El
texto, vampiro de la actuación
"...no
creo en el valor de los textos salidos de aquellos
sucesos y acontecimientos que se producen en
el escenario, que tampoco puede ser transmitidos
por las didascalias, esa palabra hermosa que
los autores han inventado para nombrar los comentarios
de la escena. Lo más importante que pasa
ahí es la fuerza y la energía
con que se actúa ese texto, pero la actuación
no está ni podrá estar nunca dentro
del texto, nunca podrá estar esa energia,
esa decisión, esa voluntad de existencia
que yo busco cuando dirijo un espectáculo.
Siento el texto tan ajeno a mi como si me propusieran
transmitir el diseño de la iluminación
de ese espectáculo, porque a alguien
le podría interesar el tratamiento de
la luz. Es un tanto extremo pero es casi la
sensación de que quedaría muy
reducido mi trabajo, quedaría colocado
en un lugar de autor o de dramaturgo, y no es
ésa mi forma de ubicarme en el teatro.
Esa es mi resistencia.
(...) El texto ha tenido siempre
una supremacia ideológica en relación
con la forma y el cuerpo, y se ha ido cristalizando
la creencia de que el relato textual es el relato
de los sucesos escénicos, y lo sucesos
escénicos no tienen nada que ver con
el relato textual, porque está en juego
una situación de otro orden. Primero,
una situación de carácter orgánico.
Hay cuerpos, organicidad corporal, sangre, musculatura,
química, energías de contacto
que se van a poner en movimiento. Lo otro, el
texto, es una excusa para eso. Lo otro es una
obra que se llama "El pecado que no se
puede nombrar" y una suscesión de
movimientos y de testos que se van a decir rigurosamente
igual que una estructura, pero eso va a funcionar
como una malla, donde una va a hacer cabriolas.
Las cabriolas son las posibilidades de múltiples
combinaciones en el relato, el relato de lo
que se está diciendo, el sentido, el
sentido de por qué se actúa, de
lo que está en juego, el contacto con
el otro, la competencia casi deportiva de ver
hasta dónde jugás, hasta dónde
soportás el juego de la actuación,
porque la actuación es un juego de una
complejidad y de una energía muy curiosas.
(...)
La palabra, y sobre todo la palabra escrita
-que produjo la revolución total a causa
del fenómeno de la imprenta-, ha funcionado
siempre como égida y elemento vinculado
a la ley y por ende al padre, y nosotros percibimos
en la actualidad de manera tremenda el dominio
de lo que seria la dependencia de la escritura.
La literatura empezó a funcionar como
un vampiro de la actuación y cuando apareció
la escritura poética, la ctuación
adoptó moralidad. La religión,
que la habia prohibido durante novecientos años,
dijo: "Ah, esto está bien, estás
son las formas cultas".
El
texto y la poesía le dan una legalidad
a esa otra cosa perversa primitiva y desagradable
que es que alguien quiera actuar, porque sabe
que hay otra cosa mejor que lo que le pasa en
la vida: que ahí, cuando actúa,
vive intensamente, de manera más pura
y más plena. Durante muchos siglos la
actuación intentó escapar a es
dominio que habia ejercido la literatura y siempre
hubo un malentendido, que legalizaba el teatro
en relación con la escritura, se creía
que el texto era el alma de la obra. Se decia
que "se representaba" el texto, se
hacia algo ya existente, no se creaba realidad,
no se tomaba el teatro como una idea autónoma.
Las
formas dominantes, pedagógicas que se
fueron imponiendo durante el siglo, favorecieron
eso: el naturalismo, cierta lecturas de la textualidad,
el formalismo, el automatismo, para no hablar
de los groseros mamotretos del teatro culto
o del teatro comercial. La noción de
que actuar era someterse, que ser buen actor
era ser buen intérpetre de eso que ya
existía antes de su intervención.
En este sentido, creo que la preeminencia del
valor de lo literario es más ideológica
que estética."
Bartís
Ricardo, 2003, Cancha con Niebla.Teatro
Perdido: fragmentos, Bs As, Atuel teatro.
Edición de textos e investigación
Jorge Dubatti. pp 12/14. |
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