La
deshumanización.
El hombre como
una parte más
de un engranaje,
es llevado al
extremo en esta
obra.
En una habitación
pequeña,
cubierta en su
totalidad por
pesados paños
negros, dos mujeres
realizan movimientos
mecánicos
ante una máquina.
De fondo el monótono
sonido de martillazos
y engranajes chirriantes
crean un clima
denso.
Suena una sirena.
Las operarias
se paran, se descontracturan,
corren sus banquetas
–que también
las utilizan como
camas- y se disponen
a dormir. Mejor
dicho una de ellas,
porque la otra
operaria intenta
soñar despierta
y salir de esa
rutina que viene
realizando desde
que tiene memoria.
Inquietante
en su planteo
la obra de Darío
Urban encuentra
en este hecho
escénico
su justo cauce.
|
|
|
|
El
concepto visual,
sonoro y de
texturas es
impecable. La
ingeniosa máquina,
que operan estas
mujeres, sus
banquetas-camas
y hasta el mínimo
objeto de utilería
son de aluminio,
materia que
transmite un
mundo frió
e impersonal.
El color gris
es el elegido
tanto para los
uniformes como
para unos patéticos
trajes domingueros,
logrando un
cuadro de grises
y negros que
impacta. En
ambos casos,
vestuario y
escenografía,
el mérito
es de Giselle
Rodríguez
Bosio y de Leandro
Lucarena. La
banda sonora
repetitiva y
exasperante
es otro
elemento que
completa el
clima opresivo
que el espectáculo
requiere.
|
|
Si todos
estos rubros
son de muy buena
factura, las
actuaciones
no le van a
la saga. Carina
Resnisky dota
a su operaria
de toda la ternura,
ansia de libertad
y rebeldía;
logrando muy
buenos momentos,
como aquel en
que utiliza
sus pies a manera
de títeres
para parodiar
el repetitivo
dialogo que
mantienen con
su compañera.
Marcela Fraiman,
a pesar de algunas
exacerbaciones,
redondea un
buen trabajo.
Se le suma a
esta actriz
el merito de
ser la directora
del espectáculo.
Textos, actuaciones,
escenografía,
vestuario e
iluminación
aunados en una
idea muy clara
que logra una
obra de gran
eficacia.
|
|