En menos de un mes y, aunque en eventos
diferentes, se han podido ver en Argentina
tres puestas en escena que toman como
punto de referencia al autor norteamericano
Tennessee Williams, y en concreto una
de sus obras más emblemáticas
“Un tranvía llamado deseo”(1947).
Puede ponerse en duda que sea la mejor
obra de su autor, pero de lo que no
cabe dudar es que su personaje femenino
Blanche Dubois, ocupa uno de los lugares
preferentes en cuanto a característica
de icono/ mito referencial, no sólo
para la gran cantidad de actrices que
sueñan con representar ese papel,
sino también para teatrófilos
empedernidos, espectadores especializados
y una tropa variopinta de consumidores
mediáticos ansiosos por devorar
personajes ambiguos. Sin olvidar a su
contrincante masculino, Stanley Kowalski,
elevado otra categoría superior,
gracias sobre todo a su plasmación
en el cine, y claro, a las estrellas
que interpretaron a estos atormentados
personajes de un, también, atormentado
dramaturgo.
Los tres montajes a los que hacia referencia
pertenecen a tres países muy
distintos, y a tres formas de producción
teatral muy diferentes. En el Festival
Internacional de Buenos Aires se pudo
ver la producción de la Volksbhüne
de Berlín, “Ensdtation
Amerika” con puesta en escena
del renombrado director Frank Kastorf,
en la sala ElKafka Teatro se puede ver
la relectura absolutamente libre llamada
“Otamendi” de Mirta Bogdassarian
y en el Festival de Teatro MERCOSUR
de Córdoba pudimos ver “¿Quién
le teme a Tennessee Williams?”
en la brillante puesta del esloveno
Matja Pugrajc.
¿Qué tienen en común
estas tres propuestas? Sólo el
partir de un cierto concepto de amor/
odio por la obra del autor, Thomas Lanier
Williams, nacido en Columbus (Mississippi)
un 26 de marzo de 1911 y que decidió
pasar a la historia del teatro del siglo
XX con su seudónimo paradigmático:
“Tenneessee”. Profesor y
periodista que triunfó ya en
Broadway con su primera obra “El
zoo de cristal” (1945) y que durante
un tiempo no paró de dar a la
escena obras de gran éxito, tales
como “La gata sobre el tejado
de zinc caliente”, “Verano
y humo”, La rosa tatuada”,
“Dulce pájaro de juventud”
o “La noche de la iguana”.
De pronto, como es muy habitual en nuestra
sociedad de consumo, sus últimas
obras dejaron de tener tanta resonancia,
por ejemplo su texto de 1980, “En
el bar de un hotel de Tokio”,
y durante un largo tiempo el silencio,
e incluso el desprecio por parte de
una profesión teatral que empezó
a encontrarlo “antiguo”
o “desfasado”. Su estilo
parecía anclado en otros tiempos
donde pasiones y sentimientos afloraban
a borbotones, algo que en la postmodernidad
era tratado desde la ironía o
la distanciación sardónica.
Curioso que se elevara a otros altares
a creadores como Pedro Almodóvar
y , sin embargo, se relegara a un segundo
termino a sus maestros/mentores. Uno
ha sido Douglas Sirk y otro, aunque
tal vez de una manera soterrada Tennessee
Williams. ¿O no están
los personajes femeninos de este autor
continuamente “al borde de un
ataque de nervios”? ¿Y
ciertas imágenes de un primitivo
Banderas no nos recuerdan a un Kowalski
andaluz?. Pero las modas son así
de implacables, lo mismo para la ropa
que para la cultura. Lo que hoy rompe
y es imprescindible, mañana hay
que meterlo en el armario, o lo que
es peor, quemarlo y olvidarlo.
Pero claro, todo aquello que tenga una
autenticidad interna, más allá
de esa fama efímera, podrá
volver a revisarse una vez que pase
el ruido y la furia de lo inmediato
y, entonces podrán volverse a
encontrar nuevos pliegues, nuevos ecos
que sitúen esas creaciones en
unas fronteras mucho más abiertas
y libres que las marcadas por las etiquetas
del momento. Cada vez dudo más
de las categorizaciones ¿qué
es realismo?, ¿qué es
teatro político?, ¿qué
es vanguardia?....conceptos que cada
cierto tiempo se cuestionan y que luego
siempre hay que volver a ellos para
encontrar sentido a determinadas cuestiones.
Tal vez por eso, aquí y ahora,
creadores escénicos de países
muy diferentes indaguen nuevamente en
autores que en los noventa fueron denostados,
quizás aparcados ante la oleada
de teatro de la imagen, fragmentación,
fin de los relatos narrativos y otras
saludables innovaciones, que sin embargo,
utilizadas de un modo indiscriminado
por determinados mediocres se convirtieron
a su vez en esperpénticas fórmulas
o carcasas vacías. En suma, una
llamada a reivindicar la diversidad
y la libertad de cada artista para transitar
su lenguaje de la manera más
propia y auténtica de la que
sea capaz, más allá de
modas y mercados.
“ENDSTATION AMERIKA” espectáculo
de Frank Castorf, interpretado por la
compañía de su propio
teatro Volksbühne am Rosa-Luxemburg-Platz
de Berlín, utiliza de una manera
descarnada el clima del autor norteamericano
para hacer una radiografía feroz
de la esencia del capitalismo. Mezcla
de lenguajes escénicos y visuales,
realizado con unos medios productivos
apabullantes, puede que tenga en esa
utilización su auténtico
talón de Aquiles. La denuncia
de la abundancia a través de
la saturación de unos medios
de producción tan abundantes
dan pie para una reflexión de
más calado sobre una cierta “prepotencia”
europea a la hora de abordar el teatro
por parte de determinados directores
europeos. No dudo de su legitimidad,
sólo planteo si “nuestros”
teatros, directores, actores y otros
profesionales, pueden competir desde
la producción con estas tremendas
fábricas tecnológicas.
Por eso, me enterneció más
una propuesta como “Otamendi”,
vista en una de sus representaciones
en ElKfaka Teatro, en una muy modesta
producción material, pero en
una inteligente puesta en escena y representada
por dos excelentes actrices y un actor,
que trasladan los prototipos de Williams
a una realidad argentina, donde la mediocridad
cotidiana se une a la neurosis de unos
personajes sin futuro. En esta puesta
casi se huele el sudor, no existe ningún
glamour castorfiano y, sin embargo,
el apabullamiento de la propuesta alemana,
que admiro por diferentes causas, aquí
me produce una emoción más
cercana y asumible.
La tercera propuesta se llama “¿Quién
le teme a Tennessee Williams? Y su nivel
de producción estaría
en el medio de las dos anteriores. Un
teatro esloveno, de gran tradición,
pero sin los grandes medios económicos
del teatro alemán. Sin embargo
asombra el gran nivel actoral del elenco,
que además hace la proeza de
interpretar todo el texto en un castellano
fluido sin saber el idioma. Todo por
pura fonética. Realmente algo
asombroso, pues si no nos hubieran dicho
que no conocía nuestro idioma,
hubiéramos pensado que eran actores
bilingües. Este espectáculo
nació a partir de la negativa
de los herederos del autor norteamericano
a ceder los derechos de representación
de “Un tranvía llamado
deseo” por parte de la compañía
eslovaca. A partir de ahí, Matja
Pugrajc, compone un collage en el que
mezcla las reflexiones del propio Williams,
con textos relatados por la hermana,
la madre y una de las parejas sentimentales
del propio actor. Junto a ellos aparecen
los personajes de la obra, Blanche,
Kowalski o Stella, aportando otros puntos
de vista y creando un complejo laberinto
en el que luego se sumaran las imágenes
del mítico film que en su día
protagonizó Brando. Una mezcla
explosiva que podía haber quedado
en un mero experimento postmoderno y
que, sin embargo, se nos presenta como
una interesantísima propuesta
escénica llena de actualidad
y vitalidad.
Así pues y como muy bien reflexionaba
en las páginas de LA NACIÓN,
Alejandro Cruz: “En las tres,
por problemas de derechos de autor los
directores se vieron casi obligados
a realizar versiones basadas en los
núcleos centrales de la obra.
A decir verdad habría que agradecer
a los que manejan los derechos del señor
Williams porque la adversidad obligó
a los puestistas a realizar trabajos
sumamente creativos, muy diversos entre
sí y con inteligentes relecturas
del material original”.
De esta interesante reflexión
podríamos inferir alguna cuestión
importante. La primera es la absurda
posición de los depredadores
de los derechos de muchos autores fallecidos,
albaceas que se convierten en muchos
casos en meros censores o en encubiertos
recaudadores monetarios sin escrúpulos,
aunque disfracen sus razones de argumentos
melifruos sobre una supuesta defensa
de los valores esenciales de alguien
que ya no está entre nosotros
para dar su punto de vista.
La segunda tendría que ver con
el tema que esbozaba al comienzo de
este artículo. El interés
que nuevamente está generando
en diferentes partes del mundo la obra
de un autor al que se quiso ningunear
y, en algunos casos sepultar. Esa ceremonia
antropofágica que tantas veces
reproducimos en la tribu teatral. El
encumbramiento sin límites de
un creador durante un tiempo, para luego
arrojarlo a las más profundas
simas del olvido y el desprecio. Algo
tan cruel que bastaría echar
una ojeada a nuestras dramaturgias nacionales
para ver como autores que ejercieron
su oficio con solvencia y brillantez
en un momento, fueron luego aparcados
en la cuneta acusados de estar anticuados,
viejos, fuera del tiempo......No puedo
negar que en algunos casos se tiene
razón en olvidar a determinadas
figuras cuyo éxito sólo
estuvo basado en puras operaciones de
mercado comercial, pero en otros casos
no se ha dado esa variante, sino la
más común del rechazo
marcado por la frivolidad.
Teneessee Williams es, sin duda, una
gran autor teatral del siglo XX. No
toda su obra es homogénea y de
igual trascendencia, pero desde sus
irreverentes posiciones, sus bajadas
al infierno con sus personajes neuróticos
o histéricos, nos ha proporcionado
un retrato de la sociedad norteamericana
de su tiempo mucho más profunda
que determinados autores del mero “realismo
social” de su época. En
suma una fotografía vitriólica
de una sociedad capitalista en plena
expansión que sin embargo chocaba
con el desasosiego personal de tantos
de sus beneficiarios. En ese sentido,
otro autor de tendencia política
y estética muy diferente a la
de Williams, Cliford Odets, sería
el contrapunto ideal para hacernos llegar
un retrato de una época y una
sociedad que a la larga se ha convertido
en la dominadora del mundo. Un imperio
enloquecido en el que el presidente
Bush podría ser un zombi invadido
por las neuras de Blanche DuBois en
una puesta en escena conducida por Condolissa
Rice.