Cada vez está más claro,
los espacios de resistencia, investigación,
experimentación y búsqueda
de nuevos lenguajes escénicos
van desapareciendo en esta Europa de
riñas económicas, aumento
de la xenofobia y falta de aliento social.
Lo que en una época se intentó
vender como un proyecto de unión
y progreso, hoy no pasa de ser un club
financiero. Y, como siempre, los ricos
se comen a los pobres.
“¡Qué obviedades
escribe este tipo!”, dirán
muchos de nuestros reciclados neoliberales.
“¡Vaya tufillo a marxismo
rancio”!, dirán los más
transpostmodernos. Pues bien, si negar
la realidad significa no ser moderno,
habrá que hacerse antiguo para
siempre. Sin embargo lo que resulta
muy claro es que, como muy bien tronaba
en su discurso de aceptación
del Nobel, el gran Harold Pinter, hagan
y digan ustedes lo que quieran, pero
realmente muchos de nuestros gobernantes
del imperio son unos canallas, cuando
no directamente, unos asesinos.
Y, aunque no lo parezca, algo de ello
se proyecta en nuestras prácticas
artísticas y culturales. La llamada
“crisis” se va cebando,
cada vez más en países
como Alemania o Francia, donde sus grandes
emblemas teatrales empiezan a sentir
el terremoto de la falta de medios para
acometer políticas audaces como
ocurrían en otro tiempo. En el
Reino Unido ya se ocupó la Tatcher
de desmantelar el tejido público
y el melifluo señor Blair, lo
único que ha hecho es dar el
empujón final a muchos proyectos
que en otras épocas eran referente
esencial de la nueva escena europea.
Para qué hablar de ese personaje
siniestro, llamado Berlusconi, amenazando
en sus próximos presupuestos
de rebajar el 30 por ciento a la cultura.
En países como España,
Portugal o Grecia, como nunca hemos
saboreado las auténticas mieles
de los grandes presupuestos (más
allá de los fuegos artificiales
de las Expo, Olimpiadas o eventos mediáticos),
estos fríos actuales nos producen
más bien un catarro corriente,
mientras que en otros países
puede realmente llegar a ser un síndrome
de gripe aviar.
Pero todo esto a lo que me estoy refiriendo
tiene que ver con ese territorio tan
difícil de definir como es la
escena contemporánea. Lógicamente
el teatro de mercado en las grandes
ciudades europeas sigue teniendo unos
consumidores habituales, impermeables
a toda propuesta que signifique riesgo
o investigación.
Basta revisar las estadísticas
de las decenas de festivales, muestras,
Centros de Investigación y espacios
dedicados a la nueva escena que han
ido desapareciendo en Europa. Hasta
España, en los 80 y parte de
los 90, contaba con espacios y festivales
emblemáticos de esta especialidad.
Casi todos han desaparecido o languidecen
en modelos que parecen no interesar
ya a mucha gente. ¿Ha sido sólo
un problema de los artistas? ¿No
tendrá algo que ver los modelos
de gestión empleados en estos
últimos años?.
Parece que esta vieja Europa del sueño
de la cultura como BIEN PÚBLICO,
deja paso al modelo ideológico
marcado por la Cultura como MERCANCIA,
aunque esta sea exquisita y envuelta
en altas dosis de sofisticación
y calidad. A nadie se le ocurre pensar
que, por ejemplo, una película
standard de Hollywood está mal
filmada. Lo que se debe analizar en
ese caso es QUÉ, PARA QUÉ,
PARA QUIÉN Y POR QUÉ se
produce esa película, y entonces
no queda ninguna duda: para ganar dinero
y ser consumida por unos espectadores
indiscriminados y cuya noción
de cultura es muy similar a la de pasar
el tiempo.
Por eso, que los grandes Centros de
Producción Teatral europeos (Teatros
Nacionales, Centros Dramáticos,
Casas de Cultura, etc) sigan realizando
hoy espectáculos de alta calidad,
acabado oficio, grandes alardes escenográficos
o epatantes vestuarios, no significa,
según mi punto de vista, que
estén realizando el TEATRO que
necesitaría un CIUDADANO del
siglo XXI. Y, justamente me baso para
hacer este razonamiento en una reflexión
sobre como se ha establecido la práctica
teatral en relación con los ciudadanos
en las grandes épocas en que
el teatro significaba todo un territorio
de identidad con el entorno donde se
desarrollaba (la Grecia clásica,
el siglo de Oro español, el teatro
isabelino, la revolución burguesa….).
Y en esas épocas la idea de cultura
y mercado no estaba tan escindida como
lo es en la actualidad. En esas épocas
los espectadores, prácticamente
todo lo que veían (y por tanto,
obviamente consumían) era contemporáneo.
Eran creaciones de los autores de su
época, materializadas por creadores
de su época. Sin embargo hoy
en la sociedad occidental se ha invertido
ese término, y prácticamente
se realizan más montajes e clásicos,
revisiones históricas, dramaturgias
varias y musicales imperecederos, que
auténtica creación del
hoy, y no digamos pensando en el mañana.
Hoy, todo lo devora lo efímero,
lo inmediato, lo banal, lo edulcorado
en estas sociedades de consumo que piensan
que África, partes de Latinoamérica
o Asia, son meros accidentes o anécdotas
sólo para tener en cuenta en
el limosneo habitual de las cumbres
internacionales. Y, entonces, el mercado
lo sacraliza todo. Lo importante son
los éxitos y, poco importa ya
el rigor, el riesgo o el compromiso
con un oficio tan difícil como
es el del artesanado teatral.
Pienso que en la España de la
última democracia, la única
censura que queda es la que establece
ese MERCADO y sus reglas implacables.
Porque ese mercado ha encumbrado al
poder a un perfil de oficiantes llamados
programadores de teatros públicos
que ejercen, sólo desde su gusto,
la opción de programar tal o
cual espectáculo. Eso, a su vez
ha producido un efecto perverso entre
los mismos creadores: deben plegar sus
estéticas a ese gusto dominante,
y, lógicamente ¿como va
tener algo que ver ese gusto con la
trasgresión, la búsqueda
o la experimentación?. Todo debe
ser previsible, asumible y digerible…..y
lo que no, a los circuitos alternativos
y, por tanto, marginales y marginados.
Paralelamente a esa censura del mercado
le sigue una autocensura de los propios
creadores. Los autores deben escribir
determinados temas, las producciones
no deben tener más que un número
limitado de artistas, los críticos
deben hacer simples gacetillas de los
espectáculos y los espectadores
deben acudir sólo a aquello que
venga “recomendado” por
las diferentes formas de poder.
Cuando en Argentina hablamos de espacios
alternativos nada tiene que ver en su
desarrollo ético y estético
con sus homólogos españoles.
Las diferencias de creación,
a favor de los creadores argentinos,
es abismal, el compromiso profesional
entre una y otra parte, también
bastante grande. En cualquier sala de
pequeño tamaño en Buenos
Aires, conviven artistas de una larga
tradición y una sólida
experiencia profesional, con jóvenes
deseosos de abrirse paso en el mundo
escénico. Autores consagrados
comparten temporadas con noveles promesas,
incluso los espectadores que pueden
acudir normalmente al teatro oficial
o al teatro empresarial, acude con regularidad
a estas salas. Nada de eso ocurre en
Madrid y otras capitales españolas,
si excluimos el caso de Barcelona.
Pero es que en un reciente viaje realizado
a Milán he comprobado que esa
desolación se produce también
en la capital donde se encuentra el
mítico Piccolo Teatro, fundado
por Giorgi Strelher, uno de los referentes
básicos del gran teatro de repertorio
y hoy convertido, en sus diferentes
espacios, en una suerte de Festival
continuo, donde las producciones están
menos de una semana y, por tanto, todo
se juega a la apuesta del “evento
mediático”. Lo mismo ocurre
en el Teatro Español de Madrid
o en el Doña María de
Lisboa, y eso que podría ser
un síntoma de que la apuesta
pasa por la consolidación de
espacios de búsqueda, diferentes
a la tradición del repertorio,
es una mera quimera.
Muchos de los trasgresores de los 80
y 90 desde el punto de vista de la gestión,
son hoy conservadores burócratas
de espacios culturales, sostenidos con
fondos del estado, pero sin un asomo
de riesgo en sus programaciones.
¿Qué ha sido del Mickery
de Londres, de La Barraca de Berlín
o del ICA de Londres? ¿Dónde
fue a parar la energía y vitalidad
de los Festivales de Polverigi, Módena,
Granada, Nancy o Ámsterdam?
Evidentemente sigue habiendo luchadores
y, por tanto, lucha, pero relegada a
lugares de autoexplotación muy
fuertes que, producen en muchos casos,
una lenta agonía y una falta
de pulso en las propuestas. Nos faltan,
sin duda, aquello que Georges Banu,
como CASAS DEL TEATRO, lugares donde
Brecht, Grotowski, Stanislawski, Vitez,
Sthreler, Barba, Piscator o Brook realizaron
sus discursos de una manera audaz y
renovadora. ¿Qué es hoy
el Berliner Ensemble o Las Bouffes du
Nord en comparación con otras
épocas?.
Así pues, estoy convencido que
una gran espíritu teatral se
sostiene en base a dos ejes fundamentales:
la tradición y la investigación.
Si una de las dos partes falla, la otra
se tambalea. Si las dos entran en crisis
la cuestión empieza a ser dramática.
Y eso, insisto, está ocurriendo
en la vieja Europa, donde el teatro
referencial es hoy el directamente comercial.
Que siempre existan francotiradores
y lugares de creación magníficos,
como por ejemplo la Volsbühne berlinesa
o ciertos teatros del Este, viene a
confirmar la necesidad de seguir abriendo
brechas en el sistema. El teatro contemporáneo
es una forma de resistencia y, por tanto,
de resiliencia, pero debe contar además
con argumentos creativos y artísticos
suficientes y no dejarlo todo a esa
curiosa reflexión de “la
buena voluntad”. No por hacer
un arte pretendidamente renovador se
consigue mimeticamente obtener resultados
interesantes. Si no ejercemos la autocrítica
y asumimos que muchos de los espectáculos
que consideramos trasgresores son meras
propuestas inanes, no avanzaremos en
el camino de volver a conseguir una
complicidad con el público de
ciudadanos que esas experiencias contemporáneas
necesitan, más allá del
camuflaje retórico de tantos
gestores al uso, a los que se les ve
demasiado el plumero confundiendo ciudadanos
con simples consumidores.