| Paul
Verdier, prestigioso director del Stages
Theatre Center de los Angeles, estrenó
hace pocos días en su teatro Las
sillas, una de las obras más importantes
del gran escritor rumano, quien junto
con Beckett y Adamov, por los años
50 se convirtieron, involuntariamente,
en creadores de lo que se llegó
a denominar Teatro de Vanguardia y que
tuvo tanta influencia en el movimiento
del teatro conpemporáneo.
Verdier
está escribiendo un libro que titula
Recordando a Ionesco, donde relata la
entrañable amistad que lo unió
con el dramaturgo rumano durante casi
cincuenta años. Además,
está gestionando en el Consejo
Deliberante de Los Angeles
la posibilidad de que la calle de su teatro
se llame “Eugene Ionesco”,
trámite que está a punto
de lograr.
Relatando
parte de su libro me enteré de
que en el año 1951 el director
Nicolás Bataille estrenó
en el Teatro Les Noctambules en Montmartre
la obra La cantante calva y que la reacción
del público fue de rechazo casi
total. Bataille tenía como antecedente
previo una puesta en escena sobre unos
poemas de Rimbaud
que disgustaron mucho a la crítica.
Como se lo calificaba de extravagante,
algunos críticos pensaron que La
cantante calva podría haber sido
escrita por el mismo Bataille y que el
nombre de Ionesco fuera un seudónimo
inventado. En ese momento el nombre de
Ionesco era prácticamente desconocido
en París. Otro crítico le
adjudicó la autoría a Unesco
como ironía a la falta de rigor
intelectual autoral.
Lo que Verdier
me relataba era que Ionesco y su mujer
concurrían a todas las funciones
de la obra y que muchas veces no tenían
dinero para volver en subterráneo.
Una noche no hubo ninguna entrada vendida,
pero Bataille les pidió a los actores
que hicieran igual la obra en homenaje
a Ionesco y a su mujer, quienes compartieron
la platea con Verdier y aplaudieron de
pie al finalizar. Por supuesto que la
obra bajó pocos días después.
Posteriormente,
Ionesco escribió Las sillas y La
lección y su teatro empezó
a ser reconocido en Francia. Louis Mallé,
admirador ferviente desde sus comienzos
de La cantante calva, le propuso a Bataille,
de quien era íntimo amigo, financiar
la producción del reestreno de
la obra. La cantante calva se reestrenó
en el Teatro de La Huchete en 1954 y es
probablemente, la única obra que
se mantiene hasta hoy en cartél.
Muchas generaciones de actores han representado
La cantante calva. Verdier fue uno de
ellos.
Siempre
que pienso en el teatro sin público
recuerdo que un martes del año
1981 estábamos con Carlos Carella
y Bettiana Blum haciendo Camaralenta en
el Teatro Olimpia. Era un día lluvioso
y como sólo había seis espectadores
yo le sugerí a Carlos la posibilidad
de suspender la función. Carlos
me señaló a dos viejitos
en el hall de entrada y me respondió:
“Quién sabe tomaron dos colectivos
para llegar hasta acá. Hagamos
entonces la función en homenaje
a ellos”. Esa lección de
teatro y de ética de Carella y
de Bataille son marcas imborrables. Se
trata de dos maestros y amantes del teatro.
El teatro perdura gracias a ellos. A su
ética.
| PAVLOVSKY, Eduardo.
Micropolítica de la Resistencia.
Recopilación y prólogo
Jorge Dubatti. Editorial EUDEBA, Buenos
Aires 1999, pp. 151/2.- |
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