El
vacío.
La rutina. La
soledad. El
sinsentido de
empeñarse
en vivir una
vida que esta
muy lejos de
satisfacernos.
Estos son algunos
de los temas
que toca esta
dura obra.
Es muy difícil
no encontrar
algún
punto de contacto,
entre lo que
les pasa a estos
cinco personajes,
con nuestras
propias vidas.
Abarca un amplio
arco que va
de la frustración
de no poder
encontrar trabajo,
hasta la de
una persona
exitosa en lo
profesional
pero totalmente
vacía
por dentro;
desde la esperanza
ante un nuevo
porvenir hasta
a la triste
rutina de trabajar
solo para comer.
La manera de
llevar el texto
de esta obra
a escena –cinco
personajes,
que nunca se
comunican entre
sí, van
contando sus
vidas en pequeños
monólogos-,
es resuelta
eficientemente
por el director
Lucas Gioja.
Una avenida,
una oficina,
un bar, una
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EL
PAN DE CADA DÍA |
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cocina, un espejo,
una cama, un
sofá,
son espacios
y elementos
comunes a los
cinco personajes,
que los ocupan
o los utilizan
indistintamente,
acentuando un
clima de encierro,
indiferencia
y agobio.
Sol Tituinik,
Verónica
R Castelli.
Lucas Gioja
y Santiago Vaca
Guzmán,
transmiten con
intensidad las
distintas etapas
por las que
pasan sus personajes;
no es el caso
de Renata Beraja
que se detiene
más en
la forma que
en darle profundidad
a su composición.
Muy buen trabajo
de escenografía
y vestuario
de Monique Pouysségur,
eligiendo en
ambos rubros
la gama que
va del negro
al
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gris. Asimismo,
es meritoria
la síntesis
lograda ya que
con contados
pero precisos
elementos crea
los distintos
espacios en
que se mueven
los personajes,
la misma apreciación
hay que trasladarla
al vestuario,
cada prenda
define al personaje.
Acertada la
iluminación
de Iván
Nirich, utilizando
luces frías
y al no dar
un apagón
total a la sala
logra involucrar
al espectador
dentro de la
historia.
La bella música
ejecutada en
vivo por Nicolás
Deluca, autor
de la misma,
es el único
respiro poético
en esta obra.
Obra que por
su buena realización
nos deja reflexionando
en la forma
que vivimos
para ganarnos
el pan de cada
día.
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