El
poder sin caretas.
El poder escondido,
manipulando a
debiles y ambiciosos.
El poder que no
duda en destruir
todo para conseguir
sus propositos.
El poder que cuando
está a
punto de caer
siempre encuentra
una tabla de salvación.
Esto muestra la
ácida obra
de Andrea Ojeda
y Gastón
Maziéres.
Dos mujeres, una
anciana y otra
que no acepta
el paso del tiempo,
están encerradas
en un bunker .
Ambas están
decidas a emplear
cualquier medio
para para echar
a miles de indigentes
que ocupan las
propiedades de
una de ellas –cabe
aclarar que estas
propiedades abarcan
todo el largo
y el ancho del
territorio-. Un
comandante, menospreciado
y golpeado constantemente
por las mujeres,
es el mentor y
ejecutor de los
planes de expulsión,
que fallan una
y otra vez.
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EL ESCONDRIJO |
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La metáfora
que se plantea
desde la dramaturgia
es plasmada
en forma brillante
por el director
Diego Cazabat.
Eligio la atemporalidad
para ubicarnos
en estos tiempos
que corren,
la desmesura
y la deformación
en las actuaciones
para reconocer
nítidamente
personajes de
nuestra realidad
y un territorio
nunca especificado
para situarnos
en nuestro país.
La escenografía
es un prodigio
de detalles,
combina elementos
de todas las
epocas, estilos
e incluso deforman
objetos al punto
de convertirlos
en otro objeto
con un uso distinto
para el que
estaba creado,
estableciendo
un ámbito
irrreal.
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El vestuario,
a tono con la
atemporalidad
que juega la
pieza mezcla
un vestido de
noche de la
decada del 40
con otro de
principios de
siglo. Lo mismo
ocurre con el
comandante rara
combinación
de uniforme
militar con
uniforme de
mucamo.
Los actores
ridiculizan
a sus personajes
llevándolos
al patetismo.
En un trio actoral
sin fisuras
se destaca en
su deformada
y maliciosa
anciana Andrea
Ojeda.
Hay que agradecer
el talento y
la pericia del
grupo PERIPLO
COMPAÑÍA
TEATRAL para
mostrar y exponer
sin dobleces
como actua una
parte de la
sociedad, que
en silencio
casi pasando
desapercibida
manejan los
hilos del poder.
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