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Forjadores de Mitos

           Al leer en los diarios las criticas de Antígona de Anouilh puesta en escena por
Katharine Cornell (1) , he recibido la impresión de que la pieza provocó un cierto malestar
En el espíritu de los críticos teatrales neoyorkinos. A muchos les llama profundamente la atención que un mito tan antiguo haya sido llevado al teatro. Otros le reprochan al personaje de Antígona que no sea viviente ni verosímil y que no sea lo que en la jerga
Teatral se denomina un “carácter”. Creo que el malentendido proviene del hecho de que los críticos no estaban informados sobre lo que pretenden hacer los jóvenes dramaturgos franceses, aun cuando pertenezcan a distintas corrientes y tendencias.
         En Francia se ha hablado mucho de un “retorno a la tragedia”, de un “renacimiento del teatro filosófico”. Estos rótulos se prestan a confusión y ambos deberían ser rechazados. La tragedia, para nosotros, es un fenómeno histórico que triunfa entre los siglos XVI y XVII y que no tenemos ningún deseo de resucitar. Tampoco nos preocupamos por producir piezas filosóficas, si por piezas filosóficas entendemos las deliberadamente concebidas para ilustrar la filosofía de Marx, de Santo Tomás o la del existencialismo. Sin embargo esos rótulos tienen una parte de verdad: en primer lugar es un hecho que estamos preocupados por innovar que por retornar a la tradición; también es verdad que los problemas que queremos tratar en el teatro son muy diferentes de los que nos preocupaban antes de 1940.
         Tal como lo concebíamos en el período entre las dos guerras, y como posiblemente se lo concibe todavía hoy en los Estados Unidos, el teatro es un teatro de caracteres. La confrontación y el análisis de los caracteres eran la preocupación principal del teatro. Lo que llamamos “situación” tenía por objeto único poner de relieve los rasgos fundamentales del carácter. Las piezas más destacadas de este período han sido estudios psicológicos, un cobarde, un mentiroso, un ambicioso o un frustrado. A veces el dramaturgo se esforzaba por aclarar los mecanismos de una pasión –usualmente el amor- o analizar un complejo de inferioridad.
         Justipreciada desde ese ángulo, la Antígona de Anouilh no es un carácter. Tampoco es el simple soporte de una pasión que deberá desarrollarse según las reglas admitidas de una psicología dada. Ella representa una voluntad al desnudo, una opción pura y libre; no podemos distinguir en ella la pasión de la acción. Los jóvenes dramaturgos franceses no creen que los hombres tengan en común una “naturaleza

(1) Conferencia que Sartre pronuncio a propósito del estreno de Antígonade Jean Anouilh, representada por primera vez en Nueva York en 1946 en una adaptación inglesa de Lewis Galantiere.

humana”, dada un vez por todas y que puede alterarse bajo el efecto de unas situación dada. No piensan que los individuos puedan ser presa de pasiones o de manías que encuentran su explicación a partir de la herencia, del medio y de la situación. Lo universal a sus ojos no es una naturaleza sino las situaciones en las cuales encontramos al hombre, es decir que ya no se trata de la suma de sus rasgos psicológicos los extremos a que llegan las partes.
          Para ellos, el hombre no debe ser definido como un “animal pensante” o “social”, sino como un ser libre, totalmente indeterminado y que debe elegir su propio ser antes determinadas necesidades que lo vuelven un ser comprometido, en un mundo que trae consigo factores a la vez amenazantes y favorables, entre otros hombres que han hecho su opción antes que él y que ya han decidido en virtud de tales factores. Ese hombre está confrontado con la necesidad de trabajar y de morir, de ser arrojado a un mundo que ya está ahí y que sin embargo es su propia aventura y nunca podrá retomar el rumbo dado: un mundo en el que hay que jugar sus cartas, enfrentar los riesgos cueste lo que cueste. Por eso sentimos la necesidad de llevar al teatro ciertas situaciones que aclaran los principales aspectos de la condición humana, y de hacer participar al espectador en la opción libre que el hombre hace en esas situaciones.
          Por consiguiente la Antígona de Anouilh puede haber parecido abstracta ya que no está presentada como una princesa griega, formada por ciertas influencias y ciertos recuerdos horribles, sino más bien como una mujer libre sin rasgos de carácter que no haya elegido ella misma en el momento en que afirma su libertad ante la muerte, a pesar del tirano triunfante. Del mismo modo, aunque el burgomaestre de Vaucelles en           Las bocas inútiles (2) de Simone de Beauvoir debe decidir si salvará su villa sitiada sacrificando la mitad de sus habitantes (mujeres, niños, viejos) o si arriesgará llevarlos a la muerte en la tentativa de salvarlos a todos, no nos preocupamos por saber si es sensual o frío, si tiene complejo de Edipo o si posee un temperamento irritable o alegre. Naturalmente, según sea temerario imprevisor, vanidoso o pusilánime adoptará una decisión distinta. Pero no vemos qué interés hay en arreglar de antemano las motivaciones o las razones que forzarán inevitablemente su elección. Antes bien nos preocupamos por evidenciar la angustia de un hombre que es a la vez libre y pleno de buena voluntad, que procura descubrir con toda sinceridad el partido que debe tomar y que sabe que al decidir el destino de los otros está eligiendo al mismo tiempo su propia regla de conducta, decide de una vez por todas si será un tirano o un demócrata.

(2) Pieza en dos actos representada por primera vez en noviembre de 1945 en el Theatre des Carrefours

          Si uno de nosotros llega a presentar un carácter sobre el escenario, lo hace únicamente con el objeto de librarse inmediatamente de él. Por ejemplo, Calígula, al comienzo de la pieza de Camus que lleva ese título, tiene un carácter (3). El espectador es inducido a creer que aquél es dulce y bien educado, y sin duda lo es. Pero esa dulzura y esa modestia se evaporan de pronto cuando el príncipe hace el tremendo descubrimiento del absurdo del mundo. A partir de aquí eligirá ser el hombre que persuade a los otros hombres de tal absurdo y la pieza no hace más que relatar de qué manera lleva a cabo su proyecto.
          El hombre libre en los límites de su propia situación, el hombre que elige, lo quiera o no, elige para todos cuando lo hace para sí. He aquí el tema de nuestras piezas. Para reemplazar un teatro de caracteres proponemos un teatro de situaciones; nuestro objetivo es explorar todas las situaciones que son más comunes a la experiencia humana, aquellas que se presentan por lo menos una vez en la mayoría de las vidas. Los personajes de nuestras piezas no difieren unos de otros como un maní roto difiere de un avaro o un avaro de un espléndido, sino más bien tal como los actos divergen o se interfieren, tal como el derecho puede entrar conflicto con el derecho. En ese sentido se puede decir con justicia que estamos vinculado a la tradición corneliana.
          Será fácil comprender, pues, por qué nos preocupamos poco por la palabra “justa”, la que revelará de pronto todo el proceso de una pasión, ni por “el acto” que parecerá el más verosímil e inevitable a los espectadores. Consideramos que la psicología es la más abstracta de las ciencias puesto que estudia los mecanismo de nuestras pasiones sin reubicarlas en su verdadero contexto humano, sin tener en cuenta el plano oculto de los valores religiosos y morales, los tabúes y los imperativos de la sociedad, los conflictos entre las naciones y las clases, los conflictos entre los derechos, las voluntades, las acciones. Para nosotros el hombre es una empresa total en sí misma y la pasión forma parte de esta empresa.
          De ahí que nos remitamos a la concepción que los griegos tenían de la tragedia. Para ellos como para Hegel (4), la pasión no era jamás un simple rapto afectivo sino siempre, fundamentalmente, la afirmación de un derecho. El fascismo de Creonte, la obstinación de Antígona - para Sófocles y Anouilh-, la locura de Calígula para Camus son a la vez arrebatados resentimientos que tienen su origen en lo más profundo de nuestro ser y expresan una voluntad inquebrantable, constituyendo la afirmación de sistema de valores y de derechos, tal como los derechos de los ciudadanos, de la familia de la moral individual, la moral colectiva, el derecho de matar, el derecho de revelar a los seres humanos su condición lamentable y así sucesivamente. No rechazamos la psicología, seria absurdo: integramos la vida...”

(3) Calígula se representó por primera vez el 26 de setiembre de 1945 en el Theatre Héberlot.
(4) Hegel se ocupa de la tragedia griega principalmente en su Estética
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Sartre Jean-Paul, 1979, Un teatro de situaciones, Textos escogidos y presentados por Michel Contat y Michel Rybalka, Editorial Losada, Buenos Aires, Argentina, pp 41/45
 

 

 
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