El
ESPACIO DE LA REPRESENTACIÓN
No
sería insensato afirmar que todo espacio
es un espacio de representación. Suponiendo
que se pudiera reunir ciertas condiciones, estas
condiciones no surgen de una técnica
particular, ni siquiera de una preparación
adecuada. El espacio físico, el espacio
concreto, mensurable, definido, es o puede convertirse
en un espacio de representación.
Las
condiciones cuya naturaleza querría precisar
dependen únicamente de la teatralidad
de la misma de la existencia. Y la esencia de
esta teatralidad es, quizás, la necesidad
mayor del hombre de comunicarse con los demás.
El hecho teatral condiciona el lugar, o antes
bien, lo genera. Esta transformación
es posible cuando al menos dos elementos pueden
reunirse: una parte activa o emisora del mensaje
y una parte pasiva, receptiva, captadora; si
estas dos partes se confunden y provocan un
intercambio, el hecho teatral desaparece, pero
podría comenzar a serlo a su vez con
la condición de que sea registrado, visto
o percibido por una parte pasiva. Dicho de otro
modo, la mirada es el componente obligatorio
del hecho teatral. Pero entonces, ¿podría
decirse que al presenciar la discusión
banal entre dos desconocidos en el mismo vagón
de subterráneo, asistimos a un hecho
teatral? Sí y no. Ya que si nos sentimos
implicados en la misma preocupación,
nuestra teatralidad podrá únicamente
ser apreciada por otros. El hecho teatral requiere,
para ser considerado como tal, una focalización
desde una parte pasiva, que podríamos
llamar ya “el espectador”
Estas
condiciones son en realidad un preámbulo
que pretende ubicar el espacio de la representación
allí donde la imaginación del
espectador podría situarlo. Hasta aquí,
la creación no interviene. Siendo el
hecho teatral percibido e inclusive dependiente
del espectador, que aísla o focaliza
la parte de la teatralidad que le interesa.
Ya que aislar, focalizar, mirar, constituyen
un comportamiento que implica desde ya la percepción,
potencial activo de la parte pasiva sin la cual
el hecho teatral no puede existir. Un gesto,
un discurso, un sonido debe encontrar una recepción
para poder crear este hecho nuevo, original,
que es el hecho teatral.
Otros
elementos más sutiles, pero menos precisos,
deben formar parte de este hecho: una unidad
del tiempo entre los que miran y los que actúan,
que hacen de éste un acto único,
vivido en el mismo espacio, o al menos en el
mismo tiempo.
Si
el hecho teatral puede ser percibido imprevistamente
en nuestra vida cotidiana de espectador, su
alcance difiere en mucho del de aquel que uno
se prepara para recibir en un lugar preciso
y determinado para la ocasión. En efecto,
el espectador aficionado que somos de los acontecimientos
que se desprenden de nuestra propia teatralidad,
al manifestarse en un lugar determinado que
sirve de escenario del acto teatral, se profesionaliza,
es decir determina voluntariamente su calidad
de espectador, colectivizando así un
acto aislado. Es, por lo tanto, bajo el prestigio
de un ritual organizado como el fenómeno
teatral encontrará su más grande
alcance. Aquí, el voyerismo amateur se
funde en una mirada colectiva y la improvisación
no figura en el programa.
Es,
por lo tanto, en este lugar bien preciso donde
van a encerrarse los gestos y los parlamentos
de unos para ser mostrados a la contemplación
de otros, cuyos usos y significación
va a tratarse de determinar.
El
espacio de la representación constituye
por excelencia el lugar donde se sitúa
este hecho teatral; allí donde va a operarse
la trascripción de un ritual preparado
de antemano, la página blanca reservada
para la puesta en escena. El espacio escénico
independientemente de sus dimensiones, sus características
o sus especificidades particulares, es el lugar
de la revelación; el lugar preciso donde
la experiencia teatral por excelencia va a verificarse.
Una experiencia determinante y sujeta a su propia
estructura física; la nación literaria
o filosófica, e incluso visual, encontrará
su derecho de tránsito. La idea dramática
o dramatúrgica, las palabras en suma,
podrán llenar el espacio y transformarse
en palabras de teatro, en gestos de teatro o
en sonidos de teatro. El espacio de la representación
sería entonces el lugar catalizador que
haría de un texto hablado, de una conversación
o de un discurso, un texto dramático,
un gesto dramático, un acto teatral expuesto,
como en una vidriera, para ser focalizado, observado
y escuchado por un auditorio. El espacio de
la representación sería entonces
el lugar de nacimiento de la teatralidad preelaborada,
la cuna de un arte para el cual el tiempo que
reúne a los actores y a los espectadores
es forzosamente el mismo.
Si
el tiempo real es un componente indispensable
del acto teatral, quiere decir que la especificidad
de este acto así lo exige. No hay teatro
retrospectivo. La vocación del teatro
está directamente ligada a la duración
y a la división de este tiempo real en
dos partes bien distintas que llamaremos el
tiempo de la representación.
José
Tcherkaski, 1983, EL TEATRO DE JORGE LAVELLI
(El discurso del gesto), Editorial de
Belgrano, pp. 183/185
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