Para
ser artista hay que captar y transformar
la experiencia en recuerdo, el recuerdo
en expresión, la materia en forma.
Para el artista, la emoción no
lo es todo; debe conocer su oficio y encontrar
placer en él., comprender todas
las reglas, procedimientos, formas y convenciones
con que la naturaleza –la arpía-
se puede domar y someter al contrato del
arte. La pasión que consume al
diletante se pone al servicio del verdadero
artista; el artista no es vencido por
la bestia: la doma.
La tensión
y la contradicción dialéctica
son inherentes al arte; éste no
sólo debe surgir de una experiencia
intensa de la realidad sino que debe construirse,
adquirir forma a través de la objetividad.
El libre juego artístico es resultado
de un dominio total. Aristóteles,
tan incomprendido, consideraba que la
función del arte consiste en purificar
las emociones, en vencer el terror y la
piedad, de modo que el espectador, identificado
con Orestes o Edipo, se libere de esta
identificación y se eleve por encima
del destino ciego. Las ataduras de la
vida son rotas temporalmente porque el
arte “cautiva” de manera muy
distinta a como cautiva la realidad; y
en esta agradable cautividad temporal
radica, precisamente, la característica
del “entretenimiento”, del
placer que encontramos incluso en las
tragedias.
Bertolt
Brecht ha dicho de este placer, de esta
cualidad liberadora del arte:
“Nuestro
teatro debe fomentar la emoción
de la comprensión y enseñar
al pueblo el placer de modificar la realidad.
Nuestros públicos no sólo
deben ver cómo se liberó
Prometeo sino también prepararse
para el placer de liberarle. Debemos enseñarles
a experimentar en nuestro teatro toda
la satisfacción y el goce sentidos
por el inventor y el descubridor, la sensación
de triunfo del liberador”
Brecht señala que en una sociedad
donde reine la lucha de clases el efecto
“inmediato” que la estética
dominante exige a la obra de arte es la
supresión de las diferencia sociales
en el público y la creación,
mientras se goza de la obra de arte, de
una colectividad no dividida en clases
sino “universalmente humana”.
En cambio la función del “drama
no aristotélico” propugnado
por Brecht consiste, precisamente, en
dividir el público eliminando el
conflicto entre el sentimiento y la razón,
existente en el mundo capitalista.
“El
sentimiento y la razón han degenerado
a medida que la época capitalista
se acerca a su fin; entre ellos ha surgido
un conflicto indeseable y estéril.
Pero la nueva clase ascendente y los que
luchan a su lado quieren un sentimiento
y una razón en conflicto productivo.
Nuestros sentimientos nos impelen al máximo
esfuerzo de razonamiento y nuestra razón
purifica nuestros sentimientos”.
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