EL TEATRO, SUS HACEDORES Y OTRAS HIERBAS
“Autorretrato con hermano imaginario” es una obra con dramaturgia y dirección de Nelson Valente.
Esta obra es, ante todo, provocadora: provoca a la inteligencia y provoca emociones. Indaga sobre los límites de la ficción y la realidad, juega con los distintos componentes de un hecho teatral: el dramaturgo, el director, los actores, el público y hasta la crítica. l
Un dramaturgo, personaje omnisciente, duda que caminos seguir en la escritura de una obra: retoma temas, los rechaza, no se le ocurre nada y a veces se ausenta por largo tiempo, provocando dudas y desencantos en una desorientada compañía; las formas que utiliza para hacer llegar sus mensajes son inesperadas. El director de la compañía manipula como marionetas a los actores y a su vez sueña que él mismo es una marioneta que baila una extraña danza. Los actores nos están muy seguros si los que hablan y reclaman mayor protagonismo (que el seguidor se pose más tiempo sobre ellos o decir mas texto) son ellos o los personajes. El crítico cuestiona su rol y debate con el director de la compañía sobre quien miente más, si la obra o el público que la esta mirando y cree en lo que ve. Asimismo cada uno de los actores, el director y el crítico intentarán explicar al público su importancia en una obra de teatro y preguntaran porque ellos (el público) la miran sin intervenir ni tomar partido.
Valente profundiza lo insinuado en su anterior obra “Barco”: en ella, el director de la obra no estaba ausente sino que modificaba, sin previo aviso y a su antojo, a los actores provocando en ellos diversas reacciones. En esta ocasión redobla la apuesta: un actor juega el rol de director en la obra (marca la entrada de los actores-personajes y les indica la forma de decir sus textos y da señales a los que operan luces y sonido), a su vez Valente con una mesa al frente del espacio observa, habla con una asistente y en ocasiones mediante un timbre le da corte a una escena o a un efecto de luz o música, creando la más de las veces un conflicto porque los actores y los técnicos no saben a quien obedecer. Este juego genera deliciosos momentos llenos de gracia y a su vez ahondan acerca de la eterna discusión de las jerarquías dentro de un hecho teatral.
En la obra se utilizan, con igual eficacia, distintas técnicas: actuación, danza, títeres (marionetas) clown y mímica.
Las actuaciones son todas muy buenas, pero se destacan el “kantoriano” director de Julián Paz Figueira (el momento que le indica como llorar a un actor es soberbio) y la sanguínea entrega de Agustina Sanguinetti con un personaje que va de la sobriedad a la locura en un crescendo muy logrado.
Es excelente el diseño escenográfico de Emilio Feoli en donde no permite delimitar al espectador en donde termina o empieza el espacio de la ficción y el de la realidad.
La iluminación de Julio Greco sigue el devenir de la pieza con gracia y, con discusiones incluidas, logra intensos climas.
“Autorretrato con hermano imaginario” se adentra en el mundo de lo real y lo ficticio con la única consigna de permitirse jugar y al mismo tiempo buscar la excelencia.