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Dimensiones Míticas y Clásicos Modernos

           “… Por cuanto la ritualización de la acción, las presentaciones de las obras de Beckett por él mismo son su mejor indicador. En su dirección de Godot y de Días Felices (Berlín 1975 y 1971), subrayó la situación a expensas del contenido, dando forma a las obras por medio de movimientos y gestos exactamente repetidos, que hacían eco a las repeticiones del diálogo, mientras que en Fin de partida (Berlín, 1967) su principal preocupación fue crear una geometría simétrica de pautas visuales. La silla de Hamm debía estar en el centro preciso del escenario; su postura, al final, sería idéntica a la del principio, y en la secuencia de la oración los tres pares de manos y las cabezas inclinadas debían formar triángulos equiláteros perfectos. En cierto nivel, la obra es una inversión del mito de la creación, con el avance de la acción-“Ya no hay más ruedas de bicicletas… Ya no hay más naturaleza… Ya no hay más marea…no más luz…no hay nada que decir”- y la reacción de Clov, “ Nada… nada…bueno….bueno….nada”(20) al contemplar el vacío exterior (en la producción de París, 1964) Beckett suprimió todas las referencias al niñito visto en el campo en una inversión caso palabra por palabra del Génesis, más la primera frase del Evangelio de San Juan: “ En el principio existía el verbo”, “la tierra no tenía forma, estaba vacía.. Y Dios dijo, Hágase la luz… que las aguas bajo el cielo se junten… Que la tierra produzca seres vivos a su imagen, ganado y seres reptantes… y Dios vio que era bueno.” Aplicada a este universo que se desintegra, la pauta precisa a la que Beckett se refirió específicamente como “pitagórica”, representando ideales de armonía y de proporción, resulta amargamente irónica. Este efecto de artificio negativo, que también se extiende al diálogo en que Beckett impone una separación total de la palabra y el gesto, la pregunta y la respuesta, así como un incoloro modo de hablar en staccato, también reduce la acción al nivel de “juegos”, y la producción subrayó la imagen ajedrecística del título. Los rostros rubicundos de Hamm y de Clov contrastaron con la blancura de los de Nagg y de Nell, Clov se movió siempre en zigzag: los dos cuadros del caballo, dos hacia delante y una hacia un lado, mientras que el papel de Hamm fue explicado al actor como “el rey de esta partida de ajedrez, perdida de antemano. Sabe desde el principio que no ha hecho más que jugadas insensatas”.(21) (En una posición final, en que sólo quedan rey y caballo, el jaque mate es imposible.)

(20) Beckett, Endegame, Nueva York, 1958, pp, 8, 11, 62-63, 79, 78.
(21) Beckett, citado en Materialen zu Becketts Endspiel, Frankfurt. 1968, p.83.

      La ritualización de Beckett tiene poco en común con la vanguardia por sus propósitos, aunque sí haya un claro traslape de forma. En contraste con el empleo de formas rituales primitivas casi religiosas para obtener efectos hipnóticos o subliminales, en Schechner o el Living Theatre, las formas geométricas de Beckett subrayan la artificialidad, antes que el “noble artificio” y amenazan constantemente con reducir sus temas a juegos con el doble significado de la palabra play (que significa obra o juego) también los conscientes chistes de music-hall que nos recuerdan que sólo es teatro:”Veo una multitud… en transportes de alegría” (Clov, con el telescopio apuntando hacia el público), “ al final del pasillo de la izquierda” (Estragon a Vladimir, que se va corriendo tras bambalinas para defecar). Los sociólogos han comparado los juegos con repeticiones rituales de combate, pero la significación primaria de los juegos para Beckett es que el jugar se vuelve su propia justificación y no tiene ninguna pertinencia con la acción real o propósito exterior, siendo una negación del “significado” la única afirmación significativa posible en el mundo absurdo… y esto se extiende para incluir al teatro: por ello, el doble significado de play recibe tanto peso en la dramaturgia de Beckett. El dramaturgo se ha puesto en la posición de Vladimir y de Estragón, cuyas acciones son “deportes de todas clases” para “pasar el tiempo”, y en Fin de partida el escenario literalmente se convirtió en el tablero con el que había sido (retóricamente) comparado en Esperando a Godot. Durante todos los ensayos, Beckett se refirió a Fin de partida “simplemente como una base para actuar” y en un momento de insólita franqueza, comentó:

El vinculo entre los individuos y las cosas ya no existe… ¡Hay tantas cosas! El ojo es incapaz de captarlas así como la inteligencia de entenderlas…Por consiguiente, creamos nuestro propio mundo, un univers à part, para retirarnos… para escapar del caos a un mundo cada vez más sencillo… Yo he simplificado progresivamente situaciones y personajes, toujours plus simples… En esto se encuentra, para mí, el valor del teatro. Podemos poner en pie un pequeño mundo con su propias reglas, ordenar el juego como en un tablero de ajedrez… En realidad, hasta el juego de ajedrez es demasiado complicado.

Christopher Innes, 1981, El teatro sagrado El ritual y la vanguardia, Lengua y Estudios Literarios, México, pp. 231/232.

(22)Ibid., pp. 38, 49, 65, 90-91.
 

 

 
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