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Reportaje
 REPORTAJE A LORENZO QUINTEROS

"La única manera que tiene un artista de ser artista es ser independiente"
CT.- Vos siempre apostante al teatro independiente, como actor, como director, tenés tu propio teatro, sos un artista del teatro independiente…
LQ.- Yo soy independiente por vocación. Yo creo que el teatro siempre tiene que ser independiente, independiente de criterio. No creo en la gente que hace programaciones presionada por cualquier razón, ya sea ideológica, de taquilla y que
no se basa en los valores artísticos, estéticos para elegir un espectáculo y mucho menos para armarlo, para producirlo, producirlo en todo el sentido de la palabra. La única manera que tiene un artista de ser artista es ser independiente. Después, hay vericuetos en todo esto, sabemos que Dostoievski escribía mejor cuando lo hacía por encargo, pero esas son cuestiones de otra índole.
CT.- ¿Cómo ves el teatro independiente en la actualidad?
LQ.- El teatro independiente argentino pasó por muchos procesos; estuvo muy identificado con la izquierda desde el comienzo. Eso le dio fortaleza en un sentido, y debilidades en otros. Igualmente, hay un período que no está del todo dilucidado y que de alguna manera coarta el desarrollo orgánico, armonioso y feliz del teatro argentino y es el que en su momento estuvo más asociado a la comedia, no es casual que después se puso muy dramático, serio; eso con el tiempo se ha ido modificando. Tiene mucha importancia lo que pasó en los años ’70 y ’80. Aunque no fueron momentos de gran producción, pero sí de crisis y de contradicciones y en los ’90 se produce un fenómeno teatral, que yo creo que es muy válido. La generación de los ’90 sigue siendo independiente, pero con otras características: no está asociado a ningún partido político, ni a ideología alguna, ni esquemas predeterminados y logra renovar verdaderamente la dramaturgia y los procedimientos teatrales que venía de los años ’60 y ’70. Pero al mismo tiempo, no sé si llamarlo del todo independiente, porque está muy dependiente de lo que pasa con el Instituto Nacional de Teatro y con Proteatro, que por suerte existen, porque si no estuvieran esos subsidios desaparecerían muchas salas chicas y muchos grupos chicos, y esto habla, al final de cuentas, de una debilidad de este teatro.
CT.- A los grupos nunca le alcanza el dinero que otorgan los subsidios…
LQ.- No, no, a las salas tampoco. Yo voy a cerrar El Doble. Con las salas pasa lo mismo, pero no es que el Instituto o Proteatro discrimine y le dé más dinero a las salas que a los grupos, al contrario, yo te diría que dentro de esa pobreza con la que nos manejamos todos, hay un cierto privilegio para los grupos, porque estos reciben, a veces, algunos de los subsidios y además tienen el beneficio del 70 % de la recaudación por entradas, el 30 %, por lo general, a las salas no le alcanza para nada. Y los subsidios para las salas tampoco alcanza, hay que eyectarles dinero de afuera o personal, como en mi caso, que viene de los cursos, que es una de las variantes más generalizada. Los talleres de teatro que funcionan en los teatritos son, en realidad, los que sostienen los teatros. Deja de ser una escuelita para convertirse en un teatro-escuela y eso le da cierta jerarquía, pero al mismo tiempo es muy cansador. Yo lo he vivido en El Doble, los grupos presentan su espectáculo, se van y te dejan una nostalgia, a veces linda, pero nada más. El barrio no se moviliza con el teatro de la cuadra, cuando van al teatro vienen al centro, creen que el que tienen al lado de la casa es una porquería hecho por desocupados y bohemios.
A mí, lo que más me interesa, en todo caso, es la nueva dramaturgia, los nuevos directores, los nuevos actores, más que el teatro en sentido edilicio, eso puede desaparecer y creo que no cambia mucho las cosas.
CT.- ¿Por esos cerrás El Doble?
LQ.- Cierro porque estoy cansado. Estoy cansado de trabajar en soledad, en soledad en sentido social. Para eso prefiero poner toda mi energía y mi cabeza en producciones artísticas y no en administrar un lugar, se te va la energía en la administración de un espacio: hay que pagar la luz, los vecinos se quejan, se reventó un caño y no tenés plata para arreglarlo; se torna algo que te angustia. Estoy dejando mi profesión para cuidar una casa, te transformás en un cuidador. (sonríe, hace también alusión a la obra “El Cuidador” que dirigió en El Doble, sobre textos de Harold Pinter)
CT.- Los vecinos ¿no se sienten identificados con el teatro del barrio?
LQ.- No quiero generalizar, hay algunos que son mucho más propicios, pero en el que estoy yo, no. Hay barrios que tienen identidad propia: La Boca, Mataderos; en La Boca se dio el fenómeno de Catalinas Sur, empezaron hace más
de veinte años en una plaza, los vecinos querían hacer teatro, yo los iba a ver ahí, pero Villa Crespo es un barrio que ha perdido su identidad, es un barrio híbrido. Esta hibridez no sucede por casualidad, viene de crisis económicas que hicieron que la gente emigrara y buscara otros lugares, se fuera del país, vinieran inmigraciones nuevas, llevará mucho tiempo para que vuelva, o no, a tener una identidad. Estoy leyendo Adan Buenosayres de Marechal, que transcurre en Villa Crespo, es una Villa Crespo que ya no existe.
CT.- El teatro independiente ¿tiene una corriente de público propia?
LQ.- En proporción al tamaño de esta ciudad, el teatro independiente no tiene una corriente. Para hablar de una corriente, habría que hablar de veinte mil, treinta mil espectadores que lo sigan, por lo menos. Está comprobado que un éxito puro de teatro independiente no pasa de los cuatro mil, cinco mil espectadores; pero que realidad no es un público de teatro independiente, en un público que busca teatro de arte, no importa donde esté: si está en el San Martín, van a verlo al San Martín; si lo produce Romay, van ahí y si lo hace un teatrito de
Almagro, van a Almagro; pero son muy poquitos en relación al tamaño de una ciudad donde ha habido éxitos de más de un millón de espectadores (recuerdo Brujas, las obras de Pinti). También hay que hablar de algo que es bastante característico de Buenos Aires y es la moda. Si un teatro está de moda, la gente va, somos muy snobs. En cambio en Montevideo hay un público cautivo por el teatro independiente mucho mayor que acá, en proporción. Es una ciudad mucho más chica y sin embargo la gente se entera más fácilmente de donde hay un espectáculo que hay que ver porque tiene calidad, porque tiene trayectoria. En Buenos Aires ese público es muy reducido. Los teatros que no se ocuparon de la moda, como es el caso de El Doble, porque no me interesa y además porque la considero dañina para el arte, tiene el público que tiene que tener de acuerdo a la calidad de la obra, no tiene un público plus snob que va a encontrarse con otra gente o para ver como está la onda.
CT.-
Por tu trayectoria, tanto de actor como de directo, se nota que te gustan los desafíos…
LQ.- Sí, si no me aburro. Yo no podría hacer algo que ya sé como se hace. Ante obra mías hay gente que me ha dicho “yo no sabría nunca como hacer esto”, eso es lo que me gusta: enfrentarme a algo que tengo que descubrir. La palabra desafío, a veces suena demasiado pomposa. Es el procedimiento del arte en general, el actor no es un interprete, a mi modo de ver, no es alguien que hace algo que ya está escrito y ya sabe como lo tiene que hacer. El actor es un artista y, por lo tanto, con su cuerpo, con su inteligencia, con su imaginación, crea un mundo, utilizando un texto, que puede ser la guía telefónica, eso es lo de menos. Para El Resucitado utilicé un cuento de Zola que no estaba escrito para teatro, la obra de Macarini (autor de “Siempre lloverá en algún lugar”), si bien estaba escrita para teatro, mucha gente que la había leído me dijo que no tenía la menor idea de cómo se podría hacer, porque es una obra rara. Esas son las cosas que me movilizan, me colocan ante una situación de verdadera creatividad, sino me aburro.
CT.- ¿Qué opinás de la crítica?
LQ.- La crítica tendría que tener la necesaria o la máxima objetividad posible. Poder observar el fenómeno teatral sin ningún tipo de compromiso o ataduras. Esas ataduras pueden ser la amistad, buscar algún mérito en apoyar una corriente determinada,
hay muchas maneras de estar ligado. Hay críticos que son amigotes de los actores, de los directores, de los autores, esos ya sonaron. Es muy difícil para un crítico tomar distancia y poder observar el fenómeno teatral con cierta equidistancia, pero por lo menos el intento es válido. El crítico tiene que tener una posición crítica frente a su época, debe poder contextualizar el espectáculo. Hay críticos que se olvidan de eso y juzgan por igual a una obra en el San Martín que a una de un teatro de cien localidades, donde no hay dinero para producción, y no es lo mismo, no podés descontextualizar una obra de arte.
Otra cosa que tienen que saber es que pertenecen al campo teatral y no al campo de la crítica, porque he notado muchas veces que los críticos escriben para los críticos. Hay críticas que son absolutamente ilegibles para una persona que no haya leído a Saussure, por lo menos, tenés que estar absolutamente empapado de toda la corriente científica del lenguaje de los últimos cien años para poder leer una crítica, y eso es un disparate. El crítico tiene que escribir para la gente del teatro y desde el campo teatral, porque es ahí donde está aportando; me parece que esa es la palabra, él tiene que sentir que aporta, siendo crítico, al mejoramiento del teatro. También tiene que sacarse ese rótulo de creerse dueño de la verdad, sentirse el representante del espectador, eso es una mentira. Hay algunos que quieren que la gente los siga a ellos y dicen qué espectáculo hay que ir a ver y cual no, cual es bueno y cual es malo y no tenés que verlo, y es al contrario, porque a veces un espectáculo malo tenés que verlo porque puede servir al proceso teatral. Yo no desvalorizo la crítica, a mi me parece importante.
CT.- ¿Cuál es tu próximo proyecto?
LQ.- En marzo empiezo a dirigir una obra de Leopoldo Marechal, la escribió en 1952, es su única comedia, se llama “Las tres caras de Venus”. Tiene elementos muy recurrentes de Marechal, por eso estoy releyendo el Adan Buenosayres. Trata sobre la relación del hombre con la mujer, tiene mucho humor, podría decir que es una comedia candorosa. No es un gran desafío, pero sí me atrae dirigir
una comedia de época, que no lo había hecho antes, eso es lo que quiero hacer, es un trabajo distinto.
CT.- ¿No te da tristeza cerrar El Doble?
LQ.- Sí, siento tristeza. Pero al mismo tiempo me pasa que, ante las cosas que tengo que dejar en mi vida, me da una energía nueva. Me deja ante un vacío y tengo que ver para donde voy. Me deja a la intemperie y eso también me gusta. Es la autoprovocación: y ahora ¿qué hago?. Otro desafío.-
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