BROOKS
Y LOS CRÍTICOS
A
los críticos les silban los oídos
de tanto comos se ha hablado, en público
y en privado, de su labor; se ha pretendido
hacernos creer que ellos son los responsables
de que se produzca esa clase de teatro. Durante
años hemos echado pestes de los críticos,
como si se tratase siempre de los mismos hombres
volando en reactor de París a Nueva Cork,
yendo de exposición de arte a sala concierto
o de teatro y cometiendo siempre los mismos
monumentales errores. Como si a todos se los
pudiera comparar con el Tomás Becket,
el alegre y mujeriego amigo del rey que, al
ser nombrado cardenal, adoptó idéntica
actitud de censura que la de sus antecesores.
Los críticos van y vienen; sin embargo,
a juicio de los criticados siempre son los mismos.
Nuestro sistema, la prensa, las exigencias del
lector, el artículo dictado por télefono,
los problemas de espacio, la cantidad de basura
que exhibe en nuestros escenarios, el destructor
efecto que deriva de un trabajo repetido durante
largo tiempo, todo conspira para impedir que
el crítico ejerza su función vital.
El hombre de la calle que va al teatro está
en lo cierto al decir que acude por su propio
placer. Cuando el crítico asiste a un
estreno, puede decir que sirve al hombre de
la calle, pero no es exacto. El crítico
no suministra consejos o advertencias en secreto,
su papel es mucho más importante, en
realidad es esencial, ya que un arte sin críticos
se vería constantemente amenazado por
peligros mayores.
Por ejemplo, el crítico sirve siempre
al teatro cuando acosa a la incompetencia. Si
se pasa la mayor parte de su tiempo refunfuñando,
casi siempre tiene razón. Ha de aceptarse
la tremenda dificultad de hacer teatro, que
es, o sería, si se hiciera auténticamente,
el medio de expresión más difícil
de todos. El teatro no admite piedad, no hay
lugar para el error o el desperdicio. Una novela
puede sobrevivir aunque el lector salte las
páginas o capítulos enteros; el
público, apto para pasar del placer al
aburrimiento en un abrir y cerrar de ojos, se
pierde irrevocablemente si no se mantiene su
atención. Dos horas es un tiempo corto
y una eternidad: utilizar dos horas del tiempo
del público es un singular arte. Sin
embargo, este arte de tremendas exigencias viene
dado por una labor inconsistente. En un vacío
mortal existen pocos sitios donde podamos aprender
en la debida forma las artes del teatro; por
lo tanto; tendemos a acercarnos al teatro ofreciendo
afecto en lugar de ciencia. Y esto es lo que
el infortunado crítico ha de juzgar en
las noches de estreno.
La incompetencia es el defecto, la condición
y la tragedia del mundo teatral en todos los
niveles: por cada buena comedia, revista musical,
o política, o incluso obra clásica
que vemos, existen docenas de otras piezas traicionadas
casi siempre por falta de la más elemental
habilidad. Las técnicas de la puesta
en escena, de diseño, de la forma de
hablar, de moverse en un escenario, sentarse
incluso, escuchar no son suficientemente conocidas.
Compárese lo poco que cuesta-en términos
generales- encontrar trabajo en muchos teatros
del mundo con el mínimo nivel de preparación
que se le exige, por ejemplo, a un concertista
de piano. Pensemos en los miles de profesores
de música, residente en miles de pequeñas
ciudades, capaces de interpretar todas las notas
de los pasajes más difíciles de
Liszt, o leer a simple vista a Scriabin. En
comparación con ellos, la mayor parte
de nuestro trabajo está a un nivel de
aficionados. En su actividad profesional, el
crítico se encuentra con más incompetencia
que preparación. Una vez me solicitaron
que fuera a montar una opera en el Oriente Medio,
y en la carta de invitación me indicaban
con toda sinceridad que “nuestra orquesta
no tiene todos los instrumentos y de notas falsas,
pero hasta el presente nuestro público
no se ha dado cuenta”. Por fortuna, el
crítico tiende a observar y, en ese sentido,
su reacción más violenta es válida,
ya que es una llamada a la competencia. Además
de esta función vital, el crítico
ejerce la de marcar el camino.
El crítico se une al juego mortal cuando
no acepta esta responsabilidad, cuando minimiza
su propia importancia. Por lo general, el crítico
es un hombre sincero y honrado, plenamente consciente
de los aspectos humanos de su profesión;
se dijo que a uno de los famosos “carniceros
de Broadway” le atormentaba saber que
de él dependía el futuro y la
felicidad de muchos. Incluso si es consciente
de su poder de destrucción, menosprecia
su fuerza. Cuando el statu quo está podrido-
y pocos críticos lo pondrán en
duda-, la única con un posible objetivo,
que ha de ser el mismo para el artista y el
crítico, es decir el camino hacia un
teatro menos mortal, aunque, todavía
ampliamente indefinido Este es nuestro propósito,
nuestra compartidas meta, y nuestra tarea común
ha de ser la observación de todas las
señales y huellas que jalonan dicho camino.
En un sentido superficial nuestras relaciones
con los críticos pueden ser tirantes,
pero en un sentido más profundo dicha
relación es absolutamente necesaria;
al igual que el pez en el océano, necesitamos
unos de otros nuestros talentos devoradores
para perpetuar la existencia del lecho marino.
Y aún esto no es suficiente, ya que también
es preciso compartir los esfuerzos para subir
a la superficie. Ahí radica la dificultad
de todos. El crítico es parte de un todo
y carece de verdadera importancia el hecho que
escriba sus observaciones de manera rápida
o lente, breve o larga. ¿Se ha hecho
una idea de cómo pudiera ser el teatro
en su comunidad y revisa esta idea de acuerdo
con cada experiencia que vive? ¿Cuántos
críticos ven su función desde
este prisma?
Por esta razón, tanto mejor será
un crítico cuanto mas ahonde. No ve más
que ventajas en el hecho de que un crítico
se adentre en nuestras vidas, se reúna
con actores, charle discuta, observe, intervenga.
Me agradaría verlo metido de lleno en
el ambiente, intentando manejar las cosas por
sí mismo. Cierto es que existe un pequeño
problema de índole socias. ¿Cómo
dirigirse a quien se acaba de censurar en letras
de molde? Cabe de momento surja una situación
embarazosa, pero sería ridículo
pensar que ése es el motivo que impide
a los críticos un contacto vital con
el ambiente del que forma parte. Tal situación
puede vencerse con facilidad y es evidente que
una relación más estrecha no pondrá
al crítico en convivencia con las personas
que ha de conocer. Las críticas que la
gente de teatro se dirige a sí misma
son con frecuencia devastadoras, aunque absolutamente
necesarias. El crítico que no disfruta
con el teatro es un crítico mortal, quien
lo ama pero no es críticamente claro
de lo que esto significa, también es
un crítico mortal; el crítico
vital es el que se ha formulado con toda claridad
lo que el teatro pudiera ser, y tiene la suficiente
audacia para poner en riesgo su fórmula
cada vez que participa en un hecho teatral.
Brook
Peter, 1968, El espacio vacio, Arte y
tecnica del teatro, Edicions 62 S./A,
Barcelona, pp 39, 40, 41,42, 43.
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