El
teatro de Steven Berkoff: el rugido
de la bestia
Por Jorge Dubatti
Editorial
Losada acaba de publicar en la Argentina
el tomo primero de las obras del actor,
director, dramaturgo, Steven Berkoff
(Stepney, Londres, 1937), figura sobresaliente
del teatro inglés de los últimos
cuarenta años. Discípulo
del maestro francés Jacques Lecoq,
se formó en teatro y mimo en
Londres y en París. Ha integrado
numerosos elencos de compañías
profesionales y dirige desde 1968 The
London Theatre Group, equipo destinado
a la investigación en nuevos
lenguajes y espacio elegido por Berkoff
para la puesta en escena de su propia
dramaturgia en Inglaterra. Ha escrito
una docena de piezas dramáticas
originales: East (Este), West (Oeste),
Messiah: Scenes from a Crucifixion (Mesías:
Escenas de una Crucifixión),
The Secret Love Life of Ophelia (La
secreta vida amorosa de Ofelia), Greek
y Decadence (A la griega y Decadencia,
ambas incluidas en este volumen), Harry´s
Christmas (La Navidad de Harry), Acapulco,
entre otras. Es autor e intérprete
de una trilogía de unipersonales
con los que ha viajado por todo el mundo:
One Man (Un hombre), Shakespeare’s
Villains (Los villanos de Shakespeare)
y Réquiem for Ground Zero (Réquiem
para Ground Zero). One Man es reescritura
escénica de El corazón
delator de Edgar Allan Poe, y en él
Berkoff compone memorablemente tres
personajes: un asesino, un perro y un
hooligan. En Shakespeare´s Villains
combina la disertación sobre
el teatro isabelino, el diálogo
con el público y la representación
de los grandes malvados shakesperianos,
a partir de sus dotes excepcionales
para la improvisación. En tanto
director-adaptador de obras de otros
autores, ha realizado versiones de La
metamorfosis de Franz Kafka, La Orestíada
de Esquilo, La caída de la casa
Usher, el cuento de Poe, y Coriolanus
de Shakespeare. Aunque siempre ha declarado
su predilección por el arte teatral,
trabaja frecuentemente en el cine, en
roles centrales o marginales. Berkoff
considera que la industria cinematográfica
es la principal fuente de dinero para
mantener en carrera su repertorio escénico
con absoluta independencia, sin necesidad
de hacer concesiones a productores ni
jurados de subsidios. Los fondos que
provienen del cine sostienen The London
Theatre Group sin claudicaciones. En
una entrevista reciente Berkoff afirma
frontalmente, como es común en
él: “Con The London Theatre
Group hemos conseguido mantenernos durante
tanto tiempo haciendo muchos esfuerzos
y luchando por sobrevivir en un mar
de escoria, mediocridad y banalidad”
. Ha participado en varias decenas de
películas, de arte y comerciales,
de diversos estilos y circuitos. Mencionemos
sólo tres como muestra de heterogeneidad:
La naranja mecánica, Octopussy
y Rambo. Es director y coprotagonista,
junto a Joan Collins, de la versión
fílmica de su drama Decadencia.
Ha realizado además adaptaciones
para la televisión, entre ellas,
la de Greek.
Las piezas de Berkoff publicadas en
esta edición son expresión
de un creador brillante y entroncan
con tendencias y procedimientos representativos
de la dramaturgia británica y
de la escena europea en las dos últimas
décadas del siglo XX. Se pueden
destacar cuatro líneas estéticas
principales, de gran vigencia en los
ochenta y proyectadas hasta hoy con
fuerza, de las que la producción
de Berkoff participa centralmente, a
su manera:
- el reconocimiento de la especificidad
de un tipo de dramaturgias escénicas,
de escritura híbrida, compuestas
desde el cruce de literatura y escenario.
Estas dramaturgias escénicas
desplazan el concepto convencional de
literatura dramática, y permiten
releer tradiciones con antecedentes
notables en la historia del teatro de
1)Entrevista de Itzíar de
Francisco, El Cultural, Madrid, España,
29 de diciembre de 2004.
Inglaterra (empezando por el mismísimo
William Shakespeare) y en toda Europa
(a través de la commedia dell’arte
y Molière, entre otros exponentes);
- el auge de las poéticas “menores”,
que se distancian y diferencian deliberadamente
de los grandes modelos internacionales
del siglo XX para imponer otras formas
de subjetividad e identidad alternativas.
Este teatro “menor” es consecuencia
del eclipse de las grandes poéticas
planetarias (aquéllas que en
otras décadas se practicaban
sincrónicamente en diversos escenarios
de todo el mundo) y expresa la paradójica
internacionalización de la regionalización
propia de los campos teatrales de los
últimos treinta años,
el “espejo trizado” de miles
de poéticas menores que constituyen
lo que hemos llamado el canon de la
multiplicidad ;
- la creación de nuevas formas
de producción de sentido político,
al margen de los modelos de “teatro
político” de Bertolt Brecht,
Erwin Piscator, el realismo socialista,
el drama social norteamericano a lo
Arthur Miller, el teatro documental
de Peter Weiss o la creación
colectiva latinoamericana impulsada
por el colombiano Enrique Buenaventura;
- las tensiones entre dramaticidad y
postdramaticidad, o sea, el trabajo
en el seno de los mundos teatrales con
la inestabilidad de las relaciones entre
ficción y no-ficción,
representación y presentación
(o performance), metáfora y experiencia
directa de la vida. En el teatro de
los últimos treinta años
se ha acentuado notablemente esta permanente
“caída” de la ficción
(o representación) en brazos
de la percepción del teatro como
una tarea humana que se realiza ante
los ojos del espectador, el personaje
desplazado por la visión del
cuerpo afectado del actor.
Los dramas de Berkoff son “obras
de teatrista”, es decir, un tipo
de creador teatral que suma en sus competencias
diversos oficios sin diferenciarlos:
actor, director, dramaturgo, adaptador,
gestor, otros. Obsérvese que
en el programa de mano del estreno mundial
de Decadencia (1981) Berkoff figuraba
a la vez como autor, director y actor
(a cargo de los personajes de Steve
y Les). En su naturaleza de dramaturgia
escénica, los textos de Berkoff
resultan equiparables a los del italiano
Dario Fo o del argentino Eduardo Pavlovsky.
Para escribir su teatro Berkoff se vale
de sus múltiples saberes de escritor,
puestista e intérprete, crea
a la vez desde la monodia de la letra
escrita, desde el espesor tridimensional
del espacio escénico y desde
las intensidades conviviales de los
cuerpos actorales en tensión
con la presencia de los espectadores.
Esa multiplicidad aparece inscripta
en la textura de sus obras. Berkoff
rubrica la expresión ancestral
“El teatro sabe”; su obra
no es libresca ni estrictamente verbal,
está hecha de esos conocimientos
y técnicas que sólo provee
la experiencia de la teatralidad. Decadencia
y A la griega son en ese sentido expresiones
de una dramaturgia híbrida, a
la vez escritura de gabinete -al margen
y a priori de la actividad de puesta-
y escritura escénica –generada
durante y a posteriori de la experiencia
de trabajo sobre el escenario-.
Si algo destaca el estilo teatral de
Berkoff es su ferocidad política,
su capacidad para expresar escénicamente
la violencia social y para violentar
simbólicamente esa violencia.
El dramaturgo elige la fórmula
de un teatro feroz que sólo a
través de esa ferocidad puede
dar cuenta de un mundo despiadado, agresivo
a la enésima potencia. Lo dice
Eddy en Greek: “Desde chico estás
metido en la violencia y papá
mismo se encarga de meterte entre las
excitadas orejitas que no hay que amar
sino odiar todo / él te ha dado
de comer la historia de su bendito pasado
para que tengas motivos”. Los
mandatos a poner en práctica
en la sociabilidad quedan a la vista
en los parlamentos de Eddy y el Gerente
durante el duelo de ambos: “Pegar,
herir, crujir, sufrir, apuñalar,
destripar, destrozar, odiar, faenar,
desgarrar, mutilar, someter…”,
y la lista sigue, hasta la muerte.
2)El mismo fenómeno se verifica
en Francia y en la Argentina. Véanse
los dos tomos de Teatro francés
hoy, Buenos Aires, Atuel, 2004.
Conciente de que la escena no puede
competir en materia de violencia con
la sociedad y la historia, porque la
realidad supera en este sentido a la
ficción y al símbolo,
Berkoff diseña poéticas
que preservan la capacidad de choque
y cuestionamiento del teatro, su poder
de regresar sobre lo social para modificarlo.
De alguna manera, la búsqueda
de un teatro feroz, a la medida de los
tiempos presentes, queda sintetizada
en el “asesinar con palabras”
de la escena de Greek en la que Eddy
mata al Gerente. “Jamás
había reparado en que las palabras
pueden matar”, afirma la Camarera.
Tal es el sueño de Berkoff: un
teatro cuyas palabras tengan la potencia
de un arma, pero no para multiplicar
la muerte, sino para construir un reparo
frente a la violencia social, enfrentarla
y combatirla. Un teatro que encarna
“el rugido de la bestia, la bestia
de la frustración y del enojo”,
como dice Berkoff en el prólogo
a Greek. Un teatro de reacción
indignada que no se contenta con la
resignación bajo protesta irónica.
Un teatro de la revuelta y la camorra,
contra el otro teatro, el del “lavado
de cerebro” (véase Greek,
Acto Primero, Escena 3).
En Greek (1980) retoma el lenguaje de
la tragedia clásica y, a partir
de la obra de Sófocles, reescribe
el mito de Edipo para dar cuenta de
“la peste británica”,
del “basural inimaginable”
en que se ha convertido Inglaterra bajo
el gobierno de Margaret Thatcher. Berkoff
define esta pieza como “mi Edipo
moderno”. El dramaturgo expresa
el peor diagnóstico de su patria:
“En mi visión, Gran Bretaña
se apareció como una isla encerrada
en su podredumbre gradual, rapiñada
por hordas errantes sin ninguna perspectiva
de futuro en una sociedad que tenía
pocos ideales y mensajes que ofrecer”.
El punto de vista asumido por Berkoff
en Greek es el de las clases más
bajas, y no es justamente una visión
abuenada ni simpática, ya que
los trabajadores portan –en términos
de Wilhelm Reich- el microfascismo que
reproduce a menor escala el modelo de
las clases dirigentes: “Hay un
montón de admiradores de los
nazis entre los ingleses más
miserables”, dice Eddy.
Complementariamente, en Decadencia,
estrenada un año después,
Berkoff construye una imagen negativa
de la alta burguesía inglesa,
con el objetivo de enfrentar -por extensión-
a la clase dirigente de Gran Bretaña
y -en particular- al conservadorismo
de Thatcher, su liberalismo a ultranza
y su antisocialismo. El título
de la pieza sintetiza esa visión
negativa de Berkoff. La decadencia de
los gobernantes es extensible metafóricamente
al estadio histórico de la Inglaterra
toda, y en otra escala a la Europa en
la que ya se vislumbra con certeza,
diez años antes de la caída
del Muro de Berlín y la disolución
de la URSS, la crisis de representatividad
mundial de la izquierda y el auge de
los discursos mesiánicos de la
postmodernidad y la nueva derecha internacional.
A partir de las relaciones del matrimonio
de Sybil y Steve con sus respectivos
amantes –Les y Helen-, Berkoff
distingue dos niveles sociales internos
a la burguesía: uno tradicional,
de “linaje”, heredado de
padres a hijos (al que pertenecen Helen
y Steve), y otro producto de la movilidad
social, fruto del trabajo y el ascenso
gracias al dinero (el correspondiente
a Sybil y Les). La distinción
vale: el primero se caracteriza por
su corrupción e improductividad,
pero también por su “clase”,
por su naturaleza atractiva y “encantadora”,
que sin esfuerzo manifiesta superioridad
sobre los otros hombres. El segundo
aspira a ser igualmente parasitario
y corrupto, pero resulta burdo, tosco,
brutal, sin el encanto del otro. El
segundo odia, envidia, compite y sueña
con volverse el primero, porque como
dice Eddy en Greek: “lo que este
mundo anhela es el poder, la clase y
la forma”. Berkoff cumple una
función desenmascaradora no sólo
de la reacción antiizquierdista
del thatcherismo, sino también
del pensamiento racista, xenófobo
y sectario, antisemita y antiirlandés,
propio de la alta burguesía.
Desenmascara además formas de
educación e impugna la dinámica
de los vínculos familiares. Los
dos niveles son mostrados “de
puertas adentro”, en cuartos privados,
los personajes aparecen en su intimidad,
puestos en evidencia en sus pensamientos
y ética detrás de una
“cuarta pared” invisible:
allí son seres feroces, agresivos,
cínicos, brutales, malhablados,
groseros, irónicos, malintencionados,
sin una pizca de amor hacia el prójimo,
dotados de una violencia suprema. Berkoff
devela esa intimidad como obscenidad,
es decir, como aquello que no debería
ser mostrado en escena: el teatro revela
aquello que se trata de ocultar en la
escena social.
En Greek Berkoff retoma los núcleos
invariantes del mito de Edipo –el
oráculo, el viaje, el parricidio,
el incesto, la Esfinge- pero modifica
el desenlace. Tras la anagnórisis,
Eddy no se arranca los ojos ni se aleja
hacia el destierro, ni su madre-esposa
se mata. Por el contrario, siguen viviendo
normalmente. Berkoff descubre que para
preservar el impacto político
originario de la tragedia griega –en
términos de Aristóteles,
producir las emociones de la catarsis
trágica: el horror y la piedad-,
Edipo no debe cegarse sino hundirse
irresponsable y libremente en el incesto,
sin remordimiento ni represión.
¿Sigue siendo horroroso ver a
Edipo autocastigarse, o acaso no es
más horripilante verlo vivir
impunemente? Un Edipo sin castigo, ilimitadamente
parricida e incestuoso, devuelve al
espectador contemporáneo al sentimiento
de la tragedia: el horror no radica
en la “hamartía”
(error trágico) ni en la “hybris”
(el empecinamiento en el error) ni en
el acontecimiento patético, sino
en la ausencia de ley correctora. Un
Edipo sin justicia poética, reversión
intolerable de las matrices moralizantes
del teatro occidental. ¿Puede
concebirse mayor violencia simbólica?
El Edipo de Berkoff transgrede las dos
grandes prohibiciones sobre las que
se funda la civilización: el
incesto y el crimen dentro del clan
de sangre, y no se rectifica. En consecuencia,
borra el límite que separa a
los hombres de los animales, según
la acertada afirmación del antropólogo
Claude Lévi-Strauss. Lo humano
ha desaparecido en el mundo de Eddy,
nuevo mundo en el que la degradación
de los hombres ya no permite diferenciarlos
de los animales, peste “que sigue
floreciendo”, donde “hay
algo podrido que se niega a morir”.
Un Apocalipsis permanente en el que
todas las noches “la luna vira
al rojo sangre”. Si en Decadencia
el dictamen de Berkoff sobre la situación
histórica y social está
inscripto en el título de la
pieza, en Greek se trata de la regresión
al orden animal.
Frente al eclipse de las grandes poéticas
internacionales –el realismo socialista,
el realismo dialéctico brechtiano,
el teatro de la “despalabra”
beckettiano, la parodia paroxística
de Ionesco, el teatro documental de
Weiss, el happening y otras formas de
la postvanguardia vigentes en los años
de la postguerra-, Berkoff recurre a
la construcción de un teatro
singular, propio, de rasgos peculiares,
que resulta de una combinatoria de procedimientos
heterogéneos provenientes de
diversa fuente. Se trata de una poética
“menor” pero de fuerte impacto
político en tanto produce acción
con sentido social dentro de un determinado
campo de poder (la sociedad británica,
ya sea la clase dirigente en Decadencia
o los trabajadores en Greek), para incidir
en las relaciones de fuerza de dicho
campo de poder. Berkoff enfrenta a la
derecha desde una subjetividad alternativa
crítica, que no reivindica una
posición articulada desde los
grandes discursos de representación
de la izquierda. De esta manera es precursor
del ejercicio de una política
de la resistencia crítica desde
el teatro, desde la expresión
artística en sí misma,
sin ilustración partidista. Algo
que hoy es moneda corriente en los teatros
de todo el mundo. Berkoff tiene una
gran capacidad para dar respuesta crítica
a los desafíos históricos
de su tiempo, se actualiza permanentemente
de acuerdo a las mutables condiciones
sociopolíticas. Este atributo
entronca políticamente a Decadencia
y Greek con la fuerte tradición
de literatura satírica que data
de los orígenes mismos de las
letras inglesas, como evidencia, por
ejemplo, el recurso a los juegos de
palabras del tipo “Maggot Scratcher”/Margaret
Thatcher (Greek, Acto Primero, Escena
4).
Berkoff recupera de la matriz del realismo
su capacidad de poner en conexión
o correlación los mundos poéticos
teatrales y la sociedad, la ilusión
de que el universo dramático
establece un vínculo de representación
con el régimen de experiencia
del mundo real. Construye personajes
claramente identificables en la sociedad,
cuya conexión con lo real explicita
en los breves prólogos que abren
sus obras –incluidos en esta edición-.
Hace que esos personajes hablen de su
tiempo y su sociedad. Defiende también
la posibilidad de valerse del drama
para la exposición de una tesis:
a través de Decadencia sostiene
que en Inglaterra ha tomado el poder
un sector decadente de la sociedad británica,
y se ha iniciado de su mano la decadencia
del siglo XX; en Greek muestra al pueblo
inglés sumido en la peor de las
corrupciones y en la degradación.
Pero el suyo no es un realismo completo,
porque quiebra otros niveles del efecto
de lo real: no recurre al verismo sensorial,
rompe la imagen escénica y la
estructura narrativa del realismo tradicional
del siglo XIX, combina un teatro del
relato con un teatro de la escena, para
reivindicar una mimesis específica
de la teatralidad, un lenguaje propio
de las tablas. Uno de los procedimientos
más llamativos de Decadencia,
por ejemplo, es el del contraste entre
la abundancia de lo referido verbalmente
(por ejemplo en las escenas donde se
refieren las comidas o la cacería)
y el vacío de accesorios en el
escenario (sólo un sillón).
Berkoff encuentra que la mejor forma
de referir los excesos de la alta burguesía
es la ausencia. En Greek el dispositivo
escénico de las sillas no reivindica
ningún realismo. Cruza entonces
evocación de lo real y autonomía
del lenguaje teatral, mimesis realista
y mimesis teatralista, esta última
especialmente desde las posibilidades
de la multiplicidad narrativa del actor.
Para su poética alternativa de
enfrentamiento a la derecha, Berkoff
no recurre al realismo socialista, rechaza
el modelo maniqueo de personajes positivos
(proletarios o dirigentes anticapitalistas)
y negativos (representantes del capitalismo).
Si, como ha observado Jacques Derrida,
todo campo político diseña
un mapa de amigos, enemigos, neutrales
y aliados potenciales entre los diversos
sectores involucrados, en las obras
de Berkoff no se vislumbran los amigos
o los aliados de su ideología.
En Decadencia y Greek todos los personajes
son negativos. Tanto los trabajadores
humildes de Greek como la alta burguesía
parecen confluir en una certeza repudiable
para Berkoff: “La Thatcher es
nuestra última esperanza”.
El modelo del “buen inglés”
tiene “las fotos de sus héroes
todos en el living de la casa: Hitler,
Goebbels, Enoch, Paisley y Margarita
[Thatcher]”. El personaje positivo
se ha ausentado y no se intuye quién
podría encarnarlo: el rugido
de Berkoff es pesimista y bordea el
nihilismo. La visión de la clase
trabajadora es profundamente crítica,
no pone en ellos una esperanza de representación
positiva. Pero además Berkoff
distingue uno de los niveles de la alta
burguesía de Decadencia, el de
Helen y Steve, con rasgos de inteligencia,
exquisitez y refinamiento. La suya no
es una sátira burda y esquemática,
sino escrita desde el conocimiento interno
de los ángulos de afección
y experiencia del mundo de la alta burguesía.
Berkoff conoce e investiga desde adentro
la clase dirigente inglesa, lleva a
escena el régimen de su subjetividad
de clase, recorre su peculiar cartografía,
eso sí, para impugnarla. Estos
monstruos son frecuentemente deliciosos,
y a través de esa paradoja Berkoff
multiplica la potencia política
de su sátira. “Los malvados
son muy atractivos”, nos señaló
Berkoff en una entrevista realizada
con motivo de su visita a la Argentina,
en 1999, para la presentación
de su unipersonal Shakespeare’
Villains en el II Festival Internacional
de Buenos Aires.
Tampoco Berkoff hecha mano al realismo
dialéctico brechtiano: si bien
su visión de análisis
histórico es de base materialista,
Berkoff no muestra una salida, ni siquiera
el asomo de una solución, salvo
la del ejercicio de la resistencia crítica
desde la producción misma del
acontecimiento teatral. La suya no es
una dramaturgia “con valores”
a enseñar, portadora de mensaje
a transmitir sobre cómo deberían
hacerse las cosas, sino que el valor
mismo está en la radicalidad
del enfrentamiento de la derecha desde
el ejercicio de la teatralidad. El teatro
mismo es un valor político por
su capacidad develadora de la naturaleza
de la vida y los mecanismos de sociabilidad.
De acuerdo con el realismo, Decadencia
deja ver mejor la sociedad.
En Decadencia dos actores, un hombre
y una mujer, se hacen cargo de dos personajes
cada uno. Se trata de seres bien diferentes,
de rasgos contrastantes. Los actores
deben componer la oposición Helen-Sybil
y Steve-Les nítidamente para
favorecer la intelección de la
pieza. Avanzada la historia, las mutaciones
y pasajes de un personaje a otro comienzan
a ser más veloces y fragmentarios
(como en la Escena 10). En la última
escena de la pieza, Helen y Steve deben
“envejecer en la resolución
de sus vidas corrompidas”, con
la consecuente quiebra de la gradación
tradicional de las situaciones. En Greek
cuatro actores deben componer numerosos
personajes, e incluso el coro trágico.
En ambas piezas, por lo tanto, el espectador
no asiste sólo a la ilusión
de ver en escena la sociedad, sino también
y especialmente a la proeza de trabajo
de los intérpretes. Se expecta
a los personajes, pero sobre todo a
los actores en su esfuerzo de trabajo.
La mirada del espectador va del personaje
al actor y viceversa, muchas veces percibe
a ambos simultáneamente. De esta
manera Berkoff maneja magistralmente
las tensiones entre dramaticidad y postdramaticidad,
a las que antes nos referimos como rasgo
sobresaliente de la dramaturgia y el
teatro de las últimas décadas.
Jugar con las tensiones entre representación
y presentación actoral otorga
gran multiplicidad a su poética,
que estratifica diversos niveles de
realidad y movimientos de velocidad
diversa en el pasaje de un nivel a otro.
Decadencia y Greek son narrativas de
personajes pero también de intensidades
y velocidades, de cuerpos actorales
afectados, algo propio de la dramaturgia
híbrida, como en los casos de
Misterio bufo de Fo y Rojos globos rojos
de Pavlovsky.
Pero además la postdramaticidad
es una herramienta ideal para la construcción
de los personajes de Steve y Helen,
en tanto la alta burguesía ha
usurpado la teatralidad al teatro, su
realidad es más teatral que la
escena. Steve y Helen son exponentes
ejemplares de la “cultura del
espectáculo”, en términos
de Guy Debord. La postdramaticidad pone
el acento en esa pérdida de los
límites precisos entre representación
y presentación, no sólo
en el teatro sino en la vida misma.
En el siglo XVII Shakespeare y Calderón
de la Barca pudieron hablar de un “Theatrum
Mundi” (Teatro del Mundo) a partir
de la metáfora de un Dios-dramaturgo
que otorga a la Humanidad-actor estatuto
de personaje y lo hace entrar al Mundo-escena
por la cuna y salir por la tumba. A
fines del siglo XX Berkoff pone el acento
en que el “Mundi” de aquella
fórmula ancestral se ha ausentado
o al menos desaparece intermitentemente;
la metáfora ahora vigente es
la de “Theatrum” [¿Mundi?].
La naturaleza teatral de la alta burguesía
se derrama a la realidad toda en un
proceso que Berkoff supo ver tempranamente
y que en los últimos años
ha profundizado los fenómenos
de desdelimitación de la vida
y el espectáculo. Berkoff parece
afirmar, de esta manera, que Margaret
Thatcher y los poderosos burgueses de
su Inglaterra contemporánea son
mejores actores que los integrantes
de su compañía. Quienes,
por otra parte, son excelentes.
Esta edición invita a los lectores
del mundo hispánico a encontrarse
con textos “rugientes”,
cuya fuerza política no se ha
aplacado con el paso de los años.