Teatro
sin palabras.
La imagen, el
movimiento y el
sonido son elementos
esenciales del
espectáculo.
Imágenes
que muestran como
una sociedad lleva
al suicidio a
un joven por no
ser igual que
ellos, a una vieja
señora
en silla de ruedas
que alcanza su
felicidad viendo
el sufrimiento
de otros, una
fiesta donde se
celebra la vacuidad
de la vida.
Movimientos a
veces rápidos,
eléctricos,
a veces lentos
e imperceptibles
de un grupo de
personas que se
masifican, se
esquivan, se ignoran,
se consuelan,
se pierden, que
miran hacia arriba
buscando una respuesta
y se encuentran
con un péndulo,
con una hoja de
acero que baja
o sube según
su antojo.
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Música
que abarca desde
el género
sacro a deliciosas
canciones de
Violeta Parra,
pasando por
el jazz y un
poema recitado
por Allen Ginsberg.
La compañía
Banfield Teatro
Ensamble se
destaca tanto
por la exactitud
y entrega en
sus movimientos,
como por la
minuciosidad
en la composición
de sus personajes,
siendo odioso
resaltar a alguno
de ellos.
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La escenografía,
luces y banda
sonora son impecables.
La unión
de ellas crea
climas de gran
belleza. Hay
que destacar
que dichos elementos
escénicos
no enmarcan
ni complementan
la obra, sino,
que son protagonistas
junto a los
actores de la
misma.
Bello y conmovedor
espectáculo
de este grupo
al que no hay
que perder de
vista y observar
su crecimiento.
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