A propósito de una cita escénica de Peter Brook:
“Quisiera crear una obra que tuviera la intimidad de lo cotidiano y la distancia del mito, porque sin la cercanía no es posible el sentimiento, y sin la distancia es imposible el asombro”.
----------Peter Brook
Leí esta cita en una larga entrevista que le hacían al novelista y cineasta Paul Auster. Me sorprendió que un hombre de fuertes referencias narrativas y audiovisuales se hubiera conmovido con esta impresionante reflexión brookiana. Siempre me ha sorprendido la escasa atención que los intelectuales y artistas de otras artes muestran por el teatro. Es como si fuera un género menor, aunque es de agradecer que en los últimos tiempos la Academia Sueca haya concedido el Premio Nóbel a autores teatrales de la talla de Dario Fo, Elfriede Jelinek o Harold Pinter. Curiosamente en los tres casos se trata de autores de una fuerte tendencia radical y con diferentes aportaciones al lenguaje escénico, ya que la visión popular del teatro de Fo, nada tiene que ver con la mirada trasgresora de las propuestas de Pinter.
Pero volvamos a la cita de Brook, sacada a la luz por Auster. ¿Por qué pudo atraer tanto al novelista la reflexión de un director teatral? Pienso que, en primer lugar, porque Brook es ante todo, un filósofo, un intelectual que ha hecho de la práctica escénica un espacio para el pensamiento y el compromiso. Todo un tratado de dar sentido a la vida. Y, en segundo, porque aparecen dos obsesiones de cierta tendencia en la cultura contemporánea, la recuperación de los mitos y la comunicación desde la realidad.
Parece difícil, después de tantos siglos de pervivencia del teatro, que aún hoy puedan producirse discursos en clave de “originalidad” sobre este Arte. Precisamente ese peso de querer ser “originales” ha llevado, a parte de esa interesantísima generación de los 80 y los 90 del siglo pasado, a una encrucijada creativa de difícil salida en la actualidad. Atravesamos momentos en el que es muy difícil precisar líneas, tendencias, experimentaciones, novedades o como quiera llamárselas. Y, es por ello, que el pensamiento de los pensadores consagrados, a veces, nos sirva para esclarecer un tanto el panorama.
Si hubo un director de escena empeñado en recuperar dos líneas esenciales del gran teatro de siempre ese es, sin duda, Peter Brook. Esos dos conceptos básicos han sido y siguen siendo, mito y rito. Y desde esas investigaciones nos fue legando espectáculos que han conformado el imaginario escénico de toda una época del reciente teatro. Cierto que parte de sus más fértiles investigaciones se producen en unos momentos de gran ebullición del arte escénico y que son muchos otros los creadores que se lanzan a la búsqueda de nuevos territorios expresivos sin miedos, ni cortapisas del mercado. Si aún estaba viva la memoria de Brecht, Artaud, Stanislawski o Meyerhold, aparecen el Living Theatre, el Open Theatre, Kantor, Víctor García, Suzuki o Grotowski, para seguir marcando eslabones en la cadena de la renovación.
Muchos de estos artistas vuelven su mirada al teatro oriental y a las teorías del teatro de la crueldad, pero son capaces de mezclarlas con el teatro épico o la biomecánica, con un descaro y honestidad que hace irrumpir en el panorama conceptos que luego se han bastardeado o, al menos, simplificado de manera alarmante. Pensemos en mestizaje o interdisciplinariedad y veamos cuantos proyectos banales han transitado los Festivales Internacionales de los últimos tiempos.
Indagar en la ritualidad esencial del cuerpo y la voz del actor, en un espacio vacío, recuperando la fuerza de la narrativa mítica, han sido constantes que este director ha buscado en muchas de sus propuestas. En unos momentos en que muchos directores apostaron por la monumentalidad de los decorados, por la aparatosidad de recursos icónicos o por la apuesta de las nuevas tecnologías, Brook desnudó los espacios de representación, volvió a situar al actor como eje representativo e indagó en dramaturgias que volvieron sus miradas a las narrativas ancestrales.
No cabe duda de que todo maestro engendra una corte de alumnos que, a veces, llevan sus enseñanzas hasta encrucijadas que nunca fueron planteadas en las propuestas originales. La famosa copia de la carcasa, el afán clónico de nuestros días. El olvido del pensamiento que existe detrás de todo hallazgo artístico. Y eso ha ocurrido también con lo que podríamos llamar espectáculos “ a lo Brook” que se han ido produciendo a lo largo del tiempo y que ha podido llevar al convencimiento de algunos críticos de que ese camino de búsqueda estaba ya obsoleto. Nuevamente el estigma de la moda, de lo que es moderno y antiguo, sin reflexionar a fondo sobre lo que es auténtico o sólo una necesidad inmediata demandada por el mercado. Y sea este mercado el de los teatros convencionales, el del prestigio de los centros oficiales o el directamente alternativo.
Realmente muy pocos creadores escénicos pueden hoy sobrevivir con un discurso de absoluta coherencia con lo que piensan y desean. Pueden convertirse en francotiradores o en “outsiders”, en resistentes o en resilientes, pero rara vez el mercado permite los “malditos” de otras épocas. Lo normal es que cuando alguno destaque en la escena marginal o alternativa, poco a poco vaya siendo admitido como trasgresor más o menos asumido. En modo alguna se quiera ver en esta reflexión ningún tipo de crítica o admonición moralista, me parece lo normal para los tiempos que corren. Y, como sigo pensando en la fuente de placer que es la producción teatral lo importante es moverse en los niveles de autenticidad que un discurso artístico necesita, pero sin necesidad de tener que hacerse ningún tipo de “harakiri”. Afortunadamente conozco a profesionales de todas las ramas del teatro que pueden transitar esta difícil frontera y lo hacen con una fuerza y una entrega que permite seguir produciéndose espectáculos fascinantes en muchas partes del mundo. Aunque quizás, aquellas actitudes de decidida búsqueda e investigación que comenzaron con las vanguardias artísticas de comienzos del XX y llegaron hasta las ceremonias postmodernas de los 80 y 90, no sean a comienzos del siglo tan públicas y notorias. ¿Llegará el revolcón en la próxima década?
Mientras, volvamos a los clásicos, aunque estos estén aún tan vivos como Brook. Esa espléndida síntesis que nos propone entre lo cotidiano y lo distante puede ser una buena pista para reflexionar por qué tanta gente se siente hoy ajena a la ceremonia teatral. O bien contemplamos espectáculos pretendidamente naturalistas, imitadores de una realidad que nada tiene que ver con el teatro o, en el otro lado, nos enfrentamos a propuestas herméticas, en las que lo “ceremonial/ retórico” oculta una alternativa escénica de enfrentamiento a la esencia de un posible teatro de hoy. Algo así como si estuviéramos prisioneros de dos extremos, el teatro convencional en sus múltiples manifestaciones y el teatro experimental de simples formas y carencia de discurso. ¿Cuantas “performances” banales se programan hoy en los Festivales de pretensiones contemporáneas? ¿Cuántos musicales/ franquicia triunfan hoy en todo el mundo? Por supuesto que considero que ambas formas de expresión pertenecen a un paisaje escénico posible y mi opinión sobre ellas nada tiene que ver con “juicios morales, sino con los espacios de placer que hoy me produce una escena viva. Después de haber asistido a cientos de espectáculos a lo largo de una vida, la contemplación de la escena no puede pasar solamente por percibir una buena resolución técnica de la propuesta, sino que es necesario recibir pulsiones relacionadas con pliegues más complejos de la sensibilidad. Y, por supuesto, encontrar en ese proyecto escénico ideas, sensaciones, ritualidades, que vayan más allá de la obviedad expositiva y se adentren en la profundidad de la filosofía y los contradictorios discursos del pensamiento.
Evidentemente que no estoy planteando el teatro como púlpito de tesis ideológicas o consignas sociopolíticas, reitero la opción de espacio de placer y ¿por qué, no?, de ocio y diversión. Sin embargo estos conceptos nada tendrían que ver con la banalidad e, incluso con la zafiedad que muchas veces se nos presenta una escena en la su valoración máxima proviene de la pasividad como es recibida ese producto. No hace falta hacer fácil demagogia, pero ¿es mejor una hamburguesa en MacDonald’s que un carne a la plancha en una buena casa de comidas de toda la vida? Hasta por una simple cuestión de salud y calidad de vida no deberían ser comparables, pero parece que hay sectores empecinados en sólo consumir productos de alto riesgo nutritivo. Lo mismo puede pasar con la cultura, no siempre hay que estar degustando aquello que podría ser considerado exclusivo o elitista, pero conformarse con los best-sellers narrativos, Torrente en la parte fílmica y los musicales de éxito en la cuota escénica, como recetas de suficiencia no deja de ser un tanto patético.
Si la cultura, y por tanto las Artes Escénicas de hoy y de mañana deberían estar inscritas en la diversidad, cualquier exclusión sectaria puede conllevar a debates de imposible resolución.
Por todo ello es de admirar como creadores como Brook sitúan su discurso más allá de lo obvio. Hacen lo que quieren hacer, con pasión, con profesionalidad, con técnica, con oficio, con pensamiento, y a partir de ahí sus propuestas no necesitan competir en el mercado habitual, si no que se abren a circuitos específicos donde no se podría hablar de marginalidad o exclusión. Puede que en comparación con “Cats” o “El fantasma de la ópera”, las propuestas de Brook sean “minoritarias”, pero ¿y esas mismas en relación al negocio cinematográfico o televisivo? ¿No son también absolutamente minoritarias?
Brook reflexiona sobre el mito y el rito, a veces con grandes producciones interétnicas, a veces con pequeños elencos de países africanos . Unas veces nos propone viajar a las leyendas orientales, otras adentrarnos en óperas despojadas de toda la grandilocuencia de los grandes coliseos y, otras haciéndonos pensar en teorías científicas sobre la mente y su relación con la cotidianidad. Temas cercanos para contactar con el imaginario próximo o cuentos lejanos para hacer volar nuestra imaginación. ¿Son parámetros contradictorios? En absoluto, son territorios para recorrer, pero que, efectivamente está al alcance de unos cuantos aventureros que sigan creyendo en el teatro como algo más que una simple mercancía.