Sin
profundidad. La
puesta en escena
de esta obra de
Pacho O`Donnell,
estrenada hace
treinta años,
adolece de quedar
en la superficie
del conflicto.
El director Gastón
Rodríguez
trata en forma
lineal, tanto
desde las actuaciones
como en los distintos
rubros escénicos,
el desdoblamiento
de la personalidad,
la importancia
de la imagen y
la negación.
La actriz María
Rosa Naldjian,
en el rol de la
madre negadora
y manipuladora,
brinda una actuación
si ningún
matiz, mostrando
solo una cara
de su personaje,
la del enojo.
Lucila Zunino,
como su hija,
nunca logra transmitir
los distintos
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cambios de Nelly:
de prostituta
a niña
y luego a la
mujer que dice
basta a la irrealidad
que le propone
su madre. Se
queda en la
cáscara
de esos tránsitos.
La escenografía
y el vestuario
logran aciertos
parciales, sobretodo
en las escenas
de los juegos
cuando transforman
elementos cotidianos
en alas de mariposas,
granadas, ametralladoras
y capas.
La iluminación
de Edmundo Martel
es correcta.
Consigue buenos
climas en el
comienzo y el
final del espectáculo.
Fallido intento
de transmitir
un mundo asfixiante
y enfermo.
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