas,
lo espían,
hasta que deciden
invitarlo a su
casa. La presencia
de este hombre,
con la cara tapada
por un pasamontañas,
y su actitud pasiva
y temerosa despiertan
en ambos integrantes
de la pareja la
necesidad de confesar
ante él
lo más
ocultos
de su personalidades.
Estas confesiones
producirán,
tanto en el hombre
como en la mujer
un cambio en sus
vidas.
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UN
LEVE DOLOR |
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La versión
de esta obra
de Harold Pinter,
dirigida por
Alfredo Martín,
esta plenamente
lograda en su
aspecto técnico-formal
y tiene desniveles
en sus interpretaciones.
La pareja vive
dentro de su
mundo, todo
puesto en su
lugar, prolijo
y sobretodo
muy delimitado.
Y eso esta claramente
expreso en la
lograda escenografía
de Alejandro
Alonso que demarca
claramente,
cual si fuera
un plano, las
distintas partes
de la casa y
en especial
el afuera y
el adentro.
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El vestuario
prolijo e inmaculado
en los dueños
de casa, desarreglado
y rotoso en
el extraño
es un logro
de Lucrecia
Castellucci.
Las luces de
Matías
Sendon completan
el clima de
asfixia que
la obra requiere.
Natacha Méndez,
como la dueña
de casa, logra
momentos de
compromiso y
se mueve con
soltura y credibilidad.
Alfredo Martín
pasa de la tranquilidad
a la desesperación
sin detenerse
en los matices
de su personaje.
Félix
Tornquist, como
el intruso,
despierta ternura,
compasión
y exasperación
solo con su
gestualidad
logrando una
buena composición.
Con la salvedad
hecha, en el
aspecto interpretativo,
Un leve Dolor
es una obra
que muestra
lo frágil
de un mundo
hecho de apariencias.
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