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Alfredo
Ramos es actor, director y dramaturgo.
Trabajó en casi todas la producciones
de Ricardo Bartís.
Fue director de “La perrera”,
“Orsai” y actualmente dirige
“Un amor de Chajari” que
se ofrece viernes y sábados en
el Teatro del Abasto. Sobre el proceso
de creación de su última
obra, su particular visión del
teatro y sus experiencias teatrales
junto a Bartís gira este jugoso
reportaje.
CT. ¿Qué es el “teatro
berreta de cámara?
AR. Es una broma. El “teatro berreta
de cámara” en la antigüedad,
con Ricardo Bartís, lo llamábamos
-perdón por la expresión-
“teatro de la garcha”. Se
llamaba así porque no era nada.
Era un teatro muy particular en su época,
lo practicaban mucho los alumnos en
el estudio de Bartís. Las puestas
de fin de año era un festival
extraordinario, con lenguajes bastantes
parecidos y nos preguntábamos
como se llamaría este estilo
de teatro y se nos ocurrió “teatro
de la garcha” y para no decir
ese termino lo afrancesamos decíamos
“teatro de la garchè”.
Con el tiempo yo seguí la línea
de ese tipo de lenguaje porque me gustan
temáticamente las cuestiones
que tienen que ver con la carroña,
con lo que está corrido de lo
oficial, con la marginalidad.
CT. Decís “teatro berreta”
pero “Un amor de Chajarí”
te llevó mucho tiempo de trabajo.
AF. Sí, pero yo lo llamo “teatro
berreta de cámara” porque
es para pocos, no se puede hacer en
la sala Casacuberta del Teatro Municipal
San Martín, tampoco se puede
hacer con escenario a la italiana porque
se perdería el sentido visual
que tiene el estar encima de los actores
y que el espectador los vea actuar al
lado suyo. El termino “berreta”
tiene que ver con mundos que están
corridos, con seres que no tienen grandes
problemas desde lo económico
inclusive. Son gente que por lo general
viven situaciones que tienen que ver
con su marginalidad social y que a veces
tienen una marginalidad intelectual
que es más complicada que la
económica, una intelectualidad
bastante pobre. Aparte es un lenguaje
que no lo haría Alezzo (Agustín),
Amitin (David), Laura Yusem. Gente que
trabaja, por lo general, con un lenguaje
más serio. Entre nosotros, cuando
vamos a hacer la función decimos
que “vamos a hacer la berretada”,
eso mi gusta, me resulta divertido.

CT. Contanos tu experiencia en relación
a los trabajos que has realizado junto
con Ricardo Bartís.
AR. Con Bartís trabajamos juntos
desde el año 1981. Lo conocí
cuando actué con él en
una obra de Büchner: “Leonce
y Lena”, que se hizo en el “Teatros
de San Telmo” dirigida por David
Amitin. Dos años después,
en 1983, me entero que esta buscándome
para hacer algo en el marco de los llamados
Encuentros en los Parques. Me llamó
para protagonizar una obra que se llamó
“El candidato”. Se hizo
en el Parque Lezama y la vieron cuatro
mil personas. A partir de esa convocatoria
trabajamos juntos hasta el día
de hoy. Con una pequeña interrupción
que fue cuando Bartís monto Hamlet,
ese es el único proyecto en el
que yo no participé. Siempre
fui su asistente, actor, he colaborado
con los textos, o como en su última
obra “De mal en peor” que
hice una especie de acompañamiento
en la dirección. Mi trayectoria
con él es muy vasta porque el
ochenta por ciento de mi carrera la
hice con él, aunque nunca fui
su alumno. Conciliamos con ciertos lenguajes,
formas e ideologías teatrales.
Cuando él me llama y me dice
se me ocurrió tal cosa yo me
mato de risa antes que me lo cuente
y a él le pasa lo mismo conmigo.

CT. “Un amor de Chajari”
no es una obra “bartisiana”
AR. No, por suerte. Digo por suerte
para no quedar pegado o ser un apéndice
de él, porque yo tengo una idea
propia de lo que quiero hacer y de lo
que es el teatro.
CT. ¿Cómo surgió
“Un amor de Chajari”?
AR. Bartís me dice que tres alumnas
o exalumnas tenían un trabajo
que estaban tratando de llevar a cabo
en su estudio, él las miró
y no iban ni para atrás ni para
adelante y me dijo de la siguiente manera:
“es un desastre porque no las
miras vos, porque el tipo de ‘tontería’
que hacen te puede interesar, es marginal,
son tres personajes perdidos, son tres
hermanas y una es ciega”. Me mostraron
el trabajo y les dije que no se podía
hacer nada con ese material y que había
que empezar todo de cero. Lo que pasó
que en lugar de coordinar vernos una
vez por semana o cada quince días
como se suele hacer, me enganche y empezamos
a ensayar tres veces por semana. Introduje
en el trabajo a Eugenio Soto y trabajamos
un año y medio. Trabajamos a
contrapelo en realidad, porque yo tengo
la modalidad de trabajar con lo que
los actores improvisan, ellos improvisan
una hora o dos como máximo y
yo voy sacando o escogiendo partes,
en este caso trabajamos un año
y medio sin que en las improvisaciones
apareciera absolutamente nada de nada.
En diciembre del año 2004 hicimos
el último encuentro y dijimos
que nos volvíamos a juntar en
febrero. Cuando nos volvimos a encontrar,
de común acuerdo, nos dimos cuenta
de que ni iba. El lenguaje que ellas
manejaban no era lo que yo pretendía.
En mayo del 2005 conseguí un
grupo nuevo, alumnos de Bartís.
Se trataba de Analía Sánchez,
Karina Frau y Gaby Moyano, esta última
había trabajado en una obra que
se llamaba “Olivos” en la
cual yo participé un poco en
los textos porque Eugenio y ella me
convocaron. Con este grupo empezamos
de cero. En el ínterin escribí
la obra. Ensayo por ensayo y a medida
que surgía texto de las improvisaciones,
fui armando la obra y llegamos a un
punto nos dimos cuenta que teníamos
una obra escrita, muy endeble, con una
estructura que no se sostenía
y al que había que cambiar muchas
cosas. De mayo a octubre –mes
en el que se estrenó- trabajamos
con otro tipo de manejo técnico,
un lenguaje muy conocido por parte de
los actores. Estrenamos de apuro, porque
el teatro nos dijo que tenía
que ser en ese momento. Incluso ensayamos
la obra haciendo ensayos generales con
público sin que el público
supiera. Cuando Laura Yusem vino al
estreno le pedí disculpas y ella
me dijo que era la obra era fantástica
que estaba loco por pedir disculpas.
El iluminador, Jorge Pastorino, termino
de realizar el diseño el día
anterior al estreno. Ahora vamos por
la función treinta y dos y le
sigo cambiando las cosas que me parecen
que rítmicamente no funcionan.
He eliminado un montón de texto,
en un comienzo tenía demasiada
textualidad, y empezó a aparecer
una teatralidad que a mi me interesa
mucho. El riesgo más grave que
tiene la obra es no caer en la parodia,
en la pavada. Las funciones son muy
dispares. El peligro está en
que pase a ser una comedia con visos
de “pensa que es una tragedia”.
Yo creo que la actuación debe
ser absolutamente seca que de muy poco
espacio para ser capturado por la gente.
Es un riesgo, es algo que siempre hablamos
con Bartís, él hace mucho
hincapié en algo en que yo coincido,
que es que el espectador trata de llevarte
para el lado que él necesita
que vos le cuentes y si el actor no
es riguroso, termina capturado por lo
que el espectador quiere ver y el espectador
quiere reírse, porque como viene
la mano pesada y como ven que hay un
costado dramático entonces se
ríe continuamente. Esto pasa
mucho con el final de la obra, todo
el mundo, en las treinta y dos funciones
hace un exclamación.
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CT. Es impactante.
AR. A continuación de esa exclamación,
como hay mucha gente que no puede soportarlo,
se ríe y crea una forma de distensión
y si ahí el actor exagera nos
vamos a los caños. Hay que ser
muy riguroso porque es muy tentador
lo que el público te plantea,
pero no hay que hacer concesiones de
lenguaje y de nada.
CT. ¿Qué quedo del aquel
trabajo con las tres actrices del comienzo?
AR. Nada. El único que quedo
fue Eugenio y una radio. Dejé
la radio porque hay una en todas las
obras que yo dirigí y en este
caso la radio es casi una protagonista,
porque van indicando ciertas cosas que
suceden o que van a suceder y también
contextualiza geográficamente.
Por la radio se sabe donde están
instalados los personajes. Ahí
hay algo interesante, nosotros nos planteamos
que iba a ser un sainete y después
nos dimos cuenta de que el sainete tiene
un final de fiesta y esta obra no tiene
ese final. Como los sainetes tradicionales
que tenía que ver con la inmigración,
con personas que tienen que insertarse
en otro contexto social, ya sea por
cuestiones económicas o por las
guerras. En esta obra si bien no pasa
eso, yo siempre digo que estos personajes
son como los combatientes correntinos
en Malvinas: los sacaron de un clima
calido y los mandaron a pelear a temperaturas
bajo cero. A mi me parece que a estos
seres les pasa lo mismo. Me remite al
desarraigo de un sitio tan opuesto como
es la mesopotamia a un lugar patagónico.

CT. Además del motivo por el
que van y el tema del pozo de petróleo.
AR. Eso hay que agradecerselo al escenográfo
que es Félix Padrón. Lo
conocí este año y me parece
fantástico con mucha imaginación
y mucho talento. Aparte el realizó
toda la escenografía. Con el
tema del pozo del petróleo yo
tenía dudas enormes. El tema
era dónde lo metía, y
Padrón me dice que había
que meterlo adentro de la casa. A los
dos nos gusta mucho Cantor, las maderas
del pozo y el costado de la cama son
“kantorianos”, es madera
rústica, cruda sin ningún
tratamiento y eso a mi me parece que
coincide mucho con el mundo de ellos,
algo desvencijado, con objetos en desuso.
CT. ¿Qué repercusión
tiene la obra?
AR. Nos invitaron a la localidad de
Chajarí y a cinco o seis municipalidades
de Entre Ríos. La expectativa
que tenemos es seguir haciéndola
todo el año y estamos jugados
a hacer una dura patriada que es realizar
dos funciones por semana, que en el
teatro independiente es todo un desafió.
Eso lo puede hacer Bartís o Federico
León o alguien con mucho renombre
dentro del circuito independiente. Para
nosotros hacer dos funciones en una
sala que tiene sesenta espectadores,
de mínimo, es complicado, pero
estamos trabajando a sala llena los
viernes y los sábados y lo mas
lindo que es un público que es
totalmente desconocido para nosotros
y eso está bueno. Habíamos
pensado que con una función la
obra iba a durar más, pero hablando
con la dueña de la sala, Norma
Montenegro, nos convenció que
bajar a una función iba a dar
la impresión que la obra no funciona,
cuando pasa todo lo contrario. La idea
es que la gente la vea. Nos damos maña
como podemos porque nos es un grupo
que económicamente sea pudiente
y no tenemos apoyo de absolutamente
nadie. Tuvimos un subsidio de la Subsecretaría
de Cultura que se terminó al
cuarto mes, se fue toda la plata en
el alquiler de la sala de ensayos y
en le pato que nos costo mil quinientos
pesos.

CT. ¿El pato?
AR. Si, el pato. Lo hizo Norberto Laino
que es capo en estas cosas. Empezó
haciendo unas cosas para el Periférico
de los Objetos y nosotros lo llamamos
para que nos haga unas medias reses
para la obra “El corte”,
que Bartís dirigió en
el Teatro Cervantes, en la cual yo actué.
Nos hizo unas medias reses, unos bifes
y unos pollos que parecían de
verdad, al punto que al término
de la función la gente se acercaba
para ver como se conservaba la carne
sin largar olor. Entonces le pedimos
a Norberto, para esta obra, unos cuantos
patos, nos dijo que con un pato tenía
para dos meses de trabajo y que salía
mil quinientos pesos, al final, le llevó
como tres meses de trabajo.
CT. Contanos un poco tu trayectoria.
AR. Yo empecé en el año
1978 y a los tres meses de estar estudiando,
por una casualidad del destino, empecé
a actuar y con algunos intervalos no
paré hasta ahora. Pompeyo Audivert
y yo debemos ser los actores que más
trabajamos con Bartís. Básicamente
soy un actor de teatro que en los últimos
años se volcó a dirigir
por falta de proyectos actorales que
me interesen. Me han llamado para hacer
algunas cosas que no tenían que
ver con el lenguaje que se trabaja en
el Sportivo Teatral, o que me gusten
a mí. Son cosas escritas previamente
y yo confió mucho en el amasado
del texto, del argumento y de los personajes
que se hace a través de la improvisación.
Hice tres direcciones en los últimos
años: “La perrera”
que se hizo en Die Schule, que era un
teatro de Omar Chaban, luego dirigí
“Orsai” que es una obra
que hice en el Sportivo Teatral. Los
actores la quieren volver a hacer y
alguna gente que la vio, también
quiere volver a verla; que si bien no
es de una temática campesina
como “Un amor de Chajari”,
guarda un montón de similitudes
con esta, en cuanto a lo que exteriorizan
los personajes. En el Sportivo se hizo
en un lugar de 2,50 por 2,50 con el
público encima. La obra funcionó
muy bien y la bajamos porque no podíamos
sostenerla. “Orsay” es un
grotesco, termina trágicamente,
a mi me gustan mucho estos finales,
como que no hay muchas salidas. Yo en
la vida no soy una persona optimista,
soy bastante pesimista de por sí.
Discutimos mucho con Bartís el
final de “Orsai” el me decía
que el final no debía ser como
yo lo proponía y él me
daba un final más parecido a
la obra que esta haciendo ahora, donde
tiene un final de fiesta. Y en mi obra
la protagonista abre la llave de gas
y cierra la puerta y así termina.
Después de “Orsai”
vino “Un amor de Chajari”.
Ahora estamos con Eugenio Soto en algo,
con una temática que tiene que
ver con los féretros, que es
un tema que a Eugenio le interesa. Son
ideas muy buenas pero recién
estamos empezando a trabajarlas, va
a ser una labor de improvisación
porque con él se puede improvisar,
tiene capacidad para darle un buen rato
sobre muchos temas. Pero lo próximo
será reponer “Orsai”.

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