JUEGO
DE ESPEJOS
“El balcón”
es una obra
de Jean Genet,
en la traducción
de Lore Berger.
Se presenta
en la versión
escénica
de Susana Anaine
y Lorenzo Quinteros
y dirigida por
Lorenzo Quinteros.
Esta obra trata
sobre un famoso
burdel. En sus
salones, los
clientes, pueden
hacer realidad
sus fantasías:
convertirse
en obispo, juez
o general. La
dueña
de ese prostíbulo
es Irma y está
protegida por
el jefe de policía,
al que le pasa
información
de su afamada
e influyente
clientela. La
hipotética
nación
en la que está
este burdel
está
inmersa en el
medio de una
revolución
popular que
toma por líder
a una de las
prostitutas
(Chantal). El
poder constituido
corre grave
peligro, a igual
que el prostíbulo.
Pero llega un
cliente –el
delegado de
la reina- y
les propone
reducir a la
revolución
y tomar el poder.
Así,
Irma se convierte
en reina, y
las instituciones
(justicia, militares
e iglesia) quedan
en manos de
los clientes
que satisfacían
en sus salones
sus fantasías
sexuales y el
jefe de policía
controlando
todo. Queda
el problema
de Chantal –la
insignia de
la revolución-
entonces, deciden
matarla en un
acto público,
desde “el
balcón”
del burdel y
así convertirla
en “santa”
y tomar su imagen
para su propia
causa. Queda
una cuestión
y es que el
jefe de policía
se siente frustrado
porque él
no es representado
en los salones
del burdel,
para de ese
modo alcanzar
la fama eterna
y poder erigirse
un mausoleo
eterno en su
gloria.
Cualquier semejanza
con nuestra
historia no
es casual. Es
adrede. Se juega
con los espejos
(en escena)
y la obra en
sí refleja
lo que ha sido
y lo que es
el poder en
nuestro país.
Los signos son
muchos: los
que se convierten
en juez, militar,
obispo o reina;
usan coturnos
–se elevan
hacia el poder
de pacotilla-.
Todos quieren
llegar al “balcón”
(al mismo que
se subió
Madonna). “Quieren
oropeles verdaderos,
que sirvan y
que los sirvan”
y sienten la
fascinación
por la propia
imagen pero
aparecen los
fotógrafos
para que sean
las imágenes
las que fascinen.
Las actuaciones
son todas correctísimas
y trasuntan
muchísimo
trabajo. Se
nota la mano
maestra de Lorenzo
Quinteros en
la dirección
de actores.
Pero hay que
destacar la
creación
de Pablo De
Nito que realiza
un trabajo extraordinario
en cuanto que
va desde el
cliente timorato
y reprimido
que llega al
burdel y que
se convierte
en un general
despiadado,
heroico y encumbrado
que cabalga
sobre el campo
de batalla montado
en su yegua
“Paloma”
(una prostituta
– Romina
Moretto- que
lo acompaña
muy bien a De
Nito). Logra
mostrar la trasformación
del personaje
y transmitir
todo lo absurdo
de la situación
desde su calidad
actoral a la
que nos tiene
acostumbrados.
El espacio escénico
está
trabajado de
manera notable.
Basado en tarimas
elevadas y móviles
que se transforman
en los distintos
salones del
burdel, en el
cuarto de Irma,
en el balcón
a donde se suben
los “dignatarios”
y donde es asesinada
Chantal”,
en la ciudad
destruida y
es el signo
palmario de
la realidad
“acomodable”
a la situación
que se requiera.
Los escenógrafos
son Gabriela
A. Fernández
y Ariel Vaccaro.
También
es responsabilidad
de Gabriela
A. Fernández
el diseño
del vestuario
que es impecable.
No hay detalle
dejado al azar:
los disfraces
que utilizan
los clientes
que luego se
convertirán
en “investiduras”;
el vestido,
la capa y la
peluca de la
reina; la ropa
de las prostitutas.
Cada personaje
tiene su toque
distintivo,
perfectamente
adecuado. Un
trabajo preciosista
y enorme.
También
hay que destacar
la iluminación.
En las escenas
que transcurren
en el burdel,
la luz refleja
en el suelo
de la sala la
delimitación
de los pasillos
de cada salón.
En la escena
en que aparecen
los clientes
disfrazados
como reales
se los enfoca
con un frontal
a manera de
espectáculo
circense. Esto
a modo de ejemplo.
Este aspecto
de la obra es
responsabilidad
de Lorenzo Quinteros
y Sebastián
Blutrach.
“El balcón”
es una obra
basada en la
simbología
y es imposible
verla sin hacer
la lectura de
lo que ha sido
y es el juego
de poder en
la Argentina.
Porque de eso
habla: del poder.
Descarnada y
furiosamente
del poder. Lorenzo
Quinteros dice
que es una obra
ineludible y
esa es la palabra
exacta. Está
en escena. Y
es tanto insoslayable
como inevitable
verla.