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UNA POSICION FILOSOFICA:
EL REALISMO

Todo teatro que ambicione participar en el desarrollo de la sociedad humana debe analizar en profundidad los factores de ese desarrollo: leyes económicas y sociales, organización política, costumbres, moral y cultura, mentalidad general, etc. Es sobres esas bases que el verdadero creador debe fundar su arte, bajo las formas que su particular sensibilidad le ordene, sobre los terrenos adonde su imaginación lo lleve, con los temas que tengan mayor atracción para él, con la fuerza y el ritmo que su espíritu determine. Lo importante es que la obra sea esencia de realidad, con una sustancia social auténtica –cualquiera sea el tema, género, punto de vista, humor, etc.-
         Puesto que el teatro es un arte convencional, la realidad no podrá ser recreada a la manera de una fotografía. El artista debe siempre ofrecer su síntesis personal que marque su capacidad de elección y de creación. Señalemos al mismo tiempo que un arte realista limita necesariamente la fantasía del creador. El realismo no es enemigo de la fantasía, pero se opone al culto de la fantasía, lo mismo que al culto del color o de la belleza pura o del suspenso. Rechazar el culto de la fantasía significa que la fantasía no debe pasar jamás al primer plano, que es necesario evitar lo accidental o lo imposible. El realismo no debe ser más rico en color que la vida que ya tiene demasiado y que opone a lo accidental, lo determinado, y lo probable o lo posible a lo imposible.
         Así, la representación realista debe hacer surgir los caracteres típicos del problema y de los personajes, con las particularidades propias de cada obra, buscando su ubicación en el complejo abanico del realismo, aunque no haya más que una realidad.
        La obra total e integralmente realista no existe. Hay obras más o menos cargadas de realismo, con momentos –parciales- completamente realistas y otros en que el realismo es menos acentuado.
        En cuanto a nuestra búsqueda personal del realismo en nuestras puestas en escena yo encuentro una importancia considerable en lo que un director puede hacer por la interpretación de una pieza entre las exigencias realísticas conforme a un texto que tiene, supongamos, ese sentido. No se trata de buscar una fórmula naturalista a la manera de Stanislavski, sino de profundizar la exteriorización de los caracteres sociales que pueden distinguir un personaje o situación. En ese sentido nosotros hemos de profundizar en el texto, destacando de los elementos sociales los elementos específicamente teatrales, dramáticos, psicológicos o pintorescos. Es la primera regla para evitar la confusión y la oscuridad y arribar a una clara caracterización social de la pieza.
        En segundo lugar nosotros nos preocupamos, dentro de los límites del texto, de identificar los personajes con el grupo social al que pertenecen. Es decir, que nosotros tratamos de tipificar, comprendiendo el término “tipo”, “… esa particular síntesis que tanto en el terreno de los caracteres como en el de las situaciones, une orgánicamente lo general con lo individual”.
         Este criterio, aplicado a la familia Bryant que Wesker nos propone en “Raíces”, nos muestra una familia perteneciente a una clase abrumada por las condiciones de vida y de trabajo que impone un cierto sistema social, una familia desarmada de cuerpo y alma, cuyos miembros se separan faltos de comunicación entre ellos, egoístas, groseros, desbocados, sucios, con dolorosas dudas y una ceguera total ante los problemas de cualquier naturaleza que les proponga la vida cotidiana. He aquí el material fundamental que se nos ofrece para una neta caracterización realista. Pero, por otra parte, esos personajes son tratados con una rica sustancia dramática, psicológicamente profundos y plenos de color. Nuestra tarea es, precisamente, cuidar de no caer en el preciosismo psicológico que ofrecen las situaciones, por un naturalismo stanislavskiano. Si, en este sentido, cocinar, lavarse, comer, lavar la vajilla, levantar la mesa, pelearse, forman una excelente materia para lo que es específicamente teatral, nosotros debemos velar cuidadosamente de no centrar el interés de la puesta en escena sobre estos factores, en detrimento de los fines auténticamente realistas.
          El mismo sistema es aplicable no sólo a una dramaturgia naturalista muy común entre nosotros, sino a cualquier otro forma teatral, por ejemplo a la comedia farsesca (Androcles y el león) o a la farsa satírica (Los indios estaban cabreros) o también a la comedia clásica (Volpone o El Alquimista). Podría continuarse enumerando las puestas donde, cualquiera que sea el tema o la forma, lo social posee una fuerza de ubicación filosófica dentro del sistema realista.

Asquini Pedro, El teatro que hicimos, 1990, Editorial Rescate/ Rafael Cedeño Editor, Bs As, Argentina, pp 82,83,84.


         

 

 

 
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