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“Una seudovanguardia oficial”

Era una imagen triste y equívoca: este fenómeno ejemplo típico de estilización, que siempre es síntoma de imaginación fácil, que funciona mecánicamente, que no se traduce por
una necesidad formal superior
este fenómeno, en razón de su popularización, obtuvo la probación general y oficial.
Por otra parte, la crítica, privada de una conciencia más profunda y de conocimiento de arte, confundieron este fenómeno con las auténticas investigaciones.
…Después de la representación de El pulpo, un conocido crítico se preguntaba: “La obra de Witkiewicz es una fuerte deformación del mundo… La puesta, a su vez, deforma esa deformación… ¿Adónde puede llevarnos esto?”
Un conocido director de teatro se inquieta: “…En la acción del texto se realizan cambios que llegan muy lejos. Para protegerse de una reproducción fotográfica de esa acción –en nombre de un teatro autónomo- se inventa un nueva acción, que no depende de la otra, pero a la que espera el mismo destino: las reproducciones, ya que no existe otra solución… ¿Es esto autonomía?
Tales expresiones, de un primitivismo chocante y expresado sin ningún pudor, demuestran e indican a los gritos un pensamiento convencional sobre los puntos neurálgicos.
Se desprende, por ejemplo, la convicción naturalista y poco imaginativa de que todo lo que se introduce en el espectáculo y que le es extraño, lo que no tiene conexión lógica con el texto, deforma ese texto; la convicción de que todos los elementos exteriores al texto –y hay muchos en el teatro- deben quedarse juciosamente a un lado, paralelos al texto, e ilustrarlo y explicarlo sin cesar.
Los impotentes califican esto como sobriedad y conocimiento de la literatura.
Vale la pena analizar esta situación, pese a su mediocridad, ya que es aquí donde se esconde el nudo del problema. Ante todo, los cambios en cuestión no son cambios. Consisten en una adición de elementos que implica la creación de la entidad de lo que se llama espectáculo.
Dichos elementos son los siguientes: el medio,
  los objetos,
  el actor, y sus propiedades exclusivas:
  -el dinamismo, la aptitud para los cambios
  frecuentes, físicos y emocionales,
  -la facultad de reflejo y reacción en sus más
  ínfimos matices,
  las acciones,
  las situaciones
  los incidentes y los sucesos.

Estos elementos podrían influir en la modificación del texto, de la fabulación o de la acción –si tuvieran por función explicar, comentar, ilustrar.
Dado que no tienen esta función –ya que ése es justamente mi principio- son incapaces de cambiar lo que sea.
Sólo crean el orden del relato.

La convicción de que todos los elementos del espectáculo son funcionales y justificados
sólo cuando ilustran y explican el texto
proviene de
la noción de vida real y de la ley de conformidad
como condición del orden de la vida.
En arte, y sobre todo en teatro, el resultado es una ilustración mediocre, una tautología aburrida y una copia naturalista. Esto priva a la obra de arte de su independencia y de su poder de expresión.
En un teatro que quiere funcionar sobre la base del arte y la creación, son de rigor ciertas leyes que no son las bases de la vida:
Inversiones
Repulsiones
Choques.
Es la ley de los elementos y la realidad, cuyos lazos lógicos y vitales se rompen y se alejan infinitamente, cuyo acercamiento equivale a un escándalo que transgredí todas las convenciones de la vida.
No se relacionan consigo mismos, sino con el conjunto –y de ese modo condicionan ese conjunto que es AUTONOMO por naturaleza. Yo no practico esas “modificaciones” (desde el punto de vista del teatro tradicional) para demostrar las ideas del director y hacer que el espectáculo se “interesante” a cualquier precio cosa que muchos directores hacen con una particular pretensión y cuya coquetería y encantos superficiales el público aplaude.
Tampoco lo hago por oscuras razones de “necesidad creadora” de expresar mi visión, de “mostrar las tripas” y de imponerme con impudicia.
Mi proceder surge del método que considero eficaz para hacer del teatro el campo de una acción autónoma,
para hacer de él
una entidad autónoma.
Y esa es la gran diferencia fundamental.

 

Kantor Tadeusz, 1984, El teatro de la muerte, Ediciones De La Flor, Buenos Aires,
Argentina, pp 33, 34, 35,


         
 

 

 
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