Jorge
Dubatti
1.
En apariencia, La Madonnita trabaja
con un “cuentito” lineal,
sin embargo reducir su historia al efecto
narrativo de la linealidad sería,
como afirma Kartun parafraseando un
célebre chiste de Quino, “querer
ordenarle a la dramaturgia el Guernica”[1].
El relato de La Madonnita es complejo:
encarna la multiplicidad tanto en su
devenir o progresión de acontecimientos
como en la estratificación simbólica
de sus niveles de composición.
Los programas de mano del estreno en
el San Martín y de la reposición
en El Portón de Sánchez
detallan deliberadamente la secuencia
de escenas con sus títulos correspondientes:
I. Comunión; II. Carne Vale;
III. Sábado de Ceniza; IV. Pascua
de Resurrección, estableciendo
una pauta esencial que sólo así
-por escrito- llega al espectador explícitamente.
El dato es relevante y pone en evidencia
un componente “profundo”,
subtextual de la pieza: la secuencia
temporal de festividades cristianas
como estructura analógica de
la historia de Filomena, Hertz, Basilio
y El Uruguayo. El discurso macropolítico
del cristianismo confrontado con el
orden micropolítico de estos
antihéroes de barrio porteño.
Monumentalidad metafórica y minimalismo
contrastados en la búsqueda de
una fórmula ya probada por Kartun:
“Lo menos es más”[2].
“Para
escribir mis historias -me señaló
Kartun en una entrevista en abril de
2005- trabajo mucho sobre estructuras
analógicas, de las que tomo cierta
zona de armonía que traen con
ellas”. Una línea de referencia
que traza sentido y constituye un estímulo
para la resolución del relato,
la tensión, cruce y rechazo de
dos series paralelas que comienzan a
tocarse, fusionar e iluminarse mutuamente.
Del Día de la Virgen (8 de diciembre)
a la Semana Santa, línea natural
que va de la “consagración”
de la “Virgencita” -“Nuestra
Señora de los Gringos Solos”-
hasta la idea de su “resurrección”
en los ojos de Basilio. Paralelismo
y superposición de estas dos
líneas, entre el erotismo y lo
sagrado, habilitados por la lectura
de dos grandes libros de Georges Bataille:
La literatura y el mal (1957), en torno
del principio de intensidad amoral,
y El erotismo (también de 1957),
donde analiza los estrechos vínculos
entre sexualidad, violencia y muerte.
Otra
faceta de su multiplicidad: en su devenir
narrativo, la historia de La Madonnita
experimenta mutaciones sustanciales.
Asistimos primero a la constitución
de un triángulo perverso (el
marido que saca fotos pornográficas
a su esposa junto al dealer que las
comercializa) por el pretexto del trabajo
y la empresa casera (Escena I); luego,
al pasaje del triángulo a la
figura de una pirámide de base
triangular (cuerpo de cuatro vértices)
en la que ya no tres sino cuatro personajes
están conectados entre sí
por el vínculo “canalla”
(Escena II), instancia en la que descubrimos
que el valor de las fotos de Filomena
no radica en la pornografía sino
en el erotismo: ella ama al Uruguayo,
la luz que emana en las fotos con “el
oriental” no se reduce a mero
mecanicismo sexual, es la luz del cuerpo
enamorado. Viene después la consumación
de la tragedia (en la elipsis de la
entre-escena madurativa que separa la
II de la III, y en la Escena III misma)
a través de la castración-cercenamiento
de la lengua del Uruguayo y el suicidio
de Filomena. Por último, la revelación
de la real existencia de La Madonnita
en los ojos de Basilio. Kartun regresa
en esta pieza sobre un tópico
constante de su universo discursivo:
la relación entre hombre y utopía.
La “quimera utopista” indispensable
para la existencia. En este caso insiste
sobre el tema del deseo como motor de
la vida y fundamento de valor de la
realidad, pero combinado con otro campo
temático: el de la inaccesibilidad
del ser/objeto amado, y una idea complementaria,
la de lo amado como construcción
del que ama. “Hertz: Para mí
[La Madonnita es] una imagen viva en
ese cuadrado de papel sensible. Para
el uruguayo un montón de palabras
rimadas en una libretita de tapas negras.
Para usted [a Basilio] una figura apretada
en el aire… (Un tiempo.) Dígame,
Basilio: ¿la mujer… existe?”.
En estas pequeñas “quimeras
utopistas” Kartun diseña
los correlatos metafóricos micropolíticos
de la otra Utopía, la macropolítica.
Su teatro es, en este sentido, manifestación
del pensamiento de resistencia antiposmoderna,
como señalamos en otra oportunidad[3].
2.
Kartun integra en La Madonnita dos de
sus grandes pasiones: las viejas palabras,
las viejas fotografías. Recordemos
el texto que escribe con motivo del
estreno de Rápido nocturno, aire
de foxtrot (1998): “Hacer cosas
con palabras viejas. A eso me he dedicado
con devoción en todos estos años.
Como las fotos, como esos añosos
objetos limados por el uso que guardan
en su desgaste el ademán mismo
de su hacer, tienen las palabras viejas
el don de contener, eternamente congelados,
a sus propios gestos. En el teatro de
texto duerme el sentido de las historias,
y más aun: sus sentidos, lo que
se siente. Su existencia sensorial”[4].
Las palabras y las fotografías
hermanadas, puestas en correlación.
Las palabras como cápsulas que
contienen la estructura sensorial del
mundo posible. La poética de
La Madonnita despliega al máximo
esa conexión y se construye sobre
otro juego de tensiones que recorren
todos los niveles del texto dramático:
las relaciones entre fotografía
y teatro.
Kartun investiga,
por un lado, en la teatralidad de la
fotografía: los telones pintados
y los pequeños tinglados, la
importancia de la luz y la presencia
de los cuerpos frente a la cámara,
el vestuario y los accesorios que contribuyen
a construir la dramaticidad de las poses
codificadas según el tipo de
fotografía. El estudio fotográfico
de Hertz se convierte así en
un “teatro dentro del teatro”.
Kartun investiga,
por un lado, en la teatralidad de la
fotografía: los telones pintados
y los pequeños tinglados, la
importancia de la luz y la presencia
de los cuerpos frente a la cámara,
el vestuario y los accesorios que contribuyen
a construir la dramaticidad de las poses
codificadas según el tipo de
fotografía. El estudio fotográfico
de Hertz se convierte así en
un “teatro dentro del teatro”.
Pero, por otro
lado, Kartun explora el sistema de oposiciones
de cada lenguaje en su especificidad,
la lucha de opuestos: el carácter
aurático, convivial, de pura
presencia viviente del teatro, enfrentado
a la intermediación técnica,
el procesamiento mecánico y químico
de la fotografía, cuyos signos
suplantan a los cuerpos ausentes; la
naturaleza efímera del teatro,
contra la capacidad fotográfica
de instalar permanencia. El teatro como
acontecimiento temporal perdido e irrecuperable;
la fotografía como registro perdurable
e infinitamente reproductible. El teatro
como experiencia de la muerte; la fotografía
como recuerdo constantemente vivo del
“esto ha sido”[5]. Pero,
finalmente, el paradójico reencuentro
de ambos lenguajes en la eternidad:
una eternidad presentada por el teatro
en el instante efímero, una eternidad
presentada por la fotografía
en la permanencia del instante[6].
En otro nivel
textual, la estructura dramática
de La Madonnita parece montada sobre
sucesivas fotografías “verbales”
que se van develando: revelando y velando.
O también al revés: de
su estado de velado al de revelado,
de su ocultamiento a su manifestación.
Por ejemplo, en las imágenes
que vamos componiendo en nuestra imaginación
del Uruguayo y que se van desmintiendo
unas a otras al comienzo: la noticia
de su primera huida, luego la noticia
de su muerte (Escena I), la noticia
de su regreso extorsivo, luego la de
su huida romántica con Filomena
(Escena II), hasta la consolidación
de las imágenes definitivas:
su presencia en el Carnaval y el horror
del cercenamiento (Escena III), así
como la visión de sus anotaciones
en su libretita de tapas negras (Escena
IV).
También
el texto espectacular ha sido pensado
por Kartun como una sucesión
de fotografías, de cuadros que
han logrado explicitar con sus magníficas
fotos Carlos Flynn y Carlos Furman.
En términos de R. Barthes (op.
cit.), en esos cuadros escénicos
el punctum está siempre en el
rostro de La Madonnita, y cuando ella
se ausenta en la extraescena, el punctum
se torna difuso, porque la mujer opone
con su presencia el centro de su cuerpo
a la descentración de las idealizaciones
de los hombres. Cuando ella se ausenta,
el punctum se instala en el interior
de los machos, como en el caso de las
pupilas de Basilio. La rotunda presencia
de Verónica Piaggio en cada “fotografía”
de las Escenas I y III es la afirmación
incontrovertible de la existencia corporal
de la mujer como centro de este universo.
La presencia de la actriz restituye
al cuerpo femenino el lugar central
de punctum que se ausenta, se interioriza
y se diversifica en muchos centros cuando
se desplaza a las idealizaciones masculinas.
Pero además,
como afirma Gabriel Bauret, la fotografía
es una práctica social popular,
que de alguna manera u otra atraviesa
a todos los sectores sociales[7]. Si
bien La Madonnita se centra en la actividad
de un fotógrafo profesional -Hertz-,
el personaje de Kartun produce fotografías
destinadas a la elaboración de
los álbumes familiares. Kartun
explota esta dimensión “minimalista”
de las fotos de Hertz: el registro de
la gente común, en su pequeña
historia, en su balbuceo. Lo micropolítico
-popular- llevado a la plena dimensión
simbólica: “Lo menos es
más”.
3. “Mezclar
desechos. Nunca he hecho otra cosa al
escribir mis piezas”[8]. La poesía
de lo viejo y de lo descompuesto atraviesa
todo el teatro de Kartun. Su escritura
-como dramaturgo y director- es un ejercicio
de serendipia: posee la capacidad de
ver tesoros donde otros sólo
encuentran desperdicios, basura, materiales
olvidables y despreciables. Su dramaturgia
se conecta así con una vasta
tradición simbólica argentina:
la que explota la “riqueza de
la pobreza”, variante nacional
del minimalismo (que se remonta al trabajo
con el “desierto” en Echeverría
y Sarmiento) y que lo emparenta con
la resilencia, con la capacidad de construcción
en tiempos de adversidad, con el don
de “hacer de necesidad virtud”.
La serendipia de Kartun nos hace descubrir
maravillas donde parecía no haber
nada. Eramos ricos y nos creíamos
indigentes. Nuevamente este elemento
funciona en la orgánica de todos
los niveles textuales de la dramaturgia
y de la puesta en escena: las viejas
palabras, las viejas costumbres, los
viejos objetos, los viejos espacios,
y también el viejo teatro, la
vieja literatura, las viejas manifestaciones
del arte popular. Hay en Kartun una
pasión por lo retro, por la estilización
presente de los lenguajes del pasado,
a su manera una forma de honrar y mantener
viva la memoria de lo muerto. Como en
su recurrencia al horror naturalista
de las tragedias de principios de siglo,
la truculencia escénica de Los
muertos de Florencio Sánchez
o Arlequín de Otto Miguel Cione.
Relatos patéticos sin matiz de
ironía, pura búsqueda
del estremecimiento catártico,
de la recuperación de una sensibilidad
perdida. Como hace con la lengua cortada
del Uruguayo mostrada por Basilio al
público en el pañuelito
ensangrentado con la filigrana de Filomena
Carmen.
4. Como los personajes
de Arlt, Filomena, Basilio, Hertz y
el Uruguayo son atorrantes metafísicos,
“monstruos chapoteando en las
tinieblas”[9] alentados por la
angustia que genera en ellos la necesidad
de un orden otro que los eleve y los
salve de la miseria. Bestias, “fieras”,
“monstruos de sinceridad”,
expresiones de un “realismo metafísico”[10].
“Personajes absolutamente fusionados
con la desgracia, demasiado altaneros
y demasiado idénticos a la grandeza
de la desgracia como para ser verdaderamente
desgraciados” (Masotta, op. cit,.
p. 13). Así aparecen en la Escena
IV
los asesinos
de La Madonnita, y en este sentido la
pieza sigue el esquema de “fenomenología
del mal” que Masotta descubre
en las historias de Arlt, especialmente
en el devenir de Silvio Astier (El juguete
rabioso): Basilio y Hertz se afirman
sobre la muerte de Filomena. Una antropología
negativa que identifica al hombre con
la traición, el placer de humillar
y ser humillado, la violencia, la (auto)tortura,
la perversión. Canallas a los
que “todo [les] duele”,
el análisis de cuyas acciones
continúa con la “introducción
de una gran crisis sobre el juicio valorativo
del mal”[11]. Antihéroes
trágicos, por su identificación
con la culpa, por la imposibilidad de
separarlos del mal.
5. Kartun encuentra
en su poética teatral una manera
de pensar, o de buscar, una identidad
de lo argentino. Su poética se
autodefine como metáfora epistemológica
de nuestra identidad cultural rioplatense.
Así nos lo señaló
Kartun en una temprana entrevista[12],
casi a la manera de un programa de investigación
permanente de la estética como
una política de existencia para
lo nacional. Poética teatral
de mezcla y cruces de la cultura alta
y la baja, que no reivindica ninguna
homogeneidad, que recupera las tradiciones
populares locales y transforma la experiencia
cotidiana del pasado y del hombre común
en poesía, que extiende a su
propia naturaleza esa identidad de “atorrante
y metafísica”, que preserva
el espíritu originario de la
lucha política, la utopía
y la resistencia -aunque más
no sea encarnados en metáforas
minimalistas- frente a una realidad
adversa que reclama nuevas construcciones.
Una poética que no se limita
a ser “tradicionalmente receptora”
de las poéticas europeas y norteamericanas
y reivindica el propio deseo, la realidad
de la propia experiencia[13]. Un teatro
bastardo. “Si buscamos el auténtico
aporte del teatro argentino a la escena
del siglo XX, lo encontraremos -en principio-
en su voluntad controvertida, irresuelta,
y culposa, de independizarse de la rigidez
canónica de los otros veintitrés
siglos precedentes. Su vergonzante a
veces, y otras veces orgullosa bastardía”
(op. cit., p. 77). Práctica de
la rebeldía y la insubordinación
a las estructuras de la cultura alta
extranjera, trabajo en el borde, en
el mestizaje. No en vano Kartun rescata
como la fundación de un teatro
identitario nacional el Juan Moreira
tosco y circense de Eduardo Gutiérrez
y José Podestá y a partir
de aquella “hibridez fundacional”
la aparición de “nuevas
mezclas”: el grotesco criollo,
la escena nativa, el teatro anarquista,
la revista porteña, el teatro
judío, hasta llegar a “nosotros,
los dramaturgos contemporáneos
argentinos” empeñados en
generar “una estética propia
que intenta no parecerse a ninguna”
(op. cit., p. 82). La Madonnita es realización
concreta de ese deseo.
[1]
M. Kartun, “El cuentito”,
en su Escritos 1975>2001, Universidad
de Buenos Aires, Libros del Rojas, 2001,
pp. 57-58.
[2] M. Kartun, “Rápido
nocturno, aire de foxtrot”, en
su Escritos 1975>2001, ed. cit.,
p. 120.
[3] Véase nuestra
Introducción a M. Kartun, Teatro,
Madrid, Casa de América, 1999.
[4] M. Kartun, “Rápido
nocturno, aire de foxtrot”, en
su Escritos 1975>2001, ed. cit.,
p. 123.
[5] R. Barthes, La cámara
lúcida. Nota sobre la fotografía,
Barcelona, Paidós, 1993.
[6] A. Badiou reflexiona
sobre teatro y eternidad en su “Teatro
y filosofía”, en Imágenes
y palabras. escritos sobre cine y teatro,
Buenos Aires, Manantial, 2005, pp. 115-135.
[7] G. Bauret, De la
fotografía, Buenos Aires, Editorial
La Marca, 1999.
[8] M. Kartun, “Rápido
nocturno, aire de foxtrot”, en
su Escritos 1975>2001, ed. cit.,
p. 119.
[9] Expresión
de la dedicatoria de Roberto Arlt a
su esposa Carmen Antinucci en El Jorobadito.
[10] Oscar Masotta,
Sexo y traición en Roberto Arlt,
Buenos Aires, CEAL, 1982, p. 13.
[11] Horacio González,
Arlt, política y locura, Buenos
Aires, Colihue, 1996, p. 7.
[12] Jorge Dubatti,
"El teatro de Mauricio Kartun:
identidad y utopía", en
Mauricio Kartun, Teatro, Buenos Aires,
Corregidor, 1993, pp. 279-286.
[13] M. Kartun, “El
aporte de América Latina al teatro
del siglo XX”, en su Escritos
1975>2001, ed. cit., p. 76.
Este
texto fue especialmente escrito para
el libro La Madonnita, de Mauricio Kartun
(Editorial Atuel, 2005)