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Josep
Pere Peyró nació en Palma
de Mallorca y de muy joven viajó
a Barcelona siguiendo una vocación
que lo llevó a ser un reconocido
actor, autor y director de teatro.
A fines del año pasado viajo
a Buenos Aires –por muy pocos
días- sólo con el tiempo
para ver una función de su obra
“Cuando los paisajes de Cartier-Bresson”,
dirigida por Guillermo Ghio, con las
actuaciones de María Isabel Bosch,
Carlus Fábrega y Toni Ruiz.
Esta charla se produjo el sábado
10 de diciembre en el Teatro Anfitrión
convocados por el director de la obra
que propició a un reportaje abierto.
CT (CRÍTICA TEATRAL): Sabemos
que naciste en Palma de Mallorca, que
sos actor, director y autor de obras
teatrales, contanos como fueron tus
comienzos.
JPP (JOSEP PERE PEYRÓ) La verdad
es que iba para ingeniero. Hasta los
24 años había ido dos
veces al teatro en mi vida. Si me hubieran
dicho que iba a ser actor, autor y director,
hubiese dicho que era imposible porque
no tenía formación y no
era eso lo que estaba buscando. Todo
empezó cuando hice oposiciones
para ingresar a trabajar en un banco
y al año de estar trabajando
estaba con problemas en la espalda.
Entonces un amigo me recomendó
hacer gimnasia correctiva, fui y la
persona que daba esos ejercicios también
era profesor de expresión corporal
en un aula de teatro. Me dijo que el
problema era que yo estaba muy tenso
y que me haría bien hacer algo
de movimiento y de teatro. Y de repente
me vi haciendo teatro y todo el mundo
me decía qué bien y le
parecía bien lo que hacía.
Ahí empecé a armar mis
monólogos, mis historias y funcionaron
muy bien.
En un momento dado me di cuenta de que
me podía ganar la vida con esto
y me fui a Barcelona. Empecé
en el laboratorio actoral del “Teatro
fronterizo”, que en aquel entonces
era muy experimental, y estaba a cargo
de José Sanchis Sinisterra, él
fue el que me alentó para que
escribiera y así fue como hice
un primer taller de dramaturgia con
Sanchis y me puse a escribir. De repente
me encontré siendo autor. Lo
de dirección surgió porque
cuando estudiaba teatro, mis compañeros
me propusieron que escribiera una obrita
y la escribí y luego que por
qué no la dirigís. Y así
fue como me vi actuando y dirigiendo.
CT. ¿Ahora predomina entre tus
actividades la dramaturgia?
JPP. Yo no creo que haya un predominio.
Lo que pasa es que cuando llegué
a Barcelona en el ‘89/`90 no había
autor. Había un inicio, estaba
Sergí Berbel que empezaba a tener
ciertos éxitos. Porque lo que
había hasta ese momento eran
los autores de los ’70 que fueron
los que vivieron la dictadura franquista
y luego la transición, que en
España esa transición
fue la del olvido. Esa generación
quedó desplazada, resistió
haciendo teatro de texto durante todo
el franquismo. Mientras que en Barcelona
se daba que las compañías
que estaban triunfando eran las que
no tenían autoría, se
hacía teatro de creación
colectiva.
Pero el hombre clave de lo que se llama
la nueva autoría catalana es
José Sanchis Sinisterra. Inició
los talleres de dramaturgia en la Sala
Beckett y de ahí salieron los
nombres que ahora están trabajando.
CT. ¿Cómo surge la necesidad
de dirigir tus obras?
JPP. Yo creo que eso es inevitable en
un lugar donde cada vez hay más
miedo y menos tiempo.

CT. ¿A qué te referís
cuando hablas de miedo?
JPP. Miedo a tener un fracaso teatral.
Yo veo que en Buenos Aires no se siente
ese miedo, lo creativo impera sobre
todo lo otro, como por ejemplo la preocupación
de si vamos a tener la sala llena porque
si es así recibiremos unas subvenciones
del Estado y si esas subvenciones nos
van a permitir sobrevivir la temporada.
Es decir, hay todos unos condicionantes
en estos momentos que hacen que sea
difícil apostar a una obra de
autor contemporáneo, que no lo
conoce nadie, y que es más fácil
montar un Chejov o un Cocteau. Ese es
el gran drama de la dramaturgia contemporánea:
tener una plataforma de exhibición
para mostrar su trabajo.
Así fue como se empezaron a generar
las salas alternativas, que se crearon
con la función de ser lugar de
creación y producción
de riesgo (que por ser salas a bajo
costo podían arriesgar) y como
plataforma de los nuevos autores para
empezar a enseñar su trabajo.
CT. ¿Cuándo creas vos
tu grupo? ¿Tenés tu sala?
JPP. No, no tengo mi sala. Yo estuve
trabajando tres años en el “Teatro
fronterizo” y en la Sala Beckett.
Luego, en el ’91 o ’92 creo
mi grupo “El Morel teatro”
y empezamos con la primera obra que
fue “La pareja es...”. Pero
en estos momentos mi compañía
“La invencio” es una de
las pocas compañías independientes
que queda en Cataluña porque
ha habido un proceso de fagocitación
en el sentido de que al haber un gran
crecimiento del teatro institucional
y del teatro privado, ha sido muy difícil
crear grupos de creación estables.
Yo creo que nosotros hemos sobrevivido
porque nunca tuvimos la vocación
de ser un grupo de teatro estable. Si
hablamos en términos militares,
diríamos que cuando se estaba
estableciendo el deseo de conquistas
territoriales, nosotros optamos por
la guerra de guerrillas. Decidimos ser
unos tipos que vamos y armamos un proyecto
sin ningún tipo de entidad jurídica
ni empresarial. Esto es: nos juntamos
un iluminador, un escenógrafo
y yo, armamos un proyecto y antes de
que tengan tiempo de perseguirnos ya
lo hemos desarmado y así no pagamos
impuestos, no pagamos nada. Esto fue
en los inicios. Luego seguimos con la
guerra de guerrillas pero aliándonos
con otro que tuviera una cierta estructura
de producción. Así empezamos
a producir con salas alternativas, con
la Comedia de Córdoba (Argentina),
con compañías africanas;
de esta manera no éramos ni catalanes,
ni africanos, ni latinoamericanos, y
así íbamos por el mundo
organizando los trabajos.
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CT. Yendo a la obra que viniste a ver:
“Cuando los paisajes de Cartier
Bresson”. Esta obra es la segunda
de un tríptico, la primera es
“El encuentro” y la tercera
es “Una lluvia irlandesa”.
Lo peculiar de estas tres obras es la
búsqueda, tanto en la estructura
formal de cada una de ellas como en
el contenido de las mismas. ¿Por
qué la necesidad de formar este
tríptico?
JPP. No hubo de entrada una intención
conciente de hacer un tríptico,
lo que pasó es que el tema no
se agotaba con una obra, sino que se
iban generando ideas y apuntes para
futuras obras, que no serían
una continuación, sino que abría
nuevas fuentes de investigación
y, a su vez, creaba puentes de continuidad
para nuevas obras. De hecho, entre una
y otra obra hay otras obras escritas.
Sucede que el tema que estaba trabajando
en esos momentos era el de las relaciones
humanas, la forma que tenemos de establecer
vínculos con nuestros semejantes
y con el mundo.

CT. Sí y sobre todo la dificultad
de estableces esos vínculos porque
eso es lo que se aprecia en las tres
obras, aunque surge más notoriamente
en la primera: “El encuentro”.
Los personajes del tríptico es
como que carecen de la facultad de reacción,
de la facultad de resolver esas situaciones
que se les impone ¿Por qué
esa necesidad de hacer hincapié
en esas personalidades?
JPP. Es que son como peces que se muerden
la cola, es la incapacidad que tienen
los personajes de salir de esa especie
de estadio circular en el que están
encerrados. En “El encuentro”
está el tema de las amistades
masculinas que retoma “Cuando
los paisajes de Cartier-Bresson”
y qué sucede cuando se inmiscuye
lo femenino, que resulta letal, una
bomba que destruye, porque la intromisión
del deseo separa y reubica toda la situación.
En “Cuando los pasajes de Cartier-Bresson”
retomo los personajes de “El encuentro”
y, con un cambio formal y una nueva
ubicación, aparecen en “Una
lluvia irlandesa” y con ellos
reaparece el tema de la incomunicación
de los dos mundos: son una pareja, están
allí, se ven pero no pueden penetrarse
uno al otro.
Si hablamos en términos musicales,
que es algo que mi me gusta mucho, “Cuando
los paisajes de Cartier-Bresson”
en una pieza de swin, de ritmo y cuando
llegamos a “Una lluvia irlandesa”
ahí ya tenemos una pieza de jazz,
desgarrado. Son como dos imágenes
de lo femenino y lo masculino. Lo femenino
sería la capacidad de conectarse
con el mundo emocional pero sin ser
capaz de volcarlo -yo no digo que sea
así, digo que en ese momento
mi reflexión sobre la pareja
era eso- y él es un tipo que
con el lenguaje hace lo que quiere pero
es incapaz de conectarse con el mundo
emocional con el que ella está
conectada. Y así, otra vez, se
da el juego de dos mundos que se enfrentan
y no se reconocen.
CT. Ayer viste la función de
“Cuando los paisajes de Cartier-Bresson”
¿Qué te pareció?
JPP. La vi, charlamos y la comentamos
con Guillermo (Ghio), y me pareció
muy bien. Lo interesante para un autor
es que sea representado. Yo creo que
el teatro como la arquitectura son artes
aplicados, otra cosa es la novela en
la que hay una línea directa
entre el escritor y el lector a través
del papel. Lo apasionante del teatro
es que desde el punto inicial de escritura
hasta que llega a la representación
pasa por muchas manos. Hay muchos autores
a los que esto les molesta, a mi me
encanta y lo que más me gusta
de ser representado es que veo lecturas
de mis textos muy diferentes. Hay lecturas
que yo nunca me las hubiera imaginado
que podrían ir por ese sentido,
y eso me gusta mucho.

Como te he dicho, cuando escribía
en “Cuando los paisajes de Cartier-Bresson”,
a mi se me ocurría como una pieza
de baile ligero, de pies que se mueven,
de deslizamiento y de repente, ayer,
vi otra cosa, no un tango, pero sí
vi un drama y me encantó. Quedé
impactado cuando la mujer llora, yo
me decía que no podía
ser: está diciendo mis palabras
y está llorando y a mi me emociona
mucho todo eso. Es una sorpresa, una
sorpresa grata, porque la significación
de un texto es tan polisémica,
tan abierta que las palabras significan
lo que queremos que signifiquen; el
lenguaje es abierto y eso es lo maravilloso.
Con esta puesta de “Cuando los
paisajes de Cartier-Bresson” me
quedé muy sorprendido porque
es la primera vez –de todas las
puesta que he visto de esta obra, que
son quince o diecisiete- que veo drama.
Pero está ahí, no se cambió
ni una coma ni una palabra, está
ahí, la escena dice lo que yo
digo, pero hay una significación
propia del director. A mi me encantó
porque me sorprendió.
CT. Gracias Joseph, esperemos que se
estrene otra obra tuya en Buenos Aires,
así podemos verte nuevamente
por nuestra ciudad.
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